Cajal y la fotografía

Imagen de Duce, José Antonio

"Sin más luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara oscura, (...). No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exterior (...) caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea, siempre que se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen". (Ayerbe 1860).

Así relata Santiago Ramón y Cajal en Mi infancia y juventud su descubrimiento de la cámara oscura, a la temprana edad de ocho años. Y, más adelante, sigue: "Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude penetrar en el augusto misterio del cuarto oscuro. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa (...). Huelga decir con cuan viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel albuminado, destinado a la imagen positiva". (Huesca 1868).

Repasando textos y fotografías de Ramón y Cajal es preciso afirmar que D. Santiago fue un excelente fotógrafo de extensa y variada obra. Que no fue sólo un artista fiel reproductor de una naturaleza cambiante y pintoresca, de unas ciudades y unas gentes cuyo recuerdo grabó para la posterioridad por un medio llamado fotografía sino que también fue un investigador del medio y casi un precursor de la industria fotográfica en España.

En sus mencionadas memorias, una vez instalado en Zaragoza y casado con Doña Silveria, cuenta que en 1880 llevó su culto por el arte fotográfico hasta convertirse en fabricante de placas al gelatino-bromuro, y que pasaba las noches en un granero vaciando emulsiones sensibles, entre los rojos fulgores de la linterna. Como recuerda: "Tuve la suerte de atinar pronto con las manipulaciones esenciales y aun de mejorar la formula de la emulsión (...). Sin quererlo, pues, me vi obligado a fabricar emulsiones para los fotógrafos de dentro y fuera de la capital (...). Si en aquella ocasión hubiera yo topado con un socio inteligente y en posesión de algún capital, habríase creado en España una industria importantísima y perfectamente viable".

Ramón y Cajal fue un fotógrafo reportero de sus viajes; Cuba y el Pirineo oscense. Posteriormente, viajaría a Valencia, Barcelona, Madrid y un largo etc. Y del extranjero destacan sus álbumes de la vieja Inglaterra, de EE.UU. y de Italia. En sus reiterados periplos captó con apasionamiento y entusiasmo no sólo la arquitectura, que ya de por sí es un excelente documento, también instantáneas callejeras, verdadera recopilación antropológica de los lugares visitados. Son imágenes "vivas" donde el fotógrafo se implica en unas formas de vida en las que el protagonismo humano trasciende a un primer termino.

No es posible, en esta brevísima revisión, olvidar sus múltiples autorretratos: casi una película de su vida. O la más que amplia serie de retratos, de fotografías familiares, crónica visual de su entorno más cercano. Son todos ellos realizados con luz natural, basados en el gusto estético de la época, pero con unas poses de atrevida espontaneidad, precursoras a las realizadas por los grandes fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX. Ya con fama y dinero, instalado definitivamente en Madrid, Cajal abrió un estudio fotográfico sin fines comerciales; para su uso y disfrute y como una especie de retiro espiritual. En él, estudia la fotografía en color y fruto de sus investigaciones publica en 1912 "La fotografía de los colores". En ella, escribe: "La fotografía común y, sobre todo, la fotografía cromática constituyen distracción incomparable para el trabajador intelectual. En los prosaísmos y miserias de la lucha profesional o de la vida oficinesca, pone un poco de poesía y algo de emoción imprevista (...) la fotografía no es deporte vulgar, sino ejercicio científico y artístico de primer orden y una dichosa ampliación de nuestro sentido visual. Por ella vivimos más, porque miramos más y mejor. Gracias a ella, el registro fugitivo de nuestros recuerdos conviértese en copiosa biblioteca de imágenes, donde cada hoja representa una página de nuestra existencia y un placer estético redivivo". De esos años son sus series de "bodegones" en color y de sus apenas conocidos "desnudos femeninos", que fueron criticados más por maledicencia de sus contemporáneos que por su indiscutible calidad artística.

Toda temática fue captada por la cámara fotográfica de D. Santiago. Sus imágenes son un registro de sus recuerdos, de sus vivencias. Un contemplar paisajes que no volveremos a ver o efigies de unos ya inexistentes seres. Toda una copiosa fototeca que es historia y que vuelve a la vida gracias a un Ramón y Cajal que también fue, indudablemente, un Nobel de la fotografía.