La memoria recobrada: Recuperación de núcleos deshabitados en el Alto Aragón

AinetoNo resulta fácil establecer el número de núcleos deshabitados en la Comunidad Autónoma de Aragón. No obstante, se cifra en torno a unos 600 los que perdieron sus habitantes entre mediados de los cincuenta e inicios de los setenta del siglo XX, con algunos antecedentes acaecidos desde fines del XIX, a lo que se añade el éxodo masivo que afectó a todas las poblaciones aunque no llegarán a vaciarse en su totalidad. Y no resulta fácil porque no en todos afectó de la misma manera, ni se puede aplicar la misma casuística para cada uno de los mismos: no todos se despoblaron completamente, conservando por tanto la presencia de algún último habitante durante años; otros veían aparecer temporalmente a sus antiguos moradores en fechas concretas; en otros se mantuvieron casas y se seguían cultivando los campos, aunque fuera desde otro punto de residencia; o, finalmente, algunos han sido recuperados y vueltos a la vida gracias a la presencia humana de muy diferente forma, volviendo a habitar sus muros y a trabajar su entorno, o destinados a fines educativos y medioambientales.

Más de medio millar de pueblos vacíos, o considerados vacíos, que llegaron a dicha situación por la concatenación de una serie de causas acaecidas en dichas décadas y que afectaron a todos ellos, a las diversas tierras en las que más se cebó el fantasma de la despoblación. Esas causas que se repiten por igual, fundamentalmente y con una mayor virulencia en las áreas de montaña, en las tierras castellanas de León, Soria o Guadalajara, en las catalanas de Lérida, en las zonas montanas de Andalucía, o en las aragonesas de Teruel y, principalmente, de Huesca, provincia que tiene en desgracia liderar esta triste nómina con alrededor de 400 deshabitados.

BúbalEn todos ellos, los motivos fueron similares. Partían del resquebrajamiento de la economía tradicional, y se acentuaba con toda una desastrosa serie de intervenciones y decisiones desarrolladas en dichos años: potenciación de la ciudad y de su industria –planes de desarrollo industrial- en detrimento del medio rural, desprestigiado y olvidado; inexistencia de unas mínimas infraestructuras que permitieran la continuidad de la vida, en especial carreteras –o, cuando menos, pistas forestales- para posibilitar una salida fácil y rápida en cualquier momento; supresión de una serie de servicios habidos hasta ese momento, sobre todo los relativos a la enseñanza y la sanidad; reforestaciones de amplias zonas, valles enteros incluso, para la explotación maderera y, fundamentalmente, como método para evitar la erosión del terreno que acabase colmatando rápidamente los vasos de los embalses; emigración de una parte de la población, que dejaba sin mano de obra para trabajar las propiedades de una familia; o, por citar aquellas más destacadas, la construcción de grandes obras hidráulicas causantes de la despoblación de las zonas embalsadas y de sus áreas de influencia.

Recuperación de la memoria

La suma de todo lo anterior conllevó el paulatino abandono de un elevado número de núcleos poblacionales. Y en esa situación estuvieron, en el más absoluto silencio y olvido hasta que su memoria, al menos la de unos pocos pueblos elegidos por sus especiales características o elementos conformantes, fue rescatada y vuelta a la vida gracias a distintas acciones emanadas desde lo público o desde lo privado. Así, antiguos propietarios de estos enclaves, o sus descendientes, que no habían vendido o no habían sido expropiados, han ido volviendo temporal o más definitivamente a los mismos, bien para dedicarse a las faenas del campo o bien para instalar nuevas formas de obtención de recursos relacionados, por lo general, con el turismo –véanse en este sentido las actividades vinculadas con las viviendas de turismo rural y otras formas de hospedaje, o la creación de empresas enfocadas en dar a conocer las zonas donde radican, es decir, en servir de guía a quien quiera conocerlas-. Pero también aquellos casos de personas del medio urbano que, cansadas de éste y sin una relación directa con el rural, vieron en este medio un nuevo destino, más acorde con su forma de pensar y sin el trajín de la ciudad, en el que desarrollar su vida.

ArtosillaDe este modo se fueron recuperando pueblos, se fueron salvando edificios y tierras, volvieron a contar con la presencia humana estos pueblos mejor o peor conservados como consecuencia del inexorable paso de los años. Como también se han elegido casos muy concretos para los fines requeridos por algunas administraciones y sindicatos. En el caso de las primeras, véase el proyecto ejecutado a partir de 1984 por tres ministerios –los iniciadores y en su momento denominados Educación y Ciencia; Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente; y Agricultura, Pesca y Alimentación-, recuperando tres pueblos –Búbal en Huesca, Umbralejo en Guadalajara y Granadilla en Cáceres- con el fin de destinarlos a programas educativos relacionados con el medio ambiente. En ellos, los alumnos de bachillerato, aparte de participar en su rehabilitación en los sucesivos campos de trabajo que se realizan en verano, participan en un proyecto educativo totalmente complementario a la enseñanza impartida normalmente en las aulas, con el que se pretende un acercamiento por parte de los jóvenes, que por lo general viven en la urbe, a la vida rural. De paso se les ofrece la posibilidad de entender lo necesario que es un cambio de actividades y mentalidades para, así, preservar el equilibrio del hombre con el entorno en el futuro, ese equilibrio que siempre ha existido en el medio rural.

En los segundos, con la recuperación de los pueblos sitos en el Pirineo aragonés de Ligüerre de Cinca a partir de 1986 –UGT-, Morillo de Tou desde 1985 –CCOO- y Ruesta desde 1988 –CGT- para fines turísticos, y el de Aldea de Puy de Cinca –UAGA- como explotación agro-silvo-pastoril siguiendo los modelos tradicionales. En el caso de los tres primeros, además de la recuperación de los pueblos y de la revitalización de la zona, ésta conseguida por la existencia de un foco al que concurren personas de dentro y fuera de la zona y, además, con la creación de puestos de trabajo, ha conllevado la implantación de unos centros turísticos en unos enclaves de gran belleza y notorias posibilidades. Unos puntos para conocer el entorno, gracias al establecimiento asimismo de una serie de rutas teniendo como epicentro el pueblo recuperado, en el que además encontrar todo lo necesario en lo tocante a servicios e instalaciones tanto para alojarse como para proveerse de lo imprescindible. Aún es más, son centros poblacionales vueltos a la vida que suelen contar, asimismo, con los medios y habitáculos indispensables para celebrar entre sus muros cursos, convenciones, seminarios o congresos. Todo ello a unos precios asequibles. Por su parte, el último consiste en la rehabilitación –como en los anteriores- del primitivo pueblo y su fisonomía, y por otra parte –y he aquí lo más novedoso- en la recuperación de los antiguos cultivos de la zona, en especial el olivo y la vida, y en la cría y cuidado de animales autóctonos otrora y ahora. Sin olvidar la de concretas asociaciones de todo tipo, como la de la Asociación de Scouts de Aragón y su acción recuperadora del oscense Griébal –llevada a cabo desde inicios de la década de los noventa del siglo XX y destinado para sus fines relacionados con el medio natural y las actividades que en el mismo pueden realizar los más pequeños-, o la de la Fundación Benito Ardid en Isín, pueblo ubicado asimismo en el Alto Aragón, recuperado con el fin de posibilitar entre sus muros y en plena naturaleza el tratamiento que conlleva la reinserción de los disminuidos psíquicos a los que dedica todos sus esfuerzos. O, finalmente, los ejemplos de antiguos vecinos de estos núcleos otrora expropiados para, por lo general, la construcción de grandes obras hidráulicas; éstos, o sus descendientes, aunados bajo una asociación de vecinos o antaño habitantes, han conseguido la reversión del pueblo, de sus casas, como segunda residencia –función dada en otros muchos lugares en los que nunca perdieron la posesión-, siendo los más destacables en este sentido los casos pirenaicos de Lanuza desde 1995 y Saqués desde 2002.

SaquésEn ellos se han ido estableciendo de nuevo estas personas o entidades con distintos modelos para posibilitar su supervivencia. Así, se verá desde los que están auspiciados y sustentados por organismos públicos, destinados a un fin social y cultural, hasta los rehabilitados por otras agrupaciones, los cuales han sido reconvertidos en estratégicos puntos vacacionales, obteniendo así el necesario aporte económico para el mantenimiento de las infraestructuras creadas, así como una serie de puestos de trabajo en unas zonas por lo general deprimidas, ayudando de este modo al mantenimiento de la población. Así, también se verá cómo se sigue con el sistema más o menos tradicional de vida de aquellas personas que han vuelto, con el mantenimiento y laboreo de la hacienda familiar como medio de subsistencia de ésta, aspecto apreciable en una ingente cantidad de pueblos de todo el Alto Aragón y, en general, de Aragón, desde el norte hasta el sur, y que con su regreso o nueva llegada hacen aumentar su población, o cuando menos la estabilizan evitando de este modo, y aunque un tanto ralentizado por el momento, el incrementar la lista de núcleos deshabitados; o cómo en otros puntos, en aquellos totalmente deshabitados a los que un día volvieron un grupo de personas aunadas para este fin, se ha establecido una forma de vida comunitaria, en la que el mantenimiento de las construcciones y las labores del campo se hacen por igual por todos los que conforman esa comunidad, ese “nuevo” grupo humano. Unos casos en los que, además de rehabilitar los edificios y reorganizar todas las infraestructuras, han creado –por lo general- una serie de fórmulas complementarias a las otrora tradicionales con las que ayudar a las fuentes que pueden proporcionar la agricultura y la ganadería. Esos aportes se fundamentan, principalmente, en el establecimiento de artesanías de nueva implantación o, también, tradicionales, que difundirán en mercados y tiendas especializadas. O, igualmente, con la obtención de productos alimenticios con la marca de ecológicos o naturales –miel, frutos secos, mermeladas, etc.- que asimismo contarán con esa misma distribución, además de su venta en el mismo núcleo rehabilitado, sin olvidar las labores tradicionales que pueden desarrollar o de mantenimiento de los otrora sistemas de construcción; aspecto visible en los pueblos oscenses de Artosilla, Ibort y Aineto, recuperados a partir de 1982 por la Asociación Artiborain. Finalmente, las infraestructuras por ellos creadas –edificios rehabilitados, recuperación y limpieza de caminos- sirven para instaurar casas de turismo rural en las que acoger a todos aquellos que se quieran adentrar por esos lugares a veces un tanto perdidos, como para unir varios puntos en los que apreciar distintos componentes del patrimonio natural y cultural. Unas rutas así delimitadas, que en la gran mayoría de las ocasiones son los mismos habitantes los que se encargan de poner en desarrollo, ofreciéndose como guías, con el alquiler de caballos para realizarlas o con cualquier otro método que conlleve la obtención de esos recursos necesarios para vivir en medio del entorno natural y en estos pueblos un día dejados y olvidados por la fuerza, y así recuperados para siempre. Para, en definitiva, recobrar su memoria.