Antonio Beltrán y la Etnología

7. Otros ámbitos.

Si se da un repaso a la GEA y a las voces de contenido etnológico que don Antonio trató, se verá el amplio espectro de temas que trató en su quehacer etnológico, desde el mundo de los juguetes y los niños, hasta la cerámica de Muel; desde las “piedras de rayo” recogidas por los pastores, hasta los amuletos de origen prehistórico; desde el carnaval, al mundo de los pastores de Ejea encarnados alrededor de la figura de Felix Súmelos; desde la literatura popular a las sutilezas del mundo de la jota...

Un basto universo que sólo una persona muy observadora y culta, capaz de interpretar y retener el lenguaje subliminal, pudo abarcar.

V. Antonio Beltrán y el Museo etnológico de Serrablo

Durante bastantes años, el Museo de Artes Populares de Serrablo y el que firma este apartado se beneficiaron del aprecio, complicidad y apoyo de don Antonio Beltrán. Fuimos agraciados y tuvimos la satisfacción de mostrar nuestro reconocimiento de forma creativa y profunda.

Se realza este apartado porque a lo largo de estos años pudimos comprender la envergadura de su obra etnológica, la escrita, la audiovisual, la consolidada en obras, movimientos y, sobre todo, la asociada a su actitud vital.

Permítaseme que explique el cronograma del museo y cómo Antonio Beltrán aparece en él.

El museo nace en 1979 fruto del empuje vital de Julio Gavín y del amparo de los Amigos de Serrablo. Durante este periodo efectué labores de apoyo a Julio, junto a otras muchas personas. Es en 1988 cuando paso a ocuparme de dicho museo con el cargo de director, aunque me autodenominaba –en relación con el Ideario que se crearía en 1992- director voluntario.

Antes, en el año 1984, me encaminé un buen día a la Universidad de Zaragoza para ver a don Antonio. No llevaba en la cartera más avales que una ilusión desbordante y la necesidad de compaginar mi duro trabajo (maestro de pedagogía terapéutica, en aquel entonces) con una pasión que ya sentía nítida, la del mundo de la Etnología y, en particular, la riqueza cultural que encerraba el macizo de Santa Orosia y sus alrededores -curiosamente, casi un cuarto de siglo después, la misma montaña me ocupa porque un conjunto de personas y asociaciones intentamos, desde la justicia, que pase a ser considerada Paisaje Protegido.

La intención era que don Antonio fuese tutor de dicho trabajo, de lo que pretendía ser mi tesis de licenciatura. Me dirigí a él por intuición, porque conocía su voz en la radio, y porque había visto que había tutorizado dos tesis de corte etnológico, una sobre la aldea ribagorzana de Liri y otra sobre el dance de Aragón. Nada más ni nada menos, sólo por eso.

Llegué a su despacho y me llamó la atención que las columnas de libros apenas dejaban sitio para las personas y las palabras. También me sorprendió el que en aquel marco académico tan profundo, sólo encontrara desde el primer momento ánimo y confianza. “Santa Orosia, amigo Satué... Anda que no he corrido yo por esas laderas, en la guerra...”

Todo fue rápido, porque hacía años que recogía datos y porque el ímpetu y la ilusión eran evidentes.

En septiembre de 1985 defendía la tesis de licenciatura –don Antonio me dijo que casi servía para doctorado- y, a los pocos días, le presentaba el proyecto de lo que podía ser el ámbito de ésta última: un recorrido holista por la religiosidad popular y las romerías de Serrablo, desde la Tierra de Biescas a la Sierra de Guara; en definitiva una ventana abierta, sin tapujos, a lo que había sido y, en algún modo aún era, el alma humana de la montaña.

En 1988 era nombrado director del museo, en el mismo año defendía la tesis de licenciatura, el trabajo era premiado por el Ministerio de Cultura (Premio Marqués de Lozoya) y durante aquellos periodos la Universidad de Zaragoza me otorgaba premios extraordinarios de licenciatura y doctorado.

Si se comentan todas estas cosas es porque don Antonio supo poner valor a mi ilusión para que revirtiese en mi autoestima y, de modo indirecto, en la encomienda que se me había otorgado para dirigir el Museo de Serrablo.

Ni que decir tiene que tanto Las romerías de Santa Orosia (tesina) como Religiosidad popular y romerías en el Pirineo (tesis) fueron publicadas respectivamente por la Diputación General de Aragón y la provincial de Huesca, y que don Antonio efectuó sus prólogos, cargados de sabiduría y reconocimiento hacia mi persona. Para mí, en aquel contexto de vida, un lujo, una actitud que no olvidaré nunca. Del mismo modo que también creo que dichos prólogos son fundamentales que para comprender lo trabajado por él en el ámbito de la religiosidad popular.

Pocos años después, en 1992, aparecía el ideario del museo, una carta de navegación para gobernar los movimientos de un museo local que, ya por entonces, era un referente básico en Aragón. El museo pretendía utilizar la Etnología como herramienta de encuentro de culturas antes que hacerla diferenciadora, adoptaba un discurso universal desde lo local y encaminaba sus discursos y obras hacia la ambivalencia de los fenómenos de identidad, aculturación, relación del hombre con la naturaleza y solidaridad con el Tercer mundo. Aquel ideario no fue un mero enunciado, fueron obras, libros, actos, compromisos, generación de proyectos solidarios; algo de lo que siempre participó con entusiasmo don Antonio y que difundió a todos los vientos por prensa, libros o radio. Prueba de una actitud vital de evolución permanente que sólo las personas sensibles y dinámicas pueden alcanzar.

Reflejo de lo dicho es el apoyo que se obtuvo de él cuando el museo publicó lo que era encarnación del ideario, el libro Pedrón, el diablo del museo de Serrablo. Fue entonces, precisamente, cuando en uno de sus alardes de viveza intelectual y fe en las nuevas tecnologías, filmó y editó el video El museo Angel Orensanz y Artes de Serrablo.

Por lógica, en base a los esfuerzos personales, la ampliación del museo que llegaría en 1998, habría de albergar una sala de religiosidad popular y, esta, cómo no, debía de llevar el nombre de Antonio Beltrán Martínez (sólo cuatro espacios del museo están asociados a personas: la dicha, la que recuerda a Julio Gavín, la que lo hace con Rafael Andolz y la que evoca a Julio Caro Baroja. Sólo esta última fue nominada tras el fallecimiento del personaje). Don Antonio nos manifestó su profundo agradecimiento.

De cualquier modo, como el reconocimiento no nos parecía suficiente, en el año 2000 sugerimos un reconocimiento singular, creativo y acorde al ideario del museo. Fue todo un gozo y don Antonio participó en él como el primero, reflejando su dimensión humana y su juventud de espíritu.

El proyecto se titulaba Raíles y traviesas y debía acabar en un libro a integrar en la “eco-colección” del museo, la colección A lazena de yaya, para, finalmente, generar fondos a UNICEF.

Con aquel fin, un frío 4 de marzo de 2000, a las 7 horas de la mañana, un grupo de personas nos juntábamos con don Antonio en la estación ferroviaria del Portillo para coger el Canfranero.

Antes, explicado el proyecto, RENFE nos había reservado gentilmente un vagón.

Raíles y traviesasDon Antonio llegó puntual, con chaqueta, pañuelo al cuello y pertrecho de un arsenal audiovisual. El grupo obnubilado lo componíamos Carlos Iglesias, alcalde de Sabiñánigo; Esteban Sarasa, profesor de la Universidad de Zaragoza; Soledad Campo, periodista de Jaca; José Garcés, vicepresidente de Amigos de Serrablo; Javier Ara, fofógrafo; Maribel Rey, ilustradora; y el que suscribe.

1 Railes y traviesas. Homenaje a don Antonio Beltrán Martínez, Museo de Serrablo-IEA, Huesca, 2000. En dicha obra Esteban Sarasa, alumno suyo a comienzos de los setenta, dibuja a un don Antonio permanentemente curioso y vital, al que, a pesar de la edad, se le puede adjudicar el aserto goyesco “aún aprendo”, un viajero perpetuo que igual recorre pueblos de Aragón que acude a dar conferencias por medio mundo, que igual habla con mandatarios que con pastores.
A continuación, en “Diario de viaje”, un 4 de marzo de 2000, don Antonio va desgranando desde Zaragoza a Sabiñánigo sentimientos y evocaciones. Entre ellas no falta el amor hacia sus abuelos de Sariñena y Bujaraloz, su sabiduría y manera de entender la vida, reflejada en las diferencias que mantuvo sobre el huso del agua con la ministra de Medio Ambiente, en unas jornadas celebradas en Santander. Allí se ve como su abuelo de Bujaraloz hacia coincidir el sobrio paisaje monegrino con las sabinas y la forma de entender la vida.
Su colaboración en esta obra tiene, además, un gran valor porque añade un capítulo bibliográfico propio en el que confiesa la dificultad para localizar toda su obra. La clasificación la agrupa en los siguientes apartados: temas generales, cocina, canto y baile, traje y adorno, ensayo, fiestas, temas literarios, voces de la GEA y “De nuestras tierras y nuestras gentes”. Además anota una larga lista de libros, de otros autores, vinculados con la Etnografia que, para él, son un referente y que los agrupa de este modo: Mezcla de Historia, Geografía y Tradiciones, ciclos de la vida, Pirineos, La jota y el tópico, música, arquitectura, cestería, cuero, cerámica, dance, indumentaria, cocina, derecho, y lengua y literatura.

Previamente, cada uno tenía asignado un desempeño, y de la fusión de cometidos iba a nacer un bello diario en forma de libro, una vez que hiciésemos el recorrido hasta Sabiñánigo, visitásemos Lárrede, comiésemos en Sardas y, agotados, tal vez nosotros más que don Antonio, finalizásemos la jornada.

En definitiva una obra fundamental para entender la actitud vital y etnográfica de don Antonio y también para conocer su obra porque además de que la jornada dio mucho juego, él mismo, en su parte incluyó unos listados bibliográficos significativos.

Seguramente, algún día, el Museo de Artes Populares de Serrablo, del que he dejado de ser director en abril de 2007, y que ahora está en las buenas manos de mi amigo Javier Lacasta, deberá reeditar esta preciosa obrita que tanto tiene de creatividad artística, de fijación de la cosmovisión y obra de don Antonio, así como de identificación con el ideario del museo.

A patir de allí poco más que no fueran contactos esporádicos, que se reanimaron a última hora cuando le envié, ya con intenciones de dejar la dirección, pero sin nombrárselo, mi libro Aquel Pirineo –una mirada a la cordillera, desde los trabajos y vivencias tenidas durante una veintena de años en el museo.

Respuesta agradecida al envío fue una entrañable carta que parece excesivo reproducir, donde muestra la tristeza dejada por la muerte de su esposa, la merma que le producen los achaques, pero, al mismo tiempo una ejemplar actitud vital que deja a los que le admiramos como inconmensurable herencia: “Aún aprendo, como decía Goya cuando era mas joven de lo que yo soy ahora. Estos días atrás he dado conferencias sin grave quebranto y aguantaré como pueda y mientras pueda y aunque me muevo en silla de ruedas y gracias al amor de mis hijos, estaré siempre física o moralmente donde estén los amigos de Serrablo, mis amigos, con Satué y mis recuerdos que aún me mantienen vivo”.

Esto ocurría a cinco meses de su muerte, por los mismos días, en la sección “Tierras y gentes” del Heraldo de Aragón escribía un artículo con el mismo título que mi libro en gratitud al museo y a la asociación.

Dicho todo esto, nadie durará lo mucho que le debemos a don Antonio los amigos de un discreto museo etnológico del Pirineo.

VI. Conclusiones

Don Antonio fue un gran etnólogo porque sabía leer con pasión el paisaje del alma humana. Así es, con independencia de sus publicaciones e iniciativas.

Sin lugar a dudas, se le puede considerar como el padre de la Etnología aragonesa.

Dada la variedad de medios que él utilizó para recoger, difundir y analizar su labor etnológica, resulta difícil cuantificarla y referirla con precisión.

Dicha labor trascendió tanto a los ámbitos populares como a los especializados, sobrepasando el mero estudio para constituirse en motor de iniciativas culturales como jornadas, instituciones, museos, etc.

Las motivaciones que llevaron a don Antonio hacia la Etnología parecen diversas y entre ellas cabría enumerar: la visión holista que él tenía de la Prehistoria y que le llevó a campos asociados a ésta como el de la Etnología; la impronta de sus orígenes, ceñidos a la tierra y a los Monegros (la Virgen de Magallón, Sariñena, Monegros, el dance...); su afable personalidad, retroalimentada con sus contactos populares, investigadores o divulgativos; y en definitiva el gozo que sentía por una materia que utiliza estrategias no ajenas a su personalidad (la observación, la retención, el análisis, la lectura subliminal, etc...)

En base a lo dicho, los temas tratados partirán de las relaciones con su cátedra universitaria, con su personalidad y aficiones, y con sus orígenes rurales, más concretamente, monegrinos.

Para finalizar, decir que don Antonio no bebió de ninguna escuela o corriente etnológica que no fuese la de hacer culta y feliz a la gente, la del sentido común y la que evita los reduccionismos; aquella que sólo puede ejercer la gente que bien entiende la cosmovisión poliédrica de la vida.

Huesca, 8 de Octubre de 2007.