Breve reseña sobre las teorías de la restauracion referidas al patrimonio arquitectónico

En la restauración del patrimonio histórico han sido importantes los aspectos históricos relacionados con la evolución del pensamiento, centrados, básicamente, en lo que llamamos monumentos o patrimonio histórico-artístico o, más modernamente a raíz de las diversas legislaciones: bienes de interés cultural. Hablamos de Catedrales, Iglesias, Castillos, Palacios, etc. y que podemos igualmente trasladar a nuestra arquitectura rural tradicional, por ser considerada ésta como parte del patrimonio cultural, mundialmente reconocido.

Esta evolución histórica ha producido un cúmulo de teorías y escuelas de distintas tendencias que han dado como resultado unas variadas propuestas que, en la actualidad, se consideran como criterios válidos (aunque no universales) en la intervención restauradora.

El mensaje intencionado de esta breve exposición es hacer hincapié en la preocupación histórica por la forma de intervenir sobre el patrimonio histórico, que data solamente de mediados del siglo XIX, época en la que podríamos decir que se empezó a tomar conciencia sobre la conservación de los monumentos como bienes a proteger o de recuperar sus valores perdidos.

Los factores principales de esta toma de conciencia fueron, en primer lugar, la constatación de la ruina o degradación que habían sufrido los monumentos por el paso del tiempo y, en segundo lugar, como consecuencia de los desastres naturales y de las guerras que habían asolado buena parte de este patrimonio.

Viollet-le-Duc (1814-1879), fue un notable arquitecto y figura emblemática de las primeras teorías sobre la restauración que influyeron notablemente en toda Europa.

Por aquel entonces los monumentos franceses se encontraban en precario estado debido a los desastres de la Revolución Francesa y se quería recuperar el antiguo esplendor de sus edificios medievales, catedrales, castillos, iglesias, etc.

Viollet estableció lo que se dio en llamar restauración estilística, o sea, restaurar en estilo: rehacer como fue.

Obstinado en el estilo gótico como estilo oficial francés, despojó a los edificios de otros estilos añadidos para, así, recuperar su forma ideal aunque nunca hubiera sido así (repristinación).

El caballo de batalla de las teorías de la restauración ha estado siempre en la definición de la autenticidad del monumento. Por ello, los detractores de Viollet-le-Duc le acusaron de producir obras no auténticas y, por tanto, crear los llamados falsos históricos.

John Ruskin (1819-1900), contemporáneo de Viollet-le-Duc, fue este crítico inglés totalmente opuesto a las teorías de aquél. Representa la conciencia romántica, moralista y literaria, en contraposición a la restauración en estilo, defendiendo la autenticidad histórica.

Para Ruskin, la vida de un edificio es como la del ser humano: nace, vive y muere. Restaurar un monumento es destruirlo, es crear falsas copias e imitaciones, admitiendo como única operación la conservación para evitar la ruina.

Es famosa y elocuente esta declaración plasmada en su célebre libro Las siete lámparas de la arquitectura: "Velad con vigilancia sobre un viejo edificio; guardadle como mejor podáis y por todos los medios de todo motivo de descalabro. No os preocupéis de la fealdad del recurso de que os valgáis; más vale una muleta que la pérdida de un miembro. Y haced todo esto con ternura, con respeto y una vigilancia incesante y todavía más de una generación nacerá y desaparecerá a la sombra de sus muros. Su última hora sonará finalmente; pero que suene abierta y francamente y que ninguna intervención deshonrosa y falsa venga a privarla de los honores fúnebres del recuerdo".

Camilo Boito (1836-1914) es considerado como el padre de la restauración científica o del restauro moderno. Inspirador, junto a Gustavo Giovannoni, de la famosa Carta de Atenas, documento internacional que ha servido de punto de partida de los nuevos conceptos sobre la restauración y que ha sido largo tiempo algo así como el evangelio de la restauración.

Boito se basa en las ideas románticas y moralistas de Ruskin pero sin admitir su visión fatalista del fin del monumento, concibiendo éste como obra arquitectónica e histórica a la vez.

Propone, entre otros, la coexistencia de los diferentes estilos que se hallen en el monumento, sin buscar nunca la unidad de estilo, así como diferenciar claramente lo antiguo y el añadido moderno, eliminando los falsos históricos, dejando constancia documental y dando publicidad a lo restaurado o añadido. A la antigua idea de reconstrucción se antepone la de conservación.

De esta manera fueron definiéndose criterios y recomendaciones que se plasmaron en las denominadas "cartas internacionales": Carta de Atenas (1931), Carta de Venecia (1964), Carta de Ámsterdam (1975), etc., documentos suscritos por expertos de todo el mundo que han ido inspirando las legislaciones de todos los países, dando luz y guiando el camino de la intervención en los monumentos, en un campo científico que, hasta entonces, nunca había sido tratado. Aún con todo, no existe una plena unanimidad en todos los criterios sobre la intervención en los monumentos, lo cual ha dado ocasión a propuestas de teorías distintas para similares casos.

Así, la primera mitad larga de este siglo XX ha venido presidida por dos corrientes más o menos contrapuestas que se han denominado conservadores y restauradores. Los primeros en la línea de Boito y sus seguidores, proponiendo el respeto al mensaje histórico, interviniendo en el monumento solamente para su consolidación y reparación pero no para rehacerlo; y los segundos en la línea estilística de Viollet-le-Duc, es decir, terminar la obra inacabada, eliminar aportaciones de estilos anteriores, etc.

La inquietud por esta disciplina ha traído importantes aportaciones durante los últimos años, con relación a teorías más evolucionadas y más acordes con el pensamiento moderno.

Así, la que se denomina restauración analógica, propiciada por Antón Capitel, preconiza que la búsqueda de autenticidad histórica, del respeto a lo auténtico, se justifica más por el símbolo que por el material en si. Las reconstrucciones o ampliaciones necesarias no se basan en el modelo histórico (no se reproducen), sino que se inspiran en él para crear un nuevo modelo conectado con el original no tanto en sus aspectos formales como en los conceptuales.

La línea actual más vanguardista es la propagada por el arquitecto catalán Antoni González Moreno-Navarro con lo que él denomina restauración objetiva.

González-Moreno propone un riguroso método de trabajo basado en tener en cuenta el objeto (monumento) y sus necesidades y las de su entorno humano, más que las doctrinas o ideologías con las cuales se pueda identificar, estudiando en cada contexto qué solución puede ser la más eficaz en cada caso, de manera que la colectividad, destinataria de este patrimonio, disfrute de los beneficios derivados de su conservación.

El monumento lo valora desde tres puntos de vista fundamentales: documental o histórico, arquitectónico y significativo, definiendo la autenticidad no sólo en función de su materia original sino de su capacidad para garantizar la permanencia de sus valores esenciales.

Siendo la restauración una disciplina científica, técnica, creativa y social, aboga por analizar en profundidad sobre el conocimiento del edificio y su entorno con la intervención de equipos profesionales interdisciplinares.

Toda esta exposición, así como otros artículos que se han ido publicando en este Boletín relacionados con la arquitectura popular, tiene por objeto alertar o advertir de manera razonada y razonable respecto a las intervenciones constructivas sobre este patrimonio.

Es natural que cualquiera que acomete obras de este tipo, su idea de partida sea la de remozar su casa y dejarla lo más digna posible con toda su buena voluntad, sin parar mientes en la manera correcta de llevar a cabo tales obras, es decir, sin tener en cuenta los aspectos culturales que se han comentado, con lo que se puede desfigurar parcial o totalmente el carácter constructivo que confiere al edificio su tradicional identidad y, por ende, la pérdida de sus valores auténticos.

También genera ciertas polémicas los frecuentes casos de adaptación de edificios emblemáticos a usos distintos del original, como única vía factible para salvarlos de la ruina y que perduren en el tiempo, lo cual suele llevar consigo traumáticas intervenciones restauradoras que requiere su nuevo y salvador uso.

Y también son los casos de viviendas que se restauran para adaptarlas a las condiciones higiénicas y de confort que los tiempos modernos exigen, lo cual implica notables cambios en las cubiertas (tejas y chimeneas), nuevos huecos en fachadas, nuevas carpinterías exteriores, garajes, calefacción, etc. que de no tener un cuidado tratamiento puede perderse toda o buena parte de su identidad, aunque en apariencia pueda parecerse a una vivienda rural.

En fin, con esta breve reseña se pretende dejar constancia de algunos datos de interés para que se comprenda la constante inquietud cultural que motiva el tratamiento de los edificios antiguos, así como transmitir esa preocupación histórica y esa cautela y buen juicio que deben presidir siempre toda intervención sobre nuestro patrimonio arquitectónico, con el debate crítico paralelo y la oferta de teorías que el tema suscita.