Papeles de la falsa: El trillo de ruedas.

Rebuscando entre los desvencijados cestos, las viejas ollas y las raídas ropas, encontramos la factura de un trillo de ruedas, o de cilindros, como le llamaban otros, nada menos que del 4 de octubre de 1935, por un importe de 180 pesetas. ¡El apero más moderno para trillar en los lugares de la montaña!, ¡la revolución industrial en las eras de Sobrepuerto!. La contemplación del primer ejemplar debió despertar reacciones contradictorias, como siempre ocurre: cierta desconfianza en cuanto a sus resultados prácticos ("muy delicado para terrenos tan ásperos, no daremos abasto para afilar los cilindros", dirían algunos), pero otros cantarían sus virtudes, viendo en él un ahorro de tiempo en el trabajo ("con menos vueltas habrá bastante, ahora remataremos antes la faena", opinarían). De los antiguos trillos de pedreñas (sílex), que se complementaron con una fila de cuchillas fijas y más tarde con otras circulares y giratorias, al trillo de cinco filas de cortantes cilindros, no cabe duda que suponía un avance bastante tangible; los primeros machacaban la garba, que partían de tanto pasar sobre ella, pero el nuevo la cortaba realmente, dejándola mejor troceada y más apta y apropiada para ser consumida por los animales. Ambos modelos convivieron en el tiempo, se consideraban complementarios: con el de pedreñas se iniciaba la trilla y con el de cilindros se continuaba hasta el final. Este último funcionaba bien con la parva bien seca, si estaba un poco correosa (húmeda) se enredaba bloqueando los cilindros y la amontonaba, dando la razón, en parte, a los que dudaban de su utilidad. En todas las casas había uno y los fabricaba José Blanch, en su taller mecánico de Azanuy (Huesca). Se acarreaban desmontados a lomos de caballerías y hubo que modificar el suelo de las eras, hasta entonces muchas lo tenían de losa, cubriéndolo de tasca (césped), para no estropear tanto el filo de los cilindros. De esta posibilidad saldría el dicho "como o trillo por as peñas", cuando algo resulta inconveniente. Con la despoblación quedaron abandonados a su suerte en las bordas de las eras, parados a la fuerza, donde yacen, muchos de ellos, envueltos entre sus ruinas.

Y al hilo de los trillos, vamos a recordar cómo era la trilla en nuestros pueblos hace medio siglo. Cada casa tenía su era, a las afueras del lugar, en un espacio abierto a los vientos dominantes, el cierzo y el bochorno. Durante 15 días del verano, las eras se convertían en un hormiguero de gentes y de caballerías, de gritos y de arreos. Había que prepararlas adecuadamente: al principio se segaba bien la hierba y todas las mañanas, muy temprano, se pasaba el ruello de piedra, aprovechando el rocío de la noche. Así se formaba una capa compacta, para poder escobar el grano después de cada jornada de trilla. A continuación se sacaban los fajos de mies, al menos un trezenal (30 fajos), se desataban los fenzejos y se tendía a pallada (se extendía la mies) por la era. Se dejaba un rato para que se calentase y orease bien con el sol, aprovechando los hombres para ichar un gotet (tomar un tentempié).

Seguidamente se aparejaba el par de caballerías con sendas colleras y tirantes y se comenzaba a trillar con el trillo de pedreñas, dando vueltas y más vueltas, pasando por todas las partes, para machacar bien la paja e ir desgranando las espigas. De cuando en cuando se daba una contornadura (vuelta a la parva) con las horcas, con el fin de ahuecarla, y en cuanto la paja estaba bien seca y crujidera, se enganchaba el trillo de ruedas. A media mañana se paraba a descansar un momento: las personas se tomaban o lasdiez (aperitivo y trago de vino), la bota o el porrón de vino y el botijo de agua fresca no podían faltar en una buena sombra de la era; y a las caballerías se les daba un pienso en la pesebrera, incluso se les llevaba a beber a la fuente.

- Amos, que ya va bueno, Beturián, decía un vecino que pasaba por allí. - Entabía está una miqueta correosa, á biyer si calienta más o sol... - Me paize qu’están todas as palladas igual,¡con iste zillo que i hai!...

Un rato uno, otro rato otro, las personas (amos, mozos y alguna mujer) se iban alternando para no cansarse y marearse de tantas vueltas encima del trillo; para los niños y chavales montar en él era un juego, una experiencia inolvidable; de cuatro a cinco horas duraba el proceso de trilla, dependiendo del estado de la garba. Acto seguido se recogía la parva, amontonándola en un lado de la era, con la plegadera o retabillo acoplado a una caballería, y se barría bien toda la superficie con las escobas de triamol (álamo temblón), sin dejar un solo grano. Las gentes estaban expectantes, aguardando a que moviese l’aire (hiciese viento), allá en la tardada, para aventar con las horcas, poniendo una palanca en el suelo, a modo de separación entre la paja y el grano, haciéndolo con habilidad, levantando la horca en la medida justa, en función de la intensidad de viento.

-Rediez, Bertolo, no bantes tanto a forca, que brinca o trigo enta palla...

Cada grano de trigo se apreciaba como si fuese una pepita de oro, de él dependía la supervivencia, el pan de cada día. Una vez separado el trigo, se aventaba de nuevo con una pala para despojarlo de los restos de paja, y las mujeres lo porgaban (cribaban) con zandras, arales y porgaderos, dejándolo completamente limpio, acarreándolo a talegas hasta los truexos (trojes) de la casa. La paja se llevaba a trusas (fardos) hasta el pajar. Mientras tanto otra persona iba con las caballerías hasta los campos para traer la mies que se había de trillar al día siguiente.

No faltaba ocupación para nadie, entonces sí que había pleno empleo, las tareas se multiplicaban, sólo la dueña permanecía en la casa, a cargo de la cocina y de los animales domésticos, los demás estaban fuera de la mañana a la noche. Las comidas se hacían en la propia era, sin parar de trillar y vigilando la marcha del tiempo, ya que si se ‘formaba’ alguna tormenta, había que recoger la parva con rapidez, para evitar que se mojase, pues en ese estado era muy dificultoso, casi imposible trillarla. A veces se daban días de calma, que no soplaba el viento en ninguna dirección, debiendo permanecer vigilantes en la era, incluso de noche, como en el caso de Otal, para aventar con el viento que bajaba del puerto.

En los días de trilla había mucha animación en los pueblos, sobre todo por la zona donde se concentraban las eras, eran días de alegría, porque después de pasar un año a merced de las inclemencias del tiempo, de los riesgos de una mala pedregada (granizada), la cosecha había llegado a su término, habia dado sus frutos, los trojes se llenarían de trigo y "Pedrón no dondiaría por casa", como ocurría en los años que se malograba y el hambre planeaba sobre las familias.