Arrieros en Serrablo

La sal y el origen de la arriería (II): Naval, centro salinero del Alto Aragón (I)

4. De las antiguas vías de la sal… ¿a la creación de los estados?

La importancia otorgada a la sal como factor esencial para la supervivencia del hombre fue uno de los grandes acontecimientos del Neolítico. La explotación de este mineral debió surgir hacia el 4500 a.C., cuando se implantaron sistemas económicos lo suficientemente organizados como para garantizar su producción y distribución. Precisamente, los restos arqueológicos indican que las salinas de Naval se empezaron a explotar de una forma más o menos profesionalizada desde, al menos, la Edad de Bronce. Allí, la sal se producía durante los meses cálidos en un proceso basado en la evaporación del agua. Es decir, su producción coincidía con el periodo en el que los rebaños estaban pastando en la montaña. En otoño, cuando los rebaños descendían a Tierra Baja, las recuas de machos o burros que transportaban la sal partían en sentido contrario. En primavera, los montañeses emprendían el camino de regreso a sus pueblos bien provistos de sal para personas y animales. Poco después de llegar, esa sal ya empezaba a dar muestras de su protagonismo en la elaboración de los apreciados quesos de leche de oveja o en el proceso de curtido de pieles; parte de esos quesos y pieles serían objeto de trueque y emprenderían nuevamente camino hacia el Sur con los arrieros: el ciclo de ida y vuelta de la sal.

En resumen, las rutas de la sal, algunas de centenares de kilómetros, existieron desde los tiempos prehistóricos y unían los centros de producción con los de consumo. Y, ya entonces, las cabañeras para la trashumancia coincidían con los senderos empleados por los arrieros para el abastecimiento de sal. Desde este punto de vista, no resulta extraño que localidades salineras como Naval, Salinas o Peralta de la Sal fueran puntos clave para diversas rutas cabañeras hasta, como quien dice, ayer mismo.

El transporte de la sal por caminos trazados desde tiempos remotos podía ser ciertamente complicado en ciertas zonas. Algunas vías se han transformado en carreteras, otras se han perdido pero un número relativamente elevado han permanecido como antaño y ahora son senderos de gran o pequeño recorrido que nos permiten hacernos una idea aproximada sobre los inconvenientes de ir con animales cargados, especialmente cuando la climatología era adversa. Estos caminos, “caminos de mulas por no decir de cabras, tienen pasos difíciles, casi acrobáticos. Los burros o los machos, con una carga que podía ser muy voluminosa, avanzaban lo más cerca posible del abismo para no tocar la pared de la roca” (Laszlo, 1998). Como dice el refrán, “el que no haya pasado puerto o mar, no sabe lo que es penar”.

La disponibilidad de sal era tan importante que se ha llegado a considerar que los estados modernos han nacido de las caravanas de mulas que transportaban este mineral. Esta afirmación se basa en que su tráfico conllevaba numerosos problemas logísticos: transitabilidad y seguridad de las vías; creación, explotación, mantenimiento y custodia de salinas, alfolíes y otros depósitos de sal; disponibilidad de alojamiento y avituallamiento para las reatas; red de aduanas y peajes; medidas disuasorias contra el contrabando; disponibilidad de animales de carga y de otros tipos de mercancías con los que intercambiar la sal;... Todas estas exigencias exigían la existencia de un poder político fuerte (Laszlo, 1998).

5. La sal de Naval: un negocio “real”

Alfolí de Naval. Año 2007La importancia de los manantiales salinos explica la existencia de un próspero asentamiento de la Edad de Bronce en la cueva de Valdarazas, junto a la villa. La explotación de las salinas navalesas se mantuvo durante toda la Antigüedad y experimentó un marcado auge durante la época romana. De hecho, Naval constituía un punto clave de la calzada que unía Barbotania (Barbastro) y Boletania (Boltaña). Un antiguo proverbio latino, atribuido a Plinio, decía que “no hay nada más útil para la salud que la sal y el sol” mientras que Apicio afirmaba que “la sal (…) impide todas las enfermedades, la peste y cualquier resfriado”. Con tales avales, no es de extrañar que las industrias de salazones constituyeran uno de los grandes pilares de la economía en la Hispania romana, junto con la metalurgia, la minería y la industria oleícola. Los romanos fueron buenos consumidores de estos productos y llegaron a decretar una ley (Ley Licinia; 318 a.C.) que establecía la obligatoriedad del consumo de pescado salado en ciertos días del año. Algunos autores achacan a esta ley el origen de las prácticas de Cuaresma de la doctrina cristiana. Ya en este periodo, la explotación de los recursos salinos y el consumo de sal suponían una importante fuente de ingresos para las arcas públicas. En general, el estado no explotaba las salinas directamente sino que cedía esta tarea a intermediarios (negotians salinarum o salarii) agrupados en sociedades. Todavía se conservan lápidas funerarias en las que aparece la inscripción del oficio de salinator.

Durante la Edad Media, la extracción de sal y su comercialización se convirtió en un factor esencial de riqueza en Naval, tanto durante el periodo de dominio musulmán como en el cristiano. Sin embargo, son los monarcas cristianos los que, de una forma más marcada, utilizan la sal como un medio claro y seguro de obtener grandes beneficios que contribuyan a financiar campañas militares y otros gastos. El interés por controlar su producción y comercialización hace que la Corona se apropie, de forma progresiva, de todas las salinas, pozos y manantiales de agua salada.

La primera referencia documental conocida sobre la actividad salinera en Naval data del año 1094 cuando, en un acto aislado, Micer de Sousa se introduce entre los que habitaban en esta localidad y, subiendo a la peña que después se apodó “de la espada”, grita el nombre de Sancho Ramírez. El rey, agradecido, le fija una pensión vitalicia de 24 sueldos anuales con cargo al treudo de los moriscos en las salinas. Este documento proporciona una idea de la forma de explotación de las salinas ya que hay que recordar que el treudo aragonés (enfiteusis) era una fórmula de propiedad compartida entre el que cedía la propiedad y el arrendatario. Esta cesión era a perpetuidad, a cambio de una renta y con una serie de condiciones. El arrendatario y sus descendientes seguían siendo poseedores del dominio directo mientras cumplían con lo pactado; de lo contrario, el dominio de la propiedad retornaba al dueño. Este documento refleja la existencia de unas salinas plenamente productivas y desarrolladas, lo que revela su importancia durante la época musulmana. Entre los musulmanes, la sal se utilizaba para cerrar un trato debido a su inmutabilidad ya que cuando se disuelve en agua se puede volver a recuperar (“resucita”) mediante un proceso de evaporización. Sancho Ramírez tuvo un gran poder económico debido a las parias que cobraba a los reinos de taifas musulmanes y a la recaudación de los impuestos del paso de mercancías por sus peajes pirenaicos (Buesa, 1978). Estas mercancías procedían especialmente del territorio musulmán limítrofe (Naval y alrededores), lo que indica que la existencia de una intensa actividad arrieril ya en aquella época.

Sancho Ramírez muere ese mismo año durante el sitio de Huesca y le sucede su hijo Pedro I de Aragón. Al año siguiente, se produce la entrega de Naval por sus propios habitantes a las tropas reales. En señal de gratitud, el monarca concede numerosos privilegios a los moradores de Naval (“moros de Napal”) en 1099, como la autorización para seguir utilizando la antigua mezquita y, especialmente, el hecho de que sólo tuvieran que entregarle el noveno de los frutos y ganados y la quinta parte de la sal obtenida anualmente (Arco y Garay, 1946). A partir de este momento, los documentos sobre las salinas se suceden periódicamente, conservándose muchos de ellos en el Archivo de la Corona de Aragón (que se citará a partir de ahora como ACA).

Aunque los sucesivos monarcas confirman el privilegio otorgado por Pedro I, lo cierto es que, de una forma u otra, ciertos monasterios (San Juan de la Peña, Escarpe, San Victorián, Montearagón, Sigena, …) y nobles se van apropiando de eras salineras en detrimento de los antiguos propietarios moros. Durante este periodo, tanto los diezmos que los moros de Naval tenían que pagar para explotar las salinas como los derechos reales sobre las mismas fueron constante moneda de cambio para pagar favores o comprar voluntades, según las necesidades políticas y/o financieras. Así, el monasterio de Escarpe pasa de renunciar a sus diezmos (300 sueldos anuales) en favor del rey Pedro I (año 1100) a suscribir un convenio con Jaime I (año 1242) sobre la percepción del quinto de las salinas (ACA, pergamino 906 de Jaime I). Por su parte, el monasterio de San Victorián consigue que, en 1198, Pedro II les exima del derecho real sobre las salinas que este cenobio poseía en Naval.

El monasterio de San Juan de la Peña no quiso ser menos y, aunque no tenía el dominio de la villa pues quedó bajo el poder real desde su conquista, sí que disfrutaba de la posesión de algunas eras salineras, cuya supervisión correspondía a un monje que ocupaba el cargo de Prior de Naval. En 1300, Jaime II asigna a este monasterio 200 sueldos anuales sobre las rentas de las salinas navalesas (ACA, Reg. 198, fol. 414v), cantidad que seguía vigente en 1378, reinando Pedro IV (ACA, Reg. 2240, fol. 75). Como tantas otras cosas en el Pirineo, el pago se efectuaba al Prior de Naval en la fiesta de San Miguel. La sal de Naval era vital para complementar la que obtenían de las salinas más modestas de Escalete, Ucar y Salinas de Jaca. De esa manera, el monasterio de San Juan de la Peña podía asegurarse un suministro suficiente para sus necesidades y las de las poblaciones que dependían de él (Lapeña, 1984). Los privilegios que los sucesivos procuradores del citado monasterio presentan a los correspondientes administradores del alfolí de Naval confirman la importancia de este suministro (A.H., San Juan de la Peña, P-663, P-739). Incluso monasterios bastante más distantes, como el de Scala Dei en el Priorato tarraconenese, gozaron de privilegios reales para la obtención de sal de Naval (ACA, Reg. 2234, fol. 1; ACA, Reg. 2235, fol. 1).

Principales hechos relacionados con las salinas de Naval entre 1094 y 1387También existen noticias sobre el arrendamiento de los derechos reales sobre las salinas, como el que hace la reina Violante de Hungría, esposa de Jaime I, en 1237 a favor de Abnalfachi, vecino de Monzón, a cambio de 4615 sueldos jaqueses anuales durante un periodo de siete años (ACA, pergamino 696 de Jaime I). Incluso durante el reinado de Alfonso III (año 1286) se llegan a arriendar las propias salinas a un tal Iñigo Lope de Jassa durante un periodo de dos años y se ordena a los oficiales que le aconsejen y ayuden (ACA, Reg. 674, fol. 12). Sin embargo, este periodo debió ser bastante convulso ya que, en 1288, algunos nobles expulsaron de las salinas de Naval a los empleados del arrendatario y quitaron las llaves y los libros de registro de albaranes al encargado (clavero) (Navarro, 2006). Además, durante el reinado de Jaime I, el monarca pignora en varias ocasiones el castillo y las salinas de Naval para responder de diversas deudas que contrae, como por ejemplo, con el Vizconde del Bearne (ACA, Reg. 14, fol. 29) o con el noble Eximino de Urrea (ACA, pergamino 1992 de Jaime I). Pignorar significa dejar en garantía o en prenda y, aún hoy en día, la pignoración de valores mobiliarios implica la solicitud de un crédito entregando como aval esos valores mobiliarios.

Los propios navaleses debieron ser los primeros damnificados por tantos privilegios, diezmos, derechos reales, avales, y en general, por las luchas por el control de las salinas, como las que se produjeron a comienzos del reinado de Alfonso III, en pleno conflicto de la Unión aragonesa. Así, en las Cortes de Zaragoza de 1283, los procuradores del concejo de Naval presentan al rey una protesta puesto que se había llegado a una situación en la que los vecinos de la localidad no sólo no podían vender dicha sal, tal y como habían hecho desde tiempo inmemorial, sino que ni siquiera les estaba permitido llevarla a sus casas para comer (González, 1975). Ya en el año 1300, Jaime II da órdenes a varios caballeros, sobrejunteros y otros oficiales recaudadores para establecer unas condiciones justas para la compra y venta de la sal de Naval. Incluso en ese mismo año, el rey ordenó al noble Sancho de Antillón que dejase la explotación en manos de su enviado, comprometiéndose el monarca a pagar al dicho noble las cantidades por las que tenía concedida esa salina, ordenando a los infanzones de la población que no pusiesen impedimentos a la distribución del producto (González, 1975).

6. Monopolio de la sal

El 18 de junio de 1274 sería una fecha importante en la historia de Naval. Ese día el rey firma en Huesca el privilegio de monopolio o estanco por el que la sal de esa villa pasa a ser la única que se puede adquirir en un amplio territorio que abarca desde Ballobar al puerto de Bielsa, desde la sierra de Montes Negros o de Alcubierre hasta el puerto de Santa Cristina, desde el río Cinca hasta el río Gállego, desde la Sierra de Troncedo hasta Berdún, y desde Berdún a San Esteban de Orastre. El privilegio de este distrito exclusivo es confirmado posteriormente por Jaime II (año 1313; ACA, Reg. 241, fol. 33), Pedro IV (año 1363; ACA, Reg. 908, fol. 108), Fernando el Católico (año 1481) y Carlos I (año 1537; ACA, Reg. 3924, fol. 318). Para evitar tentaciones, en 1512 la reina Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico, además de confirmar el privilegio, establece fuertes sanciones para todo aquel que introdujese o usase otra sal que no fuera de Naval en el territorio citado.

Privato Cajal, en su obra X siglos de historia de Naval (Huesca) y sus salinas y anecdotario del autor (1969) incluye una versión peculiar de la causa original que condujo a la concesión de este monopolio y que estaba recogida en un manuscrito del siglo XVIII, escrito por el ilustre navalés Francisco Lorenzo de Torres, titulado Lucero de Salinas. Según su versión, la sal de Naval se venía vendiendo sin que se le aplicara derecho real ni ninguna otra traba. No obstante, los navaleses para tener contento al rey decidieron, de motu propio, entregarle un dinero de plata (al que se llamó “dinerillo”) por cada azar (o fanega de sal de 16 almudes) que llevasen a vender fuera de la villa. Obviamente, los productores no perdían nada ya elevaban ligeramente el precio y así cargaban el “muerto” a los compradores. La sal viajaba con un albarán o guía que extendía el administrador que tenía el rey en Naval para asegurarse el cobro del derecho de dominicatura o vasallaje. De hecho, si alguien viajaba sin la guía, es decir, sin pagar el dinerillo, se exponía a perder la carga y las caballerías en caso de descubrirse el fraude. Para aumentar la renta del dinerillo, el rey decidió establecer una amplia zona en la que exclusivamente se pudiera vender la sal de Naval. No existen pruebas para desmentir o corroborar esta historia pero lo que sí está claro es que, con dinerillo o sin dinerillo, el negocio de las salinas reales era una fuente importante de ingresos para la Corona. La producción (salineros) y comercialización (arrieros) de la sal es tan importante que, en 1277, Pedro III de Aragón, hijo de Jaime I, exime a los vecinos de la villa de Naval del servicio en el Ejército (ACA, Reg. 39, fol. 221v). Posteriormente, Jaime II (1310) les exime del impuesto de monedaje (ACA, Reg. 207, fol. 147v). Este tributo comprometía al rey a no rebajar la “ley y peso” de la moneda durante siete años. De otra manera, y como consecuencia de la “regalía de acuñación”, lo podría hacer a su antojo en función de las necesidades del erario. Tal situación habría significado una depreciación de la moneda, a la que se le seguiría aplicando el mismo valor nominal pero que tendría un valor real menor (Cajal, 1983). Como vemos, los problemas relacionados con la inflación nos persiguen desde muy antiguo.

7. La grandeza del alfolí… ¡y de los problemas de tránsito que ocasionaba!

Aunque Naval ya contaba con un algorín o depósito de sal en Naval, con anterioridad al decreto del monopolio, tal y como lo atestigua el estatuto que establecieronn los vecinos y la corona para el transporte de la sal desde los salinares hasta el granero real de la villa en 1252 (ACA, Reg. 24, fol. 32), lo cierto es que la concesión del monopolio para una zona tan extensa obligó a Naval a construir un gran alfolí con capacidad para más de ochocientas mil fanegas y dotado de vivienda para el administrador. A algún que otro administrador se le debía de hacer pequeña la vivienda y, por ejemplo, Jaime II (1301) concede a Pedro Garcés de Guarvardiello, que a la sazón ocupaba dicho cargo, la vivienda del castillo de la villa (ACA, Reg. 198, fol. 351v). En el Lucero de Salinas se dice que el coste total del alfolí rebasó los veinte mil pesos. El Grupo de Estudio del Patrimonio de Naval (2005) describe el alfolí de Naval de la siguiente forma: “Es un recinto rectangular, su fábrica es de piedra sillar. Se pueden diferenciar cuatro espacios. Los departamentos de la derecha están comunicados por el fondo y sobre ellos había una planta de viviendas para empleados del rey y guardianes o administradores de la sal. En el primero se encuentran columnas de yeso, decoradas con madera en sus capitales, y en la segunda pilares. La parte izquierda se redujo a causa del ensanchamiento de la calle Daniel Ballarín”.

Esquema alfolí de Naval en la actualidadCon la excusa del ensanche, abandonaremos hasta el próximo capítulo la época medieval, y dedicaremos unas palabras a los históricos estragos que la estrechez de ese paso causaba al tráfico de la sal, primero, y al transporte de viajeros después. Cajal (1969) realiza una descripción muy gráfica del problema y de la solución del ensanche y, en consecuencia, la reproducimos a continuación:

“No deja de ser éste (refiriéndose al ensanche), un pequeño hito en la historia urbanística de la villa, del que conviene dejar constancia, para conocimiento y curiosidad de las nuevas generaciones que no han vivido el estado anterior de esta entrada. Nos referimos a la de vehículos, limitada por el granero de la sal, en el lado Sur, y por las casas de Cajal (calle del Cuadro, 7), y las de Echevarría y Sabás (calle de San Miguel 1 y 3), lado Norte. Este estrecho paso, presenta, al salir del pueblo, una ligera pendiente en suave zigzag, lo suficiente para que resultase difícil y hasta peligrosa la salida de carros, cargados con dos o tres toneladas de sal ensacada, tirados por reatas de 4, 5 ó 6 machos, de peor dominar que el volante de un camión. El carro tendía a estrellarse, por la inercia, en la esquina del granero, donde terminaba la recta, al bajar de la calle del Cuadro; y si, para salvar esta esquina, se arrimaba el carro a nuestra casa, se daba contra la esquina de ésta; y es por ello que está un poco achaflanada y estaba antes protegida con un buen guardacantón. El carretero cogía la rienda derecha del macho de varas, para conducirlo en este zigzag; pero muchas veces les veíamos pasar hacia el lado de las casas, entre macho y macho, por debajo de los tirantes, para no verse atrapados contra la esquina del granero. Otro cogía el ronzal del macho delantero, para llevarlo por el lado conveniente, dentro del poco espacio disponible, para dirigir la tracción. Pero a pesar de tomar todas las medidas, eran muchos los carros que se atascaban en este estrecho y peligroso paso, secular escenario de juramentos, reniegos y palabrotas, hasta que desaparecieron los carros. Luego llegaron los camiones y los coches de línea que entraban y siguen entrando en el pueblo; y si eran de los de buen tamaño, pasaban casi rozando, y, a veces, rozando fuerte en las casas de Sabás y de Cajal, pues la de Echevarría, hoy Bar, queda resguardada por sobresalir más la nuestra. Ya en otro tiempo, había sido achaflanado el ángulo recto del edificio del granero, en lo que fue vivienda del administrador de las salinas; pero fue tan mezquino el corte, que resultó ineficaz la reforma y casi inútil el gasto realizado. En el verano de 1961, fuimos a pasar unos días a Naval, y a los pocos minutos de llegar, entra un gran camión, de Hoz de Barbastro, a cargar sal, dando un fuerte golpe en la esquina de nuestra casa. Este golpe en presencia nuestra, fue la gota de agua que hizo rebosar el vaso de nuestra paciencia, y lo que nos decidió a tomar en serio el ensanche de aquella entrada dificultosa; obra conveniente y necesaria para el pueblo, pare el Condominio de las salinas y para las tres casas citadas, en particular. En fecha inmediata, concretamente, el 3 de septiembre de 1961, la Sociedad de Condóminos de las Salinas, celebró, a petición nuestra, Junta General Extraordinaria, en la que expusimos la necesidad de ensanchar aquella entrada de vehículos al pueblo, con carácter urgente, para facilitar la entrada de camiones de gran tonelaje a cargar sal, dentro del almacén, y los grandes coches de servicio público, hasta la plaza de la villa; y que para ello cediese la Sociedad Salinera, todo el terreno necesario de su edificio almacén. Todo lo propuesto se acordó por unanimidad. Pronto se pusieron manos en esta Obra. Se cortó el edificio de las Salinas, hasta rebasar la ventana del mismo. Y no se pudo ensanchar más, por no permitirlo la entrada al almacén de la sal, ni el escaso y desnivelado terreno en aquel lugar”.

Bibliografía

  • Arco y Garay, R. del. II. De la Edad Media en el Alto Aragón: I. Documentos de Alquézar. II. Privilegio de ingenuidad y franquicias a la villa de Naval. III. Cuaderno de privilegios reales de la villa de Sariñena. IV. Ordinaciones reales de Barbastro (1454). Estudios de la edad media de la Corona de Aragón II, pp. 433-468, 1946.
  • Buesa, D. J. El rey Sancho Ramírez. Guara Editorial, Zaragoza, 1978.
  • Cajal, P. X siglos de historia de Naval (Huesca) y sus salinas y anecdotario del autor. Edición del autor, Barcelona, 1969.
  • Cajal, P. Naval, sus salinas y su temporal señorío. Actas del VII Congreso Internacional de Estudios Pirenaicos, pp. 187 200, Jaca, 1983.
  • González, L. Las Uniones Aragonesas y las Cortes del Reino (1283-1301), 2 vols., Zaragoza, 1975.
  • Grupo de Estudio del Patrimonio de Naval. Naval. Ayuntamiento de Naval, 2005.
  • Lapeña, A.I. San Juan de la Peña y la posesión y explotación de salinas. Aragón en la Edad Media VI, pp. 155-173, 1984.
  • Laszlo, P. Los caminos de la sal. Editorial Complutense. Madrid, 2001.
  • Navarro, G. Conquista cristiana y feudalismo: las tierras del Somontano en la Edad Media. En: Comarca de Somontano de Barbastro, Colección Territorio. Portal de las Comarcas de Aragón. Gobierno de Aragón: http://www.comarcas.es/pub/documentos/documentos_II-4_33ca2948.pdf, 2006