Cerrar la puerta

Cuando nacemos nos encontramos en un entorno planificado en consonancia con los parámetros que marca el contexto socioeconómico del momento, que no permanece estático, sino que va evolucionando con el paso del tiempo, y las personas, en buena lógica, debemos acomodarnos a los condicionantes de la vida, para navegar siempre a favor de la corriente, porque nadar en contra o quedarse al margen no es lo más aconsejable. Así es la teoría ideal, pero no debemos olvidar que los que interpretamos el guión somos seres humanos y como tales, nos movemos con el viento favorable de nuestras virtudes y con el lastre de nuestros defectos y limitaciones.

Imaginemos por un momento la situación de nuestros padres en el medio rural tradicional: vieron las primeras luces y crecieron en un sistema ancestral, anclado en el puerto del pasado, totalmente estático desde los tiempos antiguos, basado en el esfuerzo, en el sacrifico, en la austeridad, que les aseguraba la supervivencia, su objetivo más tangible y primario. Sin comodidades, sin los servicios más elementales, autosuficientes en casi todo. Miraban alrededor y veían que todos bailaban al mismo son, por eso estaban conformados a su suerte.

En el llano se iba fraguando, poco a poco, el cambio; las circunstancias evolucionaban sin parar; se iban desarrollando las fuentes de energía para impulsar las incipientes industrias; las aguas se reconducían hacia las tierras sedientas; las comunicaciones se iban trazando; los servicios iban llegando… En la montaña no se atisbaba ninguna transformación, todo seguía igual, el tiempo se había parado. Hasta que en los años 50 (del siglo XX) comenzó a soplar el viento, barrió la neblina que ocultaba el lejano horizonte y se empezaron a percibir los efluvios de la modernidad y del progreso.

Los jóvenes fueron los primeros en captar las ondas, en interpretar los mensajes, como es lógico. Enseguida se dieron cuenta de que el futuro estaba fuera, en otra tierra, y que a la montaña nunca llegaría el progreso, porque las cuestas eran demasiado empinadas e impedían su aterrizaje.

Alrededor del fuego, bajo las altas chimeneas, se abrió el debate entre los jóvenes y los mayores, con las teas y los candiles como mudos testigos. Los mayores habían pasado gran parte de su vida trabajando con ahínco, cumpliendo el guión marcado por los antepasados, manteniendo la familia y la casa, acrecentando la hacienda; adaptados al medio; lastrados por el pasado; echaron raices profundas y crecieron en esa tierra, donde pretendían perpetuarse; veían un futuro incierto, inquietante. En la cadiera de enfrente estaban los jóvenes, con las mentes más claras y abiertas, adornadas por el optimismo, veían con más nitidez el futuro, allá en la lejanía.

La savia joven triunfó, como era de esperar, sus argumentos fueron más convincentes y las gentes comenzaron a marchar en busca de una vida nueva. Los caminos se convirtieron en hormigueros de ilusiones, ligeros de equipaje, hacia los núcleos industriales de Sabiñánigo y Monzón, a los pueblos recién nacidos en los regadíos de Monegros, a las capitales, como Huesca, Zaragoza o Barcelona.

Muchos mayores remugaron la decisión, sopesaron los pros y los contras, se dejaron seducir por el sentir general y siguieron la corriente. Una minoría se hizo el fuerte, se quedó en la orilla, se resistió a marchar, prefirió permanecer apegada al terruño: una persona en Ainielle, otra en Bergua, dos familias en Otal, tres en Escartín… Las raíces eran tan profundas, los troncos tan leñosos, que no se podían mover. Pero la soledad ante tantas puertas cerradas, la impotencia ante la implacable acción de la propia naturaleza (paredes caídas, caminos cortados, maleza por todas partes), fue minando sus fuerzas y se vieron obligados a abandonar el barco. A todos les costó cerrar para siempre la puerta de sus casas, para éstos últimos fue un momento dramático: "Ya con los machos cargados en la calle, mi hijo mayor entornó una hoja de la gran puerta. Yo volví la otra e hice girar por dos veces la llave, aún la empujé para ver si quedaba bien cerrada. –¡Adiós casa, adiós!-pensé, porque no tuve fuerzas para decirlo. Dentro quedaron sesenta años de mi vida, de entradas y salidas, de sueños compartidos, de cuentos, de planes alrededor del hogar… La entereza de mi madre me dio fuerza para seguirla, dar media vuelta y marchar calle abajo, como una silenciosa procesión, sin volver la vista atrás, con tristeza contenida, apretando los dientes con rabia, por tener que abandonar la tierra que nos vio nacer", nos decía uno de estos "resistentes".

Después vendría el reciclaje para hacer otros trabajos, la adaptación al nuevo medio, pero hay que resaltar que todos salieron adelante, con más o menos éxito. Los mayores, unos más que otros, conviviendo siempre con la nostalgia, las vivencias y recuerdos del pasado, que fluían como burbujas en los carasoles y sombras.