Serrablo, siglo XXI

Imagen de Marcuello Servós, Chaime

Mirando al pasado: memoria.

Durante las tres últimas décadas Amigos de Serrablo, nuestra asociación, ha sido “catalizador” de un conglomerado de voluntades sobre el cual nuestra comarca ha construido su actual identidad. Pasamos, de no existir, a tener nombre propio. De tener un patrimonio en ruinas, a recuperar su riqueza... piedra a piedra, voz a voz. De desangrarnos sin consciencia, a fortalecer un tejido social dinamizador de actividades de relevancia internacional.

Portada del primer número de la revista Serrablo. Septiembre 1971Todos sabemos que esto ha sido el resultado del esfuerzo de unas personas singulares, a las que el resto de asociados hemos dado, en la medida de nuestras posibilidades —y de nuestras ganas—, distintos apoyos a lo largo de los años. Sin el espíritu y la “empenta” de Julio Gavín o la constancia de Javier Arnal, por señalar dos que ya no están, nada de lo que somos hubiera sido así.

Si miramos hacia atrás, podemos recordar cómo estaban las cosas allá por los años 70. Además de ser el final del régimen franquista, también asistíamos a los primeros pasos de la sociedad de consumo y el final de las formas “tradicionales” de vida en estas tierras. Las pautas de socialización y sociabilidad comenzaban a girar en torno a ritmos que rompían con tradiciones ancestrales que habían perdurado en las sociedades cerradas de estas montañas. Los efectos de la industrialización y de sus tecnologías produjeron modificaciones impensables en las estructuras sociales y familiares.

Los ecos de la guerra (in)civil estaban muy frescos en las gentes de esta tierra. El miedo y la violencia estructural modelaban las formas de acción social. Los horizontes posibles estaban constreñidos por límites claramente acotados. Y en todo ello, la memoria entonces disponible se cimentaba en relatos marcados por olvidos sistemáticos donde Serrablo, ni existía. Pero algo fundamental sucedió. El empuje intelectual de Don Antonio Durán Gudiol se tradujo de forma operativa por Amigos de Serrablo. En aquellas primeras reflexiones sobre la Historia de este territorio se tornó el olvido en necesidad, las piedras “espaldadas” en historia merecedora de futuro. Las casas abandonadas y sus “trastes” enronados, en objetos con un destino: construir el recuerdo de una sociedad que nunca más volverá... reinterpretado como presente con vocación de permanencia para el futuro.

Así la combinación práctica de memoria, historia y olvido, —haciendo un guiño a Paul Ricoeur— fraguan en las paredes de San Juan de Busa, de Ordovés, de Lárrede... y de todas nuestras joyas arquitectónicas. Esas iglesias que iban camino de nada y, al menos por unas décadas, han recuperado su alzado resurgiendo, muchas de ellas de la ruina. Pero no sólo, nuestra memoria hoy dispone de unas estructuras elementales de carácter simbólico y de unos objetos rescatados de “falsas” y casas abandonadas. También tenemos disponibles, al alcance de nuestra palabra, una buena parte del legado de la sucesión de generaciones con la que nuestra memoria histórica y nuestra memoria colectiva han trenzado la trama de universos simbólicos donde sustentamos nuestro presente. Somos parte de una cadena que combina los elementos que depositaron antes que nosotros nuestros predecesores, algunos de ellos, fueron parte de nuestra contemporaneidad y podemos intuir —o quizá mejor dicho, desear— por dónde irán nuestros sucesores.

Los retos del presente: voluntad.

Portada del número 50 de la revista Serrablo, recreando el primer número. Diciembre 1983En cualquier caso Amigos de Serrablo, —lo que somos quienes nos identificamos con esta asociación—, es el resultado de una acción consciente que se ha de conjugar en presente de indicativo. Porque, como cualquiera sabe, ningún proceso social se puede dar por consolidado... eternamente.

Incluso los edificios más solemnes e imponentes requieren de la actualización del sentido que los creo, para ser recreados en forma de elemento socialmente disponible. Estamos siempre sometidos a ese flujo de innovación y sedimentación que nos articula como sujetos de la acción.

Nuestra Asociación podemos decir que “ha sido” y lo podemos ofrecer a quien quiera leer nuestra “historia” particular, como las páginas de esta revista. Para eso hemos de apelar al llamado paradigma del texto donde el papel del lector no está de suyo clausurado. Al contrario, es siempre un ejercicio de voluntad de interpretación. Si bien no somos radicalmente autores de los que nos pasa, vivimos siendo narradores más o menos conscientes de lo que decimos. Y allí es donde nos jugamos nuestro ser en sociedad, que también se puede expresar como nuestro ser en la “polis”, nuestra dimensión política de la acción. Todo ejercicio de la voluntad tiene efectos socialmente concatenados. Y porque ha sido y es puede seguir siendo...

Amigos de Serrablo, como cualquiera de nosotros, se la juega cada día en un tiempo que es presente, donde el tiempo se nos va. Y precisamente porque se nos va, somos. Ahí se hace necesario concretar con hechos las palabras. Somos porque unas cuantas voluntades pasan a la acción. Porque Antonio y Jesús siguen ahí llevando los detalles. Porque otros pocos mantienen el aliento de la asociación. Somos porque alguien le da al botón y pone en marcha los engranajes que permiten llevar, desde este teclado, unas palabras a tus manos, que sostienen este papel, para que puedas leer y recrear en tu imaginación lo que este socio quiere decir. Dicho llanamente, sin la tarea callada de Noemí maquetando estas líneas no habría imprenta que pudiera plasmar estas palabras.

La voluntad de hacer y de trazar rumbos delimita el espacio a priori de las posibilidades. Es decir, no es antes la “realidad” fáctica de las cosas, como así solemos entender el mundo. La supuesta primacía óntica de los estados de cosas, —donde nos jugamos nuestra vida cotidiana y nuestra salud mental—, no es como parece. No se trata de someterse a la facticidad, a los “hechos”, como quien mira el mundo y lo ve ahí. Más bien ésta debe ser sustituida por “el antes de ver el mundo”. Esto es, para ver, hemos de abrir los ojos.

Portada del número 100 de la revista Serrablo donde se celebró el 25 aniversario. Junio 1996Antes de tener una experiencia hemos de desplegar nuestra voluntad de querer. Porque sin esa voluntad y sin pasar las cosas no hay presente. Esto apunta a una paradoja, que no tiene fácil solución en el terreno de las teorías del conocimiento, pero que en el plano de la vida asociativa es mucho más fácil de entender. Es decir, lo primero que se necesita es alguien que decide hacer algo. Por ejemplo, el castillo de Larrés, lleno de dibujos, fue soñado antes de ser lo que es. Julio Gavín veía más allá de las piedras que estaban en el suelo. Soñaba aquel espacio como el mejor museo español en su especialidad... antes de conseguirlo. Las paredes espaldadas y los arcos supervivientes tenían un presente sin otro futuro que la ruina y el olvido.

No se trata de discutir si primero está el mundo y luego llegamos a él. A los niños les gusta preguntar qué pasaba en casa antes de llegar ellos. A nosotros mismos seguro que en alguna ocasión la curiosidad nos ha provocado preguntas sobre el “antes de nosotros”. Sin embargo, si abrimos los ojos descubrimos que ese “antes” ya no está. Sólo es accesible mediante terceros o por intermedio de los recuerdos que sólo son eso, recuerdos. Por tanto, llegados a ese momento de abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor... conviene salir del “melico” y fijar la vista en la conjugación del verbo querer. Aunque suene a estereotipo y reiteración casi sin sustancia, —como la retórica vacía del presidente de gobierno—, querer es poder. El presente está siempre en manos de la voluntad de poder y de la capacidad de ofrecer interpretaciones de “mi” mundo, como imagen de “nuestro” mundo donde nos movilizamos buscando sentidos. Entonces, curiosamente, algo mayor que las partes, la totalidad del sistema social, emerge en forma de trama de significados donde lo que ya está instituido tiene que negociar su permanencia con lo que está en fase instituyente. Nuestras pulsiones individuales surfean en los espacios simbólicos socialmente disponibles. Entonces, Serrablo, es algo mayor que la suma de todos nosotros. Es un todo que arrastra una red de recuerdos, de palabras, de escenarios donde hemos de seguir representando nuestras opciones. El espacio social se abre para quienes estén dispuestos a seguir lidiando con los flujos del innovar y del sedimentar. En tiempo presente. La voluntad de los sujetos —la tuya, que lees, la mía también— tiene el primer lugar.

Imaginar el futuro: esperanza.

¿El primer lugar? ¿Para qué? ¿Qué significa? Al presente siempre le reclama un lugar lo que está por venir, pero ambos están en manos del modo con el que cada quien lee las páginas de su día a día. Los hechos nunca están solos, andando por el mundo al margen de quienes han de contarlos. Sabemos que el mundo está repleto de botellas medio vacías o medio llenas, según los ojos de quienes miramos. Es cierto que nos pasan los días, nos pasan las cosas y en más de una ocasión nos sentimos inmersos en las fauces de eso que algunos llaman destino. Más allá de esas disquisiciones, la voluntad de acción —que antes reclamábamos para ejercer el presente— necesita del horizonte que dibuja la esperanza.

Las formas de la esperanza son muchas. Tiene tantos rostros como personas con afán de imaginar y capacidad para traducir los retos del presente en deseos para mañana. La esperanza es personal y colectiva. Es decir, las formas particulares de pensar el futuro, de soñar con lo mejor, están circunscritas por los universos simbólicos de nuestro sistema social. La esperanza, entonces, está ligada a las conquistas de la voluntad, pero también a eso “in”-esperado que se nos escapa de nuestras propias vidas. Como hemos dicho antes, no somos radicalmente autores... En esa dimensión que “se nos escapa” —a poco que se hayan vivido los límites del vivir se entenderá— queda una puerta abierta al misterio que toda vida y cualquier esperanza contiene.

Si la memoria y la voluntad nos permiten hacernos cargo del mundo para trazar rumbos y conseguir lo que queremos que pase, necesitamos llevar la imaginación de manos de la esperanza para encargarnos concienzudamente de lo que queremos ser. O dicho de forma directa, somos responsables de nuestros sueños. No de los sueños del dormir, si no de los del vivir activamente. Y esto también se puede aplicar a las organizaciones, a las entidades que aglutinan a personas en pos de un fin común.

En nuestra cadena de generaciones, Amigos de Serrablo, como otras asociaciones puede conformarse con mirar al pasado y quedarse instalada en la complacencia o en la melancolía. Cabe aquello del ¡qué bien que lo hicimos!... o lo de ya no volverán tiempos como esos. Sin embargo, merece la pena alentar el impulso colectivo para seguir imaginando el futuro. Eso depende de la suma de esfuerzos y de la capacidad de convocar a nuestros coetáneos a ser sucesores de los que nos precedieron. La memoria cumple la función social de olvidar y de fraguar lo que se quiere rescatar. La esperanza juega el papel de motor de la voluntad.

Contrapunto.

Todo lo dicho hasta este punto se puede resumir de forma simple. Amigos de Serrablo, nuestra asociación ha sido capaz de construir una trayectoria que para sí querrían muchas organizaciones sociales. Hemos hecho y seguimos haciendo. Podríamos quedarnos ahí. Resistir y mantener lo conseguido. Pero quizá el reto que tenemos delante es pensar cómo sumar más manos a la tarea. Como impulsar el relevo generacional y cómo mejorar nuestras propias dinámicas internas para dinamizar- ”nos” y transcender-”nos”. Porque si miramos cara a cara al siglo XXI seguro que nos gana de uno en uno, nos derrotará. Aunque podemos vencer al tiempo de forma colectiva... tenemos que pensar en los que nos pueden suceder, para que hagan cada vez más grande y mejor nuestro legado.