Casas de piedra. Gustos y modas

En diversas ocasiones hemos expuesto en este Boletín opiniones y criterios relativos al tratamiento de la llamada arquitectura popular o tradicional de Serrablo y Tena así como, por su afinidad tipológica con aquella, la de las comarcas vecinas de Jacetania y Sobrarbe. Con el importante auge turístico que se está experimentando en estas comarcas, especialmente de los últimos seis años a esta parte, el territorio pirenaico y pre-pirenaico ha venido soportando todo tipo de actuaciones constructivas, como consecuencia de la notable demanda de segunda residencia, alimentada por la bonanza económica general y al amparo de generosos y elásticos planes urbanísticos.

Estas actuaciones consisten, por lo general, en construcciones sobre solares vacantes o en solares en los que, previamente, se ha demolido la antigua construcción existente. Este segundo aspecto nos lleva a la conclusión de que toda la arquitectura tradicional no catalogada, que es la mayor parte, desaparece y en su lugar se levantan otras construcciones que intentan parecerse en lo posible a las tradicionales.

Otras construcciones tradicionales que se reforman, como pajares o bordas, sufren las lógicas transformaciones para adecuarlas a nuevos usos. Bien es cierto que el mejor modo de conservar un edificio es encontrarle un destino, presuponiendo que su actual uso agropecuario ya no es asumible.

Ante tal situación, lo que en principio pueda parecer una irremediable pérdida de los tipos constructivos tradicionales no nos debe llevar a conclusiones catastrofistas ni a pensar que desaparece la "auténtica" arquitectura tradicional. El concepto "auténtico" suscita muchas controversias. El estado primigenio, o sea, cuando el edificio se construyó, debiera ser, por principio, su estado auténtico y original; sin embargo ahora no lo contemplamos así porque el tiempo se ha encargado de envejecerlo y darle nuevos matices, pátinas y colores que en su origen no tenía, aparte de las ampliaciones o reformas y sustituciones que haya podido sufrir en el tiempo, por lo que, además, puede tener más de un "origen". Pero, a pesar de ello, nos parece que este estado actual es el verdadero, el auténtico, porque aunque los materiales no sean los del primer origen, lo auténtico estará en la capacidad de transmitir o documentar una forma de construir, de vivir. Y es por ello que nos atrae más el estado actual que el que, suponemos, debió tener en su origen, porque el envejecido natural parece que es el signo que le otorga al edifico su categoría de antiguo, su nobleza, su valor.

No se restaura esta arquitectura para que cumpla las funciones de antaño, sino que la economía, la seguridad y la habitabilidad obligan a intervenir profundamente en un inmueble de estas características, produciéndose cambios de todo tipo. Y, entonces, vienen los gustos y las modas y todo se transforma.

La costumbre cotidiana de picar los revocos antiguos de cal para sacar la piedra, tan insistentemente criticada desde estas páginas, es una práctica que viene ya de años en toda la geografía española y es aceptada por una abrumadora mayoría que la considera como lo más auténtico, lo más correcto, pareciéndole lógica y normal esta práctica pues la piedra es más espectacular que el revoco y no necesita mantenimiento. Ya casi nadie duda que lo primero que hay que hacer con una fachada es desprender el antiguo revoco de cal para dejar vista la piedra.

Los ingenuos argumentos que justifican tales decisiones se resumen en expresiones como "gusta más que antes", "queda mejor", "le da más categoría al edificio", "parece más antiguo", etc. Si es cuestión de gustos, con este razonamiento se podría poner patas arriba todo el patrimonio histórico, echando por tierra los criterios que durante más de cien años lleva el mundo civilizado intentando asentar y difundir para su salvaguarda.

Así pues, el obstinado gusto popular ha quedado institucionalizado pasando la costumbre a ser ley, de modo que son varios los municipios que incluyen en sus ordenanzas la exclusividad de la piedra vista en fachadas. Se acabaron los revocos y encalados tradicionales de nuestros pueblos que compartían espacio y luz en íntima armonía con las construcciones de piedra vista; se acabaron los ambientes cálidos y luminosos de calles y placetas. Quedarán para el recuerdo en las numerosas postales y fotos antiguas como prueba y testimonio de cómo eran nuestros pueblos antes de la invasión pétrea. (En Ansó todavía resiste la zona de la placeta de la calle la Fuente, al Este de su casco urbano).

Es la fiebre de la piedritis. La piedra gusta más, la piedra vende; es un plus añadido en el mercado inmobiliario que demanda un comprador crédulo, ávido de falso tipismo.

Estamos en la cultura del consumo, de los índices de audiencia, manda el mercado. Ya no se interviene para respetar una determinada tipología constructiva o un ambiente urbano tradicionales, sino que se restaura y se construye a gusto del consumidor.

No se quiere decir con ello que la piedra no tenga su lugar y su protagonismo en la arquitectura popular. Todo lo contrario. La piedra y la madera son los materiales naturales más nobles de los que se sirvió la humanidad para construir las casas y, de hecho, son los que, por su naturaleza, han pervivido durante siglos. La piedra vista de origen y bien trabajada en las construcciones tradicionales confiere a cualquier edificio un porte excepcional y una calidad y belleza fuera de toda duda, que podemos contemplar en los numerosos edificios de nuestros pueblos, porque con esa intención y ese buen oficio se construyeron, como las que en la actualidad se hacen de nueva planta.

Todos sabemos, que las llamadas tradiciones conforman el bagaje cultural mas importante de los pueblos cuyos habitantes y las administraciones se esmeran en recuperar, mantener, investigar, promocionar y celebrar, ya sean fiestas patronales, juegos, vestimentas, música, ritos, danzas, oficios, romerías, etc. con las que se sienten identificados y orgullosos. Son homenajes de culto al recuerdo respetuoso de las costumbres, de la historia del pueblo, de sus abuelos, de sus antepasados. Y todo ello se intenta hacer con la máxima veracidad al modelo heredado, con el mayor rigor posible, sin manipulaciones ni inventos, pues solo de esta manera se puede transmitir honradamente la memoria colectiva entre generaciones.

Pero, por lo visto, la arquitectura popular no cabe en el saco de estas tradiciones. Da la impresión que el sentir popular no aprecia esta herencia material cuando llega la hora de su restauración, cuyos motivos solo cabe achacar a la falta de información y a la inercia creada por la ola de modernidad imperante. Las casas en las que nacieron y que dieron cobijo a las gentes cuyo recuerdo se conmemora con tal profusión de tradiciones populares, al parecer no forman parte de dicho modelo. Porque si, en realidad, lo que se desea es respetar y defender esta antigua forma de construir, o sea, mantener la tradición, parece lógico pensar que no lo haremos si se inventa la cara de los edificios que la integran, si se cambia su personalidad, en fin, su identidad.

Se restaura con exquisita fidelidad y pulcritud un antiguo telar, un molino de agua, una fragua, un traje o un mueble, pero las casas se reforman y se reinventan de tal modo que ya no se podrá decir con propiedad que forman parte de una arquitectura tradicional o popular. Se llamarán, como vemos con frecuencia en algunos anuncios publicitarios, simplemente casas de piedra.

Escriben algunos teóricos que la restauración (mueble o inmueble) no se realiza para conseguir la verdad o autenticidad de la obra u objeto ni su perfección artística, sino que, básicamente, debe ir dirigida a sus usuarios, legítimos herederos del patrimonio cultural, para los que la obra u objeto tiene un significado que cumple con una función simbólica, histórica o documental. Por tanto, desde el punto de vista ético, se dice, la mejor restauración sería aquella que proporcionara más satisfacción a mucha gente, que complaciera a un mayor número de sensibilidades entre sus usuarios.

Ante esta situación, parece que no queda más remedio que ir aceptando estas nuevas sensibilidades sociales porque, como ya es sabido, el pueblo es el destinatario de este legado patrimonial y por tal razón, añado, habrá que legárselo a su gusto, aunque éste no fuera el gusto de sus antepasados, dejando para otro momento o lugar criterios, reflexiones y demás cuestiones.