El Reloj Francés

Hay días en que no siento su caminar y que no escucho sus latidos de hoja de lata. En cambio, otros, el “tec-toc” de su caja, el vaivén del péndulo y las convulsiones de sus entrañas, cuando va a dar las horas, se clavan en mi pensamiento como si lanzaran astillas de boj afiladas.

Mi abuelo, el que volvió de milagro de la guerra de Cuba, decía que los objetos guardan el bayo de los muertos y que, si los miras fijamente, te evocan la fisonomía de los que un día los emplearon. Algo de eso le debe de ocurrir a este reloj de pared que ha sobrevivido a tres generaciones familiares y a unas cuantas migraciones, porque hay días grises en que su péndulo se abre paso, dejando volar imágenes de la misma historia, de la de mi tío Luis, de la de un infeliz, como tantos otros, que aquella maldita guerra se tragó, sin comerlo ni beberlo.

Yo siempre he oído que antes del 36 era él quien le daba cuerda, el que giraba la llave con duros golpes de muñeca hasta subir las pesas a lo más alto. Lo hacía en aquella sala de la aldea que tenía suelos de piedra y techos azulados de madera, de los que ya nada queda, porque las raíces de los saúcos se beben sus últimos pigmentos para dar, milagrosamente, cada primavera, funerarias flores blancas.

Lo veo allí, junto al reloj y, sobre todo, en el Paseo de Colón, en Barcelona, donde premonitoriamente quiso fotografiarse con sus sobrinas.

- “Victoria, péinalas bien, ponlas guapas, que quiero que tengan un recuerdo de mí porque se me antoja que han de llegar maldadas” -se recuerda en la familia que dijo mi tío a su hermana que, como tantas otras chicas del Pirineo, habían marchado a servir antes de la guerra a Barcelona.

Está allí, a finales del verano del 38, sentado en una silla, mirando fijo a la cámara y abrazado a la sobrina más pequeña. Se ha peinado con agua, lleva camisa blanca de manga corta y sus manos desproporcionadas de campesino delatan que la pluma que asoma en el bolsillo de su camisa es impropia, que sólo pretende hacer de salvoconducto en aquel mundo hostil, ajeno a la montaña. Pero lo que se clava, lo que viene y va, agarrándose una y otra vez en el péndulo de la memoria, es su mirada digna y bondadosa que me hago cruces cómo tenía cabida en aquella maldita guerra.

“Péinalas bien, Victoria, que han de venir maldadas y quiero que se acuerden de mí toda su vida”. Las tres sobrinas están preciosas y lo arropan puestas de pie, pegadas a él, como tres querubines. Veo a los cuatro, pienso en la edad que él tenía entonces -33 años- y a veces dudo de si no estaré frente a una estampa religiosa.

Cuando me viene esta imagen, el “tec-toc” del reloj casi me hace daño. Es un reloj francés, uno de esos cientos que fueron llegando a las aldeas cuando el siglo XIX daba la vuelta de campana, para aturdir aquel ambiente de escasez y los oídos de aquellas pobres familias de la montaña. Solían venir envueltos en fardos, cargados en los hombros de los tiones, cuando la savia movía y, de nuevo, hacían falta en las aldeas sus brazos. Los porteadores habían marchado hacia Francia con el estertor de la hoja, no tanto para ganar dinero en las granjas o en los bosques del sur del país vecino, como para evitar raciones de pan y tocino en la mermada economía familiar de sus casas.

¡Qué gente aquella, la de los tiones que, trabajando como animales para el hermano que había heredado, renunciaban a cualquier perpetuación que no fuera la tímida memoria que dejaban sus manos en la piel de los aperos y en los cientos de paredes que sujetaban, en peldaños, el vientre de aquellos campos…!

La esfera nacarada del reloj es muy hermosa y tiene números romanos. Su cofia dorada recoge una escena pastoril y esboza un enorme contrasentido, tan fuerte que cuesta ubicar el reloj en aquel mundo estrecho y ahumado, de gentes que, cuando sus campanadas llegaron, aún se regían por la hora del sol.

“Tec-toc, tec-toc” -suena milagrosamente después de haber presidido fiestas, bailes, nacimientos, muertes, partidas para la guerra y de haber sido escondido durante la última en una caseta, allá abajo, junto a los huertos del fondo del barranco.

“Tec-toc, tec-toc, tec-toc” -así hace, hasta que de pronto se congestiona, se estremece y da las horas… El reloj lo escondió mi tío Luis en junio del 37, cuando ya había enmudecido el cuco en el robledal del solano y cuando los nacionales habían roto el frente en el valle ancho. Fue entonces cuando las gentes de la aldea fueron obligadas a partir hacia otros pueblos de la retaguardia como siempre ocurre en las guerras: tomando el mando las mujeres para arrastrar las bestias, los niños y los ancianos, todos juntos, en fila, angustiados, cruzada la manta en bandolera sobre el corazón helado, subiendo y bajando laderas.

Él no se marchó. Por la edad se tuvo que quedar a tirar del ramal del mulo de casa, a ir con los convoyes que llevaban pan y balas para que los soldados siguieran matando y muriendo en el frente. Y no le bastó con esconder el reloj y algunas camas y sillas en la caseta del fondo del barranco, sino que también salvó todas las ollas de conserva de cerdo que pudo. Bien se les valió cuando regresaron los familiares, con nieve, en abril del 38… Para aquel entonces el pueblo había quedado deshecho y desolado, la torre desollada y sin campanas, las casas saqueadas, las puertas quemadas, las cuadras estaban vacías y los piojos era el único ganado menudo que quedaba. Bien se les valió, pero él ya no estaba…

Cuando el reloj da las doce todo se estremece. A veces, cuando comienzan sus estertores anunciadores, dejo rápidamente la pluma, me levanto y corro hacia él, enmudeciéndolo, parando el péndulo. Así estuvo desde junio del 37 hasta bastante después de acabar la guerra: mudo y parado, conservando el bayo, el aliento del que lo escondió y que antes de la guerra le daba cuerda.

Al llegar La Reculada de marzo del 38, cuando la desbandada republicana hacia la frontera de Francia, mi tío tomó una decisión muy de aquella montaña, pero que sentenció la cuerda que a él le quedaba en esta vida: seguir a las tropas que se retiraban para no perder la caballería que, al fin y al cabo, aunque fuera un bruto, era uno más de casa.
De allí a Bielsa; luego, por los heleros, a Francia; total, para perder el mulo y, después, a Cataluña (“Victoria, arréglame as mocetas que marca maldadas y quiero que tengan un recuerdo de su tío”). Más tarde, en febrero del 39, heridos los ojos y la cara por las agujas de la fría Tramuntana, a los campos de refugiados del Rosellón. Mal vestido, viendo calamidades a uno y otro lado de la carretera, harto de agua y de sofocos de correr y tirarse al suelo cuando hacían pasadas las pavas; en fín, helado, como el reloj que había escondido hacía más de un año en los huertos más oscuros del barranco. Abrumado por el oleaje de su corazón y sus pulmones, arrastrando los pies por las orillas de aquel mar picado y enardecido por la Tramuntana.

“Alé, alé, españols de la megde…” -gritaban aquellos pobres senegaleses, montados en jamelgos negros que parecían haber salido de las mismísimas caballerizas de Lucifer. “Alé, alé…” -decían, mientras dirigían a latigazos a aquel desesperado rebaño hasta el otro lado de las alambradas.

Cuando lo pienso y miro la preciosa esfera del reloj, grande, blanca y nacarada como un plato de porcelana, las escenas del campo número uno de refugiados de Agde-Hérrault me queman los ojos. Veo a mi tío Luis, infeliz él, llevándose las manos a la cara, angustiado por aquel calvario. “Tec-toc, tec-toc…”, latía el reloj francés en la aldea cuando él le daba cuerda.

Mi tío era un buenazo, no conozco a un adulto que le guste dar cuerda a los relojes de pared y que sea un malvado. Tenía los ojos cenicientos, de ese color turbio que hacía la leña del hayedo cuando se consumía en el horno de la aldea para cocer el pan blanco. Me lo imagino cuando se cuenta que un guardián le arrancó de un manotazo el talismán de su pluma. Se le debieron enramar de carmín los ojos y, a partir de entonces, las noches estrelladas que barría la fría Tramuntana debieron ir sembrando musgo espeso en su pecho, todo, seguramente, por no haber disputado con los demás una manta para enronarse en la arena.

A mi tío Luis la quinta de la muerte lo llamó al calvario con 33 años. Fue una madrugada de comienzos de mayo, a pocos días de terminar “oficialmente” la guerra, en el hospital del campo de refugiados, cuando la menta, la ruda y las malvas de los huertos de la lejana aldea aguardaban la noche de San Juan; a la hora en que las madrugadoras brasas de su madre olían a incienso y calentaban sopas de ajo; a la hora en que nos despedimos de este mundo casi todos.

Cuando el hermano mediano volvió de la guerra ya habían colocado el reloj francés en su sitio y mi abuelo pasaba horas bajo él, pegado al bayo del hijo perdido. Al verse se abrazaron y aquél le dio la foto que mi tío Luis se había hecho con las sobrinas en Barcelona. La tomó con sus anchas manos, sabedoras desde la juventud en Cuba de lo que eran los océanos de penas, y le dijo con los ojos cargados de humo de haya:

-”Pobrón, cuánto habrá penado. Cómo me viene la fisonomía al mirarlo en el retrato…”
Uno tras otro, los hijos fueron volviendo de la guerra. Todos aparecían por el collado del sol saliente, todos menos mi tío Luis. Y las manos azuladas de mi abuelo, henchidas por el reuma de la isla, guardaron durante un año el silencio del reloj francés y el luto de la familia.

“Tec-toc, tec-toc, tec-toc”. Hay noches que cuando se estremece, todavía hoy, tengo que pararlo.

(Del libro: Pirineo de boj (relatos en flor y en grano), Enrique Satué, Prames, Zaragoza, 2005)