Larrés y su castillo

Imagen de Garcés Romeo, José

El Castillo antes de convertirse en el Museo de Dibujo Larrés es un pueblo enclavado a 912 metros de altitud a orillas del río Aurín, a escasos seis kilómetros de Sabiñánigo a cuyo municipio pertenece. Su población no supera los cien habitantes aunque hace un siglo casi rozó los trescientos. Se vive del campo, aunque cada vez menos, y al amparo de la industria y los servicios de Sabiñánigo.

Su caserío, a pesar de que ha perdido buena parte de la esencia auténtica de la vieja arquitectura popular, todavía mantiene cierto interés. Destaca su iglesia parroquial en la que es notorio su retablo mayor del siglo XVI y, sobre todo, su castillo bajomedieval cuya silueta le confiere al pueblo una bonita estampa.

La referencia histórica más antigua de Larrés se remonta al año 1035, justo al comienzo del reinado de Ramiro I, en el que era tenente o senior del lugar Íñigo Garcés. Antes de finalizar el siglo XI, concretamente en 1088, hay constancia de que en las tierras larresanas y alrededores se asentaron varios lusitanos que huían de territorio musulmán, hecho que se registra documentalmente: “Hec est carta de illos losetanos que exierunt de terra sarrazenorum, et avitaverunt in villa nomine Larrese... fecerunque illi losetania supranominati servi de sancto Martino, illi autem senior Enneco (Prior)... mandabit illis dare terras et viñeas quam abebant in Borres villa”. Estos lusitanos buscaron refugio en el monasterio de San Martín de Cercito y se hicieron siervos de él, recibiendo a cambio heredades que cultivar, pagando un censo que consistía en un cahíz de trigo, otro de cebada, una medida de vino, treinta hogazas y un carnero.

En 1128 dos larresanos, llamados Sancho y Gil, estaban de clérigo y arcediano en la catedral de Huesca. Asimismo, en 1172 doña Urraca de Larrés era la madre priora del monasterio de Santa Cruz de la Serós.

En 1299 se menciona en un documento la existencia de la “Torre de La Res”, sede de un señorío que poseía Larrés, Cartirana, Borrés, Barbenuta y la pardina de Buey, en las faldas de Güé. Este señorío había pertenecido a Ferrant Pérez de Pina hasta que en la fecha citada su hijo Ruy Ximénez de Ribas vendió el castillo y esos lugares a Martín Pérez de Arbea.

A comienzos del siglo XV entran en escena los Urriés, quienes heredan el castillo debido al matrimonio de don Fadrique de Urriés con doña Martina Pérez de Arbea. Es bastante probable que en esta centuria se remodelara y ampliara el castillo hasta adquirir el aspecto actual. Hasta finales del siglo XIX serán los Urriés los señores de estas tierras de Larrés, Borrés, Cartirana, Aurín e Ibort. El Castillo de Larrés después de la restauración

Esta familia ejercerá su poderío sobre los lugareños con todas sus consecuencias teniendo que soportar las rentas impuestas, las más de las veces en extremo gravosas. La catedral de Jaca y el monasterio de San Juan de la Peña fueron también receptores de los abundantes censos que debían rendir estas gentes a instancias de sus señores, los Urriés. A partir de finales del XVIII y comienzos del XIX comenzaron a quitarse estas pesadas cargas no sin sufrir largos pleitos. Hasta que punto llegaba el control sobre sus “vasallos” lo ilustra lo que se señala en 1785 en un documento parroquial: “...las dos llaves de la puerta del granero del Monte de Piedad las deben llevar una el Excmo. Señor Marqués de Aierbe y Señor de Larrés y otra el Rector de dicho lugar, como Patronos que son de dicho Monte Pío”. Aquel antiguo granero es hoy el archivo y biblioteca del Museo de Dibujo. A partir de la supresión de los señoríos y la puesta en marcha de las desamortizaciones del siglo XIX el castillo entró en decadencia y comenzó su abandono. En el transcurso del siglo XIX al XX el castillo de Larrés, ya en estado ruinoso, cambió de dueño. Lo compró el larresano don Sixto Antonio Belío, residente en Jaca, al último señor de Larrés, don Juan Nepomuceno Jordán de Urriés.

El 29 de diciembre de 1982 el castillo pasa a propiedad de “Amigos de Serrablo”. Los hermanos Castejón Royo, biznietos de don Sixto, en una postura que les honra lo donaron a la Asociación que pretendía convertirlo en un Museo de Dibujo.