Estructuración del Serrablo en torno a las romerías

Romerías polinucleares.

Estas romerías hacen alusión al segundo nivel místico o romero de los santuarios de Serrablo, es decir, a aquéllos que aglutinan a comunidades de pueblos vecinos cuyo número oscila entre dos y siete, y que a su vez gravitan sobre un macrosantuario, o dos, en el caso de situarse en la intersección de sendas influencias.

Los templos se ubican generalmente en lugares dominantes que equidistan respecto a los extremos del área de influencia, radio que en ningún caso supera los 8 km. de distancia.

El macrosantuario de Santa Elena era absorbente, pues, debido en parte a que su ámbito de acción era más pequeno que el de los otros dos de Serrablo, fagocitaba la existencia de romerías de segundo orden o polinucleares, reduciéndolas prácticamente -salvo el caso de San Juan de Busa- a las locales. Esta tendencia monopolizadora del santuario también se explicará gracias a su ubicación claramente centrípeta, con una simbología de encuentro entre dos zonas geográfica y étnicamente bastante distintas aunque próximas. El carácter menos absorbente de los santuarios de Santa Orosia y San Úrbez -diversificados en complejos romeros multiespaciales-, la mayor extensión de sus respectivas áreas de influencia, y su ubicación menos centralizada, dará cabida a santuarios de segundo o tercer orden, por lo que el territorio se articulará en los tres niveles romeros que favorecen armónicamente el desarrollo sociorreligioso y económico. En el caso de Santa Elena, la carencia del nivel «2» -romerías polinucleares- sería suplida por la estructuración institucionalizada del valle de Tena que potenciaba el desarrollo comunitario.

Estas romerías secundarias, por afectar aun número considerable de núcleos, han pervivido con mayor o menor languidez, salvo dos, ubicadas en zonas despobladas: la de la Virgen del Pueyo, en el valle septentrional del Acumuer, y la de la Virgen de Urbán, en la desertizada Guarguera; siendo mantenidas dos desde la emigración: la de la Virgen de los Palacios -en el piedemonte septentrional de Guara-, y la Virgen de Layés, en la desembocadura del río Guarga. Todas ellas se mantienen gracias a la envejecida y escasa población rural de la comarca, excepto una que curiosamente ha sido absorbida por el modelo industrial; se trata de la Virgen de los Ríos, al pie de la cara norte de la Sierra de Monrepós, en un paraje idílico propicio para el desarrollo de la dinámica del ocio.

Socioeconómicamente estas romerías facilitaban la vecindad más inmediata, tratando de paliar rivalidades extremas, como ocurría en este último santuario, donde Aquilué y Javierrelatre se disputaban tradicionalmente su posesión.

Siguiendo la tónica general, este tipo de romerías se concentraban en los meses de mayo y junio, teniendo alguna relevancia la aglutinación en marzo y septiembre. Sus santuarios acogían romeros en menor número de veces al año que lo hacían los macrosantuarios -generalmente entre tres y una-. Esta cantidad a veces se veía incrementada porque el santuario secundario se constituía por lejanía, aculturación y comodidad en remedo del macrosantuario de la zona; hecho que ocurría por ejemplo en la Virgen del Pueyo, a donde los habitantes del valle de Acumuer iban una vez al año en lugar de acudir a Santa Elena como sucedió hasta el siglo XIX, o en la Virgen de los Palacios, sustitutiva de San Úrbez para los pueblos de su contorno.

Romerías locales.

Constituían el tercer nivel de la geografía romera comarcal y contribuían a fortalecer a la comunidad local. Lógicamente, el número de santuarios que pertenecían a este estrato era el más elevado de los tres -24-. Los santuarios se ubicaban a menos de 5 km. del pueblo, siendo en su mayor parte templos residuales de poblados medievales desaparecidos.

El número de ermitas locales bajo la advocación de los Santos superaba en un tercio a las que lo estaban bajo la de la Virgen, a la inversa que ocurría en los santuarios secundarios donde esta relación se tornaba en favorable a aquélla en la proporción de dos tercios. Probablemente, esta conexión preferente de María a los subcomarcal, en lugar de a lo local, se daba a la dinámica de los «hallazgos» en lugares del monte alejados, en parajes paisajísticamente afortunados e hierofánicos donde históricamente se superponían cultos, y que por lo tanto afectaban a más de un pueblo.

Al ser santuarios dependientes de un solo pueblo, su demanda disminuía lógicamente respecto a los otros niveles estudiados. En general se acudía entre una y tres veces al año; sin embargo, a título personal, y las mujeres especialmente, los solían frecuentar asiduamente, realizando la limpieza del templo, colocando velas e incluso realizando penitencias físicas por el trayecto que los separaba de sus pueblos.

La época en que se acudía a estos santuarios locales, o del tercer nivel romero, no coincidía exactamente con la que se iba a los del segundo y primer orden. La explicación estriba en que mientras que en estos últimos se producía una diversificación a lo largo del año: distintas festividades de la Virgen -en el caso de los santuarios de segundo nivel-, y reparto de asistencia anual por bloques de pueblos, en el primero, al tiempo que paralelamente se producía una aglutinación durante la transición de la primavera al verano, o periodo de entronque con lo precristiano, y fase de la precosecha en que los montañeses podían permitirse el peregrinar a dichos santuarios, en cambio, el máximo de asistencia a los locales, además del genérico mayo-junio, se trasladaba hacia los meses de agosto-septiembre, fase en la que o bien se coincidía con el momento más álgido de las fiestas patronales, adoptando muchos pueblos como fiesta la del titular de la cercana ermita -en bastantes casos la Virgen de Agosto-Bastantes eran las ermitas locales cuyos titulares ocasionaban la fiesta mayor o pequeña de la localidad. En estos casos dichos santuarios se veían implicados en la dinámica festiva: reparto de la caridad, bailes y juegos tras la misa, para a continuación acudir a comer al pueblo. Eran los casos de: la ermita de Santa Orosia de Betés, cuya festividad del titular ocasionaba la fiesta pequeña del pueblo (25-6); San Bartolomé, en Gavín, fiesta mayor (24-8); Nuestra señora de las Nieves, en Yésero, fiesta mayor (15-8); Nuestra Señora de Palarriecho, en Espierre (15-8); Nuestra Señora de las Eras, en Susín, fiesta mayor (15-8); San Cosme, en Larrés, fiesta pequeña (27-9); Santa Lucía, en Cartirana, fiesta pequeña (13-12); San Bartolomé, en Cillas, fiesta mayor (24-8), aunque en el siglo XIX, con la expansión económica, se traspasó esta fiesta a la Virgen del Rosario para que no coincidiese con la terminación de la cosecha; Nuestra Señora de Fragen, en Fablo, donde en el siglo XVIII se introdujo el culto a la Virgen del Pilar, fiesta mayor de la localidad (12-10); San Juan, en Avenilla, fiesta pequeña (24-7). Dos casos peculiares, pero sin duda repetidos, lo constituyen las ermitas de San José, en el monte de Belarra, y la de Santa Marina en el de Sasa. La primera se abandonó en el siglo XIX pasando el titular a un altar lateral de la parroquial, y promoviendo la fiesta pequeña del núcleo (19-3); de Santa Marina, en Sasa, sólo queda el topónimo de le ermita, pero sin embargo, desde el siglo XV, tenía capilla lateral en la parroquial y era la fiesta pequeña del pueblo (20-7). , o bien en los pueblos que aún estaban implicados en la cosecha, la cercanía del santuario apenas la interrumpía, reduciéndose la romería a unas pocas horas de la mañana.

Este nivel romero, difuminado por todo el territorio, ha sido lógicamente el más castigado por la despoblación: de los 24 santuarios que promovían romerías locales, tan solo han pervivido cuatro, amparadas tres de ellas en núcleos estabilizados próximos a Sabiñánigo o a Biescas San Bartolomé, en Gavín, fiesta mayor de la localidad, y a cuyo santuario acuden numerosos habitantes y turistas de Biescas el 24 de agosto; San Cosme y San Damián, en Larrés (27-9); Santa Lucía, en Cartirana (13-12); San Úrbez de Cerésola,en la desertizada Guarguera (15-12). , y una atípica sustentada a título particular por la única familia que queda en Cerésola.

Un fenómeno bastante corriente que se produjo a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX fue el que algunos pueblos por comodidad, aculturación y descenso de la práctica religiosa, permutaron el acudir a su macrosantuario correspondiente por hacerlo a la ermita local, más cercana, respetando la fecha en que antiguamente iban a aquél. Este fenómeno se daba especialmente en pueblos marginales respecto a los macrosantuarios, siendo por ejemplo el caso de Yésero, que dejó de acudir a Santa Elena para celebrar dicha romería en su ermita de la Virgen de las Nieves; de Larrés, que lo hacían en su lugar de San Cosme y San Damián; o de Serué, que en lugar de ir al macrosantuario de Santa Orosia, lo hacían a su ermita local de la Virgen de la Piedad A comienzos del siglo XX los habitantes de Serué optaron por dejar de acudir al lejano macro-santuario de Santa Orosia, en Yebra, así como al secundario de la Virgen de los Ríos más cercano al pueblo; siguieron celebrando dichas festividades en la ermita local de la Virgen de la Piedad, a la que por inercia seguían acudiendo dos vecinos con los ropones y báculos con que la tradición secular les obligaba a acudir a los anteriores santuarios. .

Del mismo modo, algunas ermitas locales se utilizaban para realizar los primeros rezos en el camino hacia otro santuario de segundo o de primer orden; era el caso de los vecinos de Senegüé y de Sorripas, que al iniciar la romería general a Santa Elena entraban en su ermita local de la Virgen del Collado. Otra función corriente de estos santuarios era la de absorber o acoger a un titular cuya ermita ubicada en el mismo término por una u otra razón se había deteriorado y destruido; a dicho grupo pertenecería el santuario de San Cosme y San Damián, que desde finales del siglo XVlII en que fue levantado, acogió al titular de la ermita de San Miguel, hoy reducida a un topónimo En la actualidad San Miguel es un topónimo donde apenas se reconocen ruinas. Como consta en el Archivo Diocesano de Jaca (D. BUESA CONDE, «Las iglesias del valle del Aurín en 1833» , Revista Serrablo, núm. 50, pp. 24-25) en el siglo XIX ya se había recogido la imagen de su titular para rendirle culto en el santuario construido a finales del XVIII cerca de Larrés y bajo la advocación de San Cosme y San Damián. , así como a la Virgen de Senés, núcleo desaparecido En Larrés a dos kilómetros de la localidad, y en la margen izquierda del río Aurín, se conserva el topónimo de la Virgen de Senés con la tradición de que allí hubo una ermita y un pueblo, que como tantos otros desapareció. El templo fue mantenido por los devotos de Larrés, tal como señala Roque Alberto FACI en 1739, Aragón reyno de Christo , Zaragoza, 492, hasta que en 1761 se acabó de construir el más próximo al pueblo de San Cosme y San Damián, momento en que se trasladó a éste la imagen de la Virgen, generándose con este hecho la típica leyenda de que ésta regresaba tantas veces como la cambiaban a su ermita secular. , todo ello en un intento unificador de la iglesia local.