Aquellos tiempos… Estos tiempos

Tiempos difíciles

SamitierSon innumerables los libros y publicaciones que en los últimos años han ido apareciendo describiendo con precisión el fenómeno histórico de la despoblación de los pueblos del Pirineo y, concretamente, de nuestro Pirineo de la provincia de Huesca. Quien haya querido informarse sobre este largo proceso histórico ha tenido multitud de ocasiones y oportunidades. Todo ha sido descrito y analizado de manera minuciosa, con infinidad de datos históricos, geográficos, sociológicos y antropológicos. La prensa escrita, la radio y la televisión han ofrecido contenidos claros y precisos sobre este fenómeno que comenzó allá por los años cincuenta y, de una forma u otra, en muy pequeña escala, todavía sigue goteando.

Nadie puede objetar que en aquellas circunstancias históricas y en aquellos entornos geográficos la vida, o mejor, la existencia era inhumana, heroica, difícil en extremo y sin futuro. El tiempo corre para todos y la historia no se detiene. Aquellos hombres y mujeres, hijos todos de aquellas circunstancias tenían que buscar, provocar y asumir un cambio. Y todos, viejos y jóvenes, mujeres y hombres, padres e hijos iniciaron una huida, una fuga hacia lugares y tiempos más prometedores. Globalmente considerado, el cambio fue satisfactorio aunque, como sucede siempre, para unos más que para otros.

Ahora, todos los que nos interesamos por este complejo fenómeno de la despoblación del Pirineo, nos encontramos como inquietos y algo movidos internamente. Volvemos a aquellos lugares y tiempos y tenemos la sensación de que nos falta algo. No queremos que nadie vuelva a pasar por aquellas dificultades extremas. Pero al ver tantos pueblos, tantísimos pueblos deshabitados, (varios centenares ya sólo en la provincia de Huesca) algo se agita en nuestra mente y sacude nuestra sensibilidad. Y no nos cuestionamos los porques de ese abandono. Eso está ya demasiado claro. Nos preguntamos por el precio que hemos tenido que pagar todos por ese cambio, cambio absolutamente necesario. Nos interrogamos por lo que ha conllevado dicha mutación, por lo que al mismo tiempo hemos perdido.

El precio pagado

“Cuando bebas agua, acuérdate de la fuente”, reza un proverbio chino. El Pirineísmo, la despoblación masiva, las condiciones de vida rayanas en la miseria de tantos centenares de familias en aquellos entornos, el abandono por parte de la administración central durante tantas décadas, etc., etc. Cuando tanto se habla actualmente de estos temas, desde la sociedad culta, rica, desarrollada y progresista ¿no será que nos estamos preguntando por qué se fue ese tiempo y esas personas y por qué ha desaparecido todo ese mundo de circunstancias humanas cuya ausencia actual consideramos, en el fondo, como una sensible pérdida? ¿Por qué, si no fuera así, preocuparnos tanto, hablar tanto y volver tanto la vista atrás?

Si volvemos a todo aquello y describimos pueblos, gentes, parajes y naturaleza, costumbres, lenguaje, tradiciones, etc. será que caemos en la cuenta de que hemos perdido algo, algo que no ha acompañado a esas gentes en su marcha hacia la Tierra de Promisión, al bajar al llano o ir a la ciudad. Y sentimos una carencia. ¿Qué es eso?.

1. -Hemos perdido la Naturaleza. La inmensa y gran Naturaleza. Aquellos hombres y mujeres, ancianos y niños formaban cuerpo y mente, sangre, ojos y nervios con el entorno. Toda su vida era el devenir del entorno: Las montañas y los barrancos, el sol, el aire, la tierra nodriza, poco generosa y cicatera, el clima y sus cambios, las superficies agrestes, los caminos y pistas indicios de otros lugares prometedores, las estrellas y sus anuncios, las fuentes y arroyos, las casas vecinas y el aliento humano en ellas, los animales, de compañía o lejanos, amigos o amenazadores. Aquellas gentes se sentían, forzosamente, unos con todo su entorno. Tenían que mirarlo, observarlo, prevenirlo, defenderse, acogerse a su ritmo protector a veces. Dependían de todo lo que los rodeaba y lo sabían, lo conocían, lo esperaban. Pocas cosas se escapaban a su intuición.

Casa Ramon. Susín¿Qué queda ahora de toda esa unidad y sentimiento hondo con el medio en que vivimos? Nuestro conocimiento de la naturaleza, de la madre primera y fundamental de la que todo proviene, se reduce a unos cuantos conceptos extraídos de libros y papeles, fotografías, ideas y conceptos. Ya no somos capaces de mirar al cielo, ni detectar sus constelaciones, la luna y sus fases incesantes, las mil y una formas de las nubes, su génesis, su evolución y su progresiva desaparición. No tenemos el conocimiento primigenio instintivo de los mensajes del firmamento, el viento, los amaneceres, atardeceres y puestas de sol con sus respectivos lenguajes.

No nos detenemos a sentir la fuerza de las brisas, la intensidad y el cambio de la luz matinal. No conocemos el brío de la vida en los animales, en las aves, en los insectos más pequeños, casi inadvertidos. Ni siquiera nos detenemos a observar con atención el crecimiento y evolución de nuestro propio organismo físico, nuestro cuerpo en eterno cambio. No digamos nuestra mente y sus misterios, ahí ya pisamos territorio completamente desconocido. Hemos perdido la naturaleza, ella sigue ahí, pero nosotros andamos distraídos, descolocados.

2. - Esos hombres y mujeres poseían vigor interno y externo en una medida admirable, heroica muchas veces. La dura existencia obligaba a pocas concesiones a la debilidad, al descuido y a la negligencia. Su vida era el resultado de sentirse uno con la naturaleza y el medio. Todo su esfuerzo diario estaba dirigido a la lucha frente a esa madre tacaña a la que tenían que domesticar y exprimir, para poder vivir. Ellos mismos se hicieron naturaleza viva. Y esto, días y días, año tras año, generaciones enteras… Fuerza interior, robustez individual, coraje compartido, como familia, como grupo, como pueblo.

Había que defenderse y protegerse con medios rudimentarios, muchas veces ridículos frente a la amenaza gigantesca de las fuerzas exteriores. Pero era su defensa, su desafío y su orgullo frente a lo de fuera. Era también la convicción de que, mientras no se presentaran otros medios más seguros y decisivos, ellos mismos tenían que ser su propio vigor, su propia seguridad y subsistencia. Tiempos largos, décadas de lucha desesperada, con sus escasos medios. Pero lucharon, no se rindieron; abandonados por el resto del género humano, ellos siguieron firmes en su diaria heroicidad y valor sin recambio. Aquellas gentes, en una palabra, eran más completas, más totales, más integras.

En la actualidad me atrevo a afirmar que todo esto se nos ha ido río abajo. Constituimos una generación gregaria de depauperados mentales y empobrecidos orgánicos crónicos. Aunque nuestra esperanza de vida sea de 85 ó 95 años. Necesitamos de todo y de todos para simplemente respirar y pensar un poco. No sabemos hacer nada sin la infinidad de máquinas que nos rodean. Nos pasamos el tiempo apretando botones y dispositivos diversos, acudiendo intermitentemente a todo tipo de esencias y energías postizas para continuar manipulando cosas, aparatos, artilugios de todo género. Y sin esas drogas no tenemos energía, no somos nada. Nos hemos convertido en seres absolutamente dependientes de todo para seguir vivos. Incluso el mismo alimento natural y diario ha de tener unas condiciones precisas para que nuestro cuerpo lo acepte y a nuestra lengua le guste. En lo físico y en lo psicológico no damos un paso sin una droga, sea ésta una sustancia material o una promesa, la esperanza de un premio, otro tipo de droga al fin y al cabo.

Quiero traer aquí unas palabras clarividentes de Enrique Satué en el último capítulo de su inefable “Ainielle. La memoria amarilla”: “Cuando he colgado, he vuelto a pensar sobre el mundo que ha quedado tras la desaparición de miles de aldeas como Ainielle. Su mundo era duro, pero el urbano, que a veces lo sueña, no es la panacea. Este mundo es frágil y falso, puro envoltorio, cada vez más insolidario. Por eso nadie se atreve a echar un pie al frente, porque al comienzo del tercer milenio nadie ha sabido poner nuevas luces en el camino. Mientras, todo es recurrente y cansino, sebo apelmazado que nos llega desde la televisión o el área comercial, esclerotizando las obstruidas venas de nuestra conciencia. … Llegamos a Ainielle y nos preguntamos dónde estamos y qué hemos hecho, si la humanidad camina hacia delante o hacia atrás. Contemplamos sus ruinas…” (Páginas 312-313) Magnífico, Enrique. Alguien tenía que decirlo con esta claridad.

3. - Y se nos ha perdido el sentido de austeridad. Las gentes de las montañas vivieron con el valor y la dignidad de lo poco, incluso insuficiente. Sin bienes materiales, sin conocimientos, sin cultura, sin colegios ni universidades. Doctores por la universidad de la naturaleza y la vida. Pero vivieron y sintieron intensamente lo suyo y a los suyos. Poco tenían, poco necesitaban. Ellos, inconscientemente, supieron encarnar las palabras de San Francisco de Asís: “Yo necesito poco, y ese poco lo necesito muy poco”.

En los tiempos actuales, en las tierras bajas, en las ciudades y pueblos desarrollados, en medio de nuestra civilización y progreso, andamos sumidos en un mar de ansiedades y carencias, deseos y frustraciones, germinados al amparo de los infinitos conocimientos, abundancias de todo tipo, posibilidades y oportunidades sin cuento. Necesitados de todo, obsesivamente influenciados por tanta visión y audiovisión, propagandas y publicidad, sentidos a flor de piel viva, ciegos con nuestras posesiones y nuestras posibilidades y ambiciones sin medida. Y, claro, la consecuencia de todo este estado de cosas no puede ser otra que un sentimiento crónico de frustración e infelicidad. “El deseo y la felicidad no pueden vivir juntos” (Epícteto de Frigia, filósofo grecolatino). Y… así están las cosas.

Naturaleza. Vigor. Austeridad. Trinidad de valores que hizo recios, heroicos y admirables a tantos hombres y mujeres de las montañas. ¿Qué queda hoy de todo esto?