Cien años ha

A Don Francisco Iñiguez Almech.

"Dibujar es, primeramente, mirar con los ojos, observar, descubrir. Dibujar es aprender a ver, a ver nacer, crecer, expandirse, morir, a las cosas y a las gentes. Hay que dibujar para interiorizar aquello que se ha visto, y que quedará entonces escrito en nuestra memoria para el resto de nuestra vida."

Le Corbusier

Decía Emest H. Gombrich que en el dibujo se verifica el reto de expresar tres o más dimensiones en un soporte que sólo contempla dos.

Hacía mía esta reflexión revisando mi archivo de dibujos, la mayoría ejecutados por arquitectos, parte de los cuales tuve el honor de exponer en las salas de nuestro Museo de Dibujo, por la amabilidad de su Director, Julio Gavin, y bajo su experta dirección.

Expresividad, técnica, eran dimensiones que inicialmente iba acotando en ese recorrido por mis archivos, sin querer fijar la atención, en principio, en consideraciones únicamente arquitectónicas, aunque forma y espacio fueron al final prioritarios en estos controles personales. Hemos de tener presente que el dibujo arquitectónico, a mi entender, es una realidad cultural con sólidas raíces históricas que permite la relación de coherencia entre dibujo y arquitectura.

Esa búsqueda dio con unos dibujos de Iñiguez Almech, de quien, como se viene comentando en nuestra revista, ahora se celebra el centenario de su nacimiento, recordando su vinculación con la restauración de algunas de las iglesias del Serrablo. Cabría recordar que D. Francisco Iñiguez Almech, además de ser arquitecto, tuvo una amorosa dedicación a la restauración de la arquitectura antigua. Profesor de la Escuela de Arquitectura de Madrid y posteriormente de la de Pamplona, fue miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Sus amplios conocimientos de historia de la arquitectura, de cuya asignatura fue profesor, le hacían expresarse más como arquitecto que como erudito, y esta afirmación se observa ampliamente reflejada en sus dibujos, en los cuales queda patente su peculiar y personal manera de apresar la forma arquitectónica de aquellos edificios que visitaba; incluyendo aquellos otros de los cuales solamente se podía apreciar sus ruinas y que él reconstruía mediante su lápiz.

Lejos de ser un mero estudioso, Iñiguez era un arquitecto que imprimía una gran profundidad a su pensamiento histórico-artístico, que superaba la simple descripción, hecho que se puede apreciar en sus dibujos, algunos de los cuales obran en mi archivo gracias a la donación de Carlos Montes, arquitecto y buen dibujante, profesor de la Escuela de Arquitectura de Valladolid y a quien personalmente me une una gran amistad.

Me comentaba el profesor Montes, estudioso de la obra de Iñiguez Almech, que era tal su fe en el dibujo como medio de conocer e investigar la arquitectura, que no solamente hacía servir sus apuntes tomados "in situ" , sino que reproducía esas arquitecturas valiéndose de las fotografías que había realizado en sus visitas. Interpretaba conjuntos y detalles dibujando lo que las fotografías del modelo le podían informar y transmitir; en el fondo, no era otra cosa que analizar y complementar lo que le proporcionaba la fotografía, a la vez que comparando y criticando ambas fuentes de información a través de un hecho objetivo cual es el dibujo.

Contemplando y estudiando los dibujos de Iñiguez se aprecia en ellos que no se pueden reducir a un mero virtuosismo gráfico, que lo tienen, o a un dominio de la forma, que también lo tienen, sino que además abarcan la expresión de una percepción que va desde la historia al conocimiento del arte de la arquitectura. Se puede apreciar asimismo en sus dibujos que para él, el virtuosismo gráfico tiene menos interés que la exigencia del rigor conceptual, lo cual no le resta el ser considerado un excepcional dibujante.

El placer sensible que viene dado por la calidad de sus dibujos está acompañado por la racionalidad perceptiva de las obras de reconstrucción a los que pertenecen, representando ese dualismo no sólo del viejo debate de la representación gráfica de la arquitectura y la propia arquitectura, sino la clave fundamental del ejercicio profesional de Don Francisco Iñiguez Almech.

Contemplar sus dibujos equivale a hacernos presente una realidad percibida sin que el pensamiento se limite a la visión del dibujo por el dibujo. Nos transporta a Zaragoza, a ver y sentir las otras dimensiones del río Ebro y el templo del Pilar, o a Veruela y comprobar las huellas de Becquer, o a Fabara, o a San Bartolomé de Gavin; vemos pues que nos arrastra a lugares donde él practicó la observación, la percepción y, mediante sus dibujos, la reflexión que daba base a la reconstrucción del modelo.

Sus dibujos son testimonio de su capacidad perceptiva en lo formal y de su dominio técnico por las caligrafías empleadas. En fin, son dibujos de un arquitecto que domina la historia de la arquitectura, que representa el entorno del lugar en donde se ubica, verificando un discurso gráfico en el que se define con gran precisión el significado espacio-tiempo de la arquitectura que percibe y que a través de su lápiz nos la hace contemplar y entender.

Estos dibujos originales que he seleccionado, al igual que muchos otros de los que sólo dispongo de reproducciones, no se pueden contemplar únicamente desde la óptica del historiador que plasma sus vivencias en sus cuadernos de viaje, sino que deben inscribirse, además, en el del arquitecto que percibe y describe unas formas, unos espacios y unos ambientes, acotando pequeños y grandes gestos que nos hacen presente una arquitectura sin ningún tipo de concesiones a lo meramente gráfico.

Iñiguez convierte su pensamiento perceptivo en dibujo, interpretando críticamente ese pensamiento, logrando que sus dibujos tengan una clara personalidad, a la vez que nos hace presente la arquitectura del pasado. Significado y significantes son perfectamente comprensibles en sus dibujos y la imagen que representan nos hacen posible participar de toda su expresión arquitectónica.

Leyendo sus dibujos se pueden adivinar lo que de poeta romántico tenía Don Francisco. En la variedad de gestos gráficos que nos acercan a esa arquitectura que él nos quería comunicar hay, en cierta forma, un rechazo a la Academia; son signos que evidencian su especial manera de expresar formas y espacios a través de su propia experiencia vital, sin estar mediatizada por preceptos formalistas propios de la norma académica. Así, por ejemplo, las texturas que expresan sus líneas, los trazos de variada intensidad que nos comunican relieves, sus manchas sensibles que agudizan luces y sombras, responden, a mi entender, a un ideal romántico, el cual impregna la poesía que Iñiguez Almech nos transmite.

Estos dibujos, de gran expresividad, basados cromáticamente en tonalidades de grises que proporciona el empleo de lápices grasos sensiblemente aplicados, realizados con trazos firmes, no se limitan al parecido formal, sino que se adentran en la captación del entorno, del ambiente que rodea al modelo en el cual se ubica o pertenece a él, significando una gran aportación al binomio dibujo-arquitectura, o viceversa, o al hecho cultural.

Finalmente, podemos apreciar en sus dibujos cómo sus representaciones arquitectónicas son auténticos documentos gráficos que nos hacen recuperar arquitecturas perdidas o en fase de desaparecer y nos las hacen presentes, dada la capacidad de información que de los mismos se desprende. Por todo ello, muchas gracias Don Francisco.