El blanco de las fachadas en la arquitectura popular

Ansó Es muy importante e ilustrativo el gran trabajo fotográfico de principios del siglo XX sobre pueblos, gentes y paisaje altoaragonés que nos legaron personas como el francés Lucien Briet (París, 1860-1921) o el farmacéutico de Huesca Ricardo Compairé (Villanúa, 1883-1965); documentos gráficos de referencia que son testimonio y prueba fehaciente de un patrimonio cultural en su estado último más auténtico. Digo estado último porque, ciñéndonos a la arquitectura popular, no se puede hablar en puridad de original o primigenio pues, como es natural, evolucionó en sus modelos, formas y detalles en función de los avatares de la historia, períodos económicos más o menos boyantes, necesidades de la casa1, del llamado arte oficial o, como en el "Valle de Tena", además, de influencias francesas allá por el siglo XVIII.

Y así ha llegado hasta nuestros días, la que ha llegado, antes de que se abandonaran muchos pueblos hacia los años 50-60 (especialmente en Serrablo y Sobrarbe), con la consecuente ruina patrimonial, o sucumbieran el resto al influjo de las modas urbanas, tanto en los pueblos habitados como en los deshabitados donde se ha producido en varios de estos últimos el circunstancial "retorno" debido a las diversas causas socio-económicas ya conocidas. Pero siempre se había construido con los mismos materiales elementales que la naturaleza del entorno proporcionaba, aplicando técnicas, sistemas constructivos y conocimientos heredados de sus antecesores, en perfecta adaptación al medio y con soluciones lógicas de forma que todo lo construido fuera imprescindible, útil, funcional y para siempre. Y no nos tenemos que remontar tanto tiempo para ver muchas construcciones que todavía permanecen en pie, aunque maltrechas, y otras ya desaparecidas, gracias a fotógrafos y estudiosos de ahora que nos aportan una magnífica documentación disponible en la mayoría de librerías aragonesas2.

Botaya En ese estado de autenticidad más cercano en el tiempo se aprecia con claridad cómo era la gran parte de las fachadas de las casas: blancas. Color debido al revestimiento de mortero de cal, en algunos casos matizado por la diferente composición de la piedra caliza o por la mezcla con tierras de la era en donde se machacaba la piedra, previamente cocida en los hornos de cal, o por el tipo de arena utilizado para elaborar el mortero y, en general a lo largo del tiempo, con un tono ligeramente tostado por efecto del sol y la intemperie. O simplemente eran revocos que después se pintaban con cal, lo cual, por razones higiénicas y de ornato, era práctica habitual. Según el distinto clima por su situación geográfica entre territorios como, por ejemplo, en el trayecto Hoya de Huesca-Serrablo-Valle de Tena, o las singularidades tipológicas de cada valle o comarca, se diferenciaban las cubiertas que debían adoptar pendientes más o menos pronunciadas; variedad de materiales como la teja árabe, losa arenisca, pizarra; vanos más o menos grandes y muros de tapial, ladrillo, adobe o piedra. Pero el material de las fachadas no ofrecía variación alguna dado que había que utilizar el único que se podía obtener en el territorio cercano: la cal; con un fin estético, para embellecer la casa y con un fin práctico, para protegerla de los agentes atmosféricos.

La bibliografía sobre arquitectura popular en España es abundante, así como el interés que muestran algunos colectivos y profesionales acerca del tratamiento que debe recibir cuando se interviene sobre sus elementos. Son criterios conservadores, o sea, respetuosos con la tipología: modelo, formas, materiales y texturas, compatibilizando en lo posible lo tradicional con los nuevos usos, sin renunciar a las actuales tecnologías para, en el caso de vivienda, dotarla de las necesarias condiciones de seguridad, habitabilidad y confort. Por tanto, es normal pensar que dichas intervenciones, producto de una realidad social ineludible, indican que cualquier edificio por emblemático que sea, si se quiere que perviva, se debe admitir su adaptación a los tiempos y necesidades. Pero ello requiere información, método y control adecuados cuya falta hace que esa compatibilidad no se logre, proliferando los intentos miméticos que acaban en remedos grotescos (especialmente hirientes en chimeneas) y desvirtúan la esencia tipológica del inmueble y su entorno, dando lugar a construcciones impropias de una arquitectura tradicional popular entendida como tal.

El Puente de Sabiñánigo Cuando se tiene que restaurar una antigua fachada encalada, lo más habitual es que se encuentre en malas condiciones, en cuyo caso la buena práctica constructiva y el cabal criterio restaurador aconsejan eliminar el revoco para ejecutar otro nuevo de similares características. Pero al quedar la piedra del muro al descubierto surge la irrefrenable tentación (si no era ya premeditado) de dejarla a la vista para proceder a su rejuntado. Esto es lo que, llevado por la costumbre, va cambiando el ambiente tradicional de los pueblos, como si la visión de la piedra dignificara más al conjunto y adquiriese mayor valor o prestigio por la aparente nobleza y calidad que la piedra le pueda conferir. Y tal vez lo adquiera en algún caso cuando la calidad de la piedra lo admite, el rejuntado se ha hecho con pulcritud y el resultado final responde a un gusto ampliamente aceptado. Pero, aunque admitamos que la nueva fachada pueda tener mayor calidad estética que la original (cuestión siempre subjetiva y, por tanto, opinable), en realidad lo que se consigue es que desaparezcan los elementos identitarios de la arquitectura popular y, por tanto, ella misma. A ello colaboran, sin duda, las normas urbanísticas de algunos municipios, en especial los de mayor desarrollo urbanístico y afluencia turística que, olvidando la tradición, han descubierto las mágicas virtudes de la piedra (cual si se tratara de la piedra filosofal) como solución definitiva a la nueva estética del lugar y se exige como material exclusivo de fachadas en los propios cascos históricos.

Esta conocida práctica de eliminar los antiguos morteros de cal para descubrir la piedra, que ya se ha popularizado con la expresión de sacar la piedra3, es un invento de hace algo más de treinta años devenido en pandemia nacional, digno de ser catalogado como hecho sociológico que no obedece, que se sepa, a ninguna necesidad vital, funcional o utilitaria sino, simplemente, a un dejarse llevar por la moda y al desprecio o desconocimiento de la cultura popular, facilitado por la ausencia de control y/o de criterio de la Administración a quien se le supone protectora de la cultura; prueba de ello es la cantidad de edificios públicos que tampoco se han librado de esta moda lo que, implícitamente, da refrendo oficial a la misma. De este modo se desnudan edificios emblemáticos por fuera y por dentro, con la avidez de quien va a descubrir un tesoro, contagiándose la población rural que ya lo adopta como propio porque es lo que se lleva y agrada al visitante o posible comprador del que, probablemente, pueda depender o mejorar su economía. Esta falta de consideración con el aspecto tradicional de la casa contrasta con la actitud del propietario cuando explica con fruición la procedencia o utilidad de algún antiguo objeto, un hogar, un suelo artístico de canto rodado o una carpintería, conservados con particular esmero.

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La excelente bibliografía a la que me he referido con anterioridad, y en concreto la relacionada con nuestro entorno altoaragonés, suele describir con gran rigor y detalle, entre otros, aspectos constructivos relacionados con las cubiertas, portaladas, chimeneas, carpinterías, hogares, utensilios, fuentes, bordas, etc., pero suelen ser escasas las alusiones al material de las fachadas; se cita de pasada tal vez porque es un material tan obvio que no admite variante significativa alguna, salvo la decorativa y, por tanto, con razón, poco que decir del mismo. De ello se infiere que, por su deteriorado estado y aspecto poco fotogénico que no invita a su contemplación, se tienda por sistema a la eliminación del revestimiento, quizás por ser más práctico o cómodo, ya que la piedra vista no va requerir mantenimiento futuro. Pero se olvida su vital protagonismo cuando, objetivamente, la fachada es la imagen visual más manifiesta e impactante de todo edificio y, culturalmente (y esto es lo que importa), la que define, con el resto de elementos, el tipo constructivo que, a su vez, junto a los edificios vecinos y la morfología del conjunto rural, conforma el ambiente tradicional del núcleo.

Conviene recordar, y así nos lo cuentan los antiguos, que constituía motivo de orgullo y de casa hacendosa tener las fachadas encaladas, quedando sin revestir la mayoría de las obras auxiliares como cuadras, pajares, pozos, bordas o, excepcionalmente, la vivienda de alguna familia más humilde y con menos posibles. Así eran las casas de fachadas blancas, color del que ahora se huye como gato escaldado. Todavía quedan sin pelar recoletos entornos blancos y elementos aislados en algún pueblo junto a las remozadas casas de piedra a la espera de que, si no hay nada que lo impida, todo se uniforme en ambientes grises con fachadas despojadas de su epidermis protectora, mostrando piedras que nunca vieron la luz (alguna puro zaborro), engalanadas con geranios y buganvillas pendiendo de ventanas y balcones para velar, con natural impudicia, las vergüenzas de su desnudez y, así, dar vida floral y lustre decorativo al moderno tipismo rural.

Se habla de edificios emblemáticos, pero no se trata tanto de rescatar o proteger una vieja construcción doméstica, vulgar materia al fin, como de salvaguardar el significado histórico que dicha materia transmite, es decir, su emblema que no es otra cosa que la expresión de unos valores huma nos esenciales que nos permiten conocer la forma de vivir de nuestros antepasados, en una sociedad donde la necesidad aguzaba el ingenio y éste suplía la falta de tecnología, lo cual nos debiera merecer admiración, respeto y mover a su conservación lo más fiel posible a la historia, adaptada a las necesidades actuales pero sin inventos degradantes.

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La creatividad de esta arquitectura estaba vinculada a las necesidades vitales de la población rural, de tal forma que el modelo constructivo respondía a un modelo o régimen económico autárquico y, por tanto, en permanente estado de supervivencia, agravado por la hostilidad del medio. Afortunadamente, la sociedad actual ha superado las penurias de antaño y en muchos casos el uso actual de las casas tradicionales, una vez rehabilitadas, suele ser hasta de segunda residencia, por lo que resulta paradójica la inversión de valores: lo que antes era signo de pobreza o de escasez ahora es de alarde y prestigio. Es evidente que el entorno social actual está desvirtuando el entorno físico tradicional por las lógicas influencias urbanas y el paralelo desarrollo económico, de tal modo que la memoria colectiva se desvanece con la gradual desaparición del antiguo escenario rural, excepción hecha del llamado patrimonio inmaterial4, es decir, expresiones culturales que deben salvaguardarse para su transmisión generacional o continuidad histórica, como el folclore, ritos, costumbres y demás evocaciones a la tradición y a la diversidad cultural, lo cual es material sensible más acorde con el sentir popular, las nuevas sensibilidades sociales y la demanda turística.

Estos asuntos se suelen tratar en foros diversos donde las opiniones y conclusiones son unánimes en parecido sentido al que aquí se expone, pero no trascienden a la sociedad, dado que no hay interés institucional al respecto, salvo el interés en utilizar la arquitectura popular como señuelo publicitario con el que traga el desinformado turista y así se trivializa pretendiendo hacer del turismo cultura, con la atractiva oferta del llamado turismo cultural: mezcla edulcorada de cultura, ocio y patrimonio cuyo velado fin es el económico, por otro lado muy respetable porque se crea riqueza y asentamiento de población, lo cual es bueno. Pero el turista que previamente no se informe en estas materias para poder discernir o interpretar con criterio lo visitado, no se irá más instruido sino que volverá a su casa tal vez satisfecho pero engañado.

Alero de Cortillas A tenor de lo expuesto, la evolución de la arquitectura popular sigue su curso histórico pero ahora, lógicamente, ya no se puede hablar de una arquitectura nacida de la necesidad y del ingenio sino tan solo de una manera de restaurar, decorativa y oportunista, nacida del consumo y del desafecto, que la indiferencia de una sociedad desinformada y la apatía de una Administración inoperante lo toleraron o por mejor decir: pasaron olímpicamente del tema. Dejemos claro, por tanto, en aras del rigor histórico, que la auténtica casa tradicional popular del Pirineo aragonés no es la de la piedra vista, tal como se está reproduciendo ahora en restauraciones y obra nueva, sino la de las fachadas encaladas que se muestran en las fotos5 que ilustran estas páginas y las publicaciones citadas al principio, pues los modelos vivos (más bien medio muertos) ya casi solo los vamos a encontrar en los pueblos abandonados donde no ha metido la zarpa el hombre, hasta que la ruina acabe con ellos transformados en tristes pilas de enruena, como ya se encuentran muchos de ellos. En consecuencia, esta arquitectura languidece por causas, vamos a llamarlas, "naturales" y la que ahora se reforma, renueva o crea, posiblemente dentro de una centuria la califiquen de tradicional, solo por el meritorio e inevitable hecho de que pueda haber envejecido durante cien años pero, al paso que vamos, ya no quedará en ella vestigio alguno para que se pueda evocar con propiedad la palabra popular, o sea, del pueblo, como históricamente se venía entendiendo.

Cortillas En resumen, quizás esta situación pueda ser consecuencia de una lógica evolución del devenir humano que las modernas ciencias sociales lo puedan explicar y hasta justificar, por lo que resulte infructuoso luchar contra corriente y se tenga que asumir el tópico funerario de: "es ley de vida". En este particular estado de opinión, ya apuntado en boletines anteriores6, reconozco ser tozudamente crítico y reiterativo sobre temas que se exponen seguramente con más pasión que templanza y atemperados según se levante uno, pero siempre con el ánimo de que estas opiniones tengan algún reflejo cómplice en gentes o instituciones, por si se estuviera a tiempo de hacer algo.

Y con este último pensamiento, para no rendirnos ante el tono algo escéptico y derrotista que destila este artículo, haré mención a un dato informativo esperanzador o tal vez solo se trate de un brindis al sol (no por su loable intención y recto criterio sino por que consiga su propósito); me refiero a la normativa urbanística que se contempla en las Ordenanzas del Plan General de Ordenación Urbana del Municipio de Sabiñánigo, cuyo artículo 180.2.d), relacionado con los núcleos rurales, reza textualmente así: "Las fachadas que originalmente estaban revestidas de los antiguos morteros de cal deberán rehabilitase con similar revestimiento". Dicho de otro modo: en los núcleos rurales del municipio de Sabiñánigo (¡Serrablo.....está salvado?) está prohibido sacar la piedra, en el sentido literal de la expresión.

Ipies

NOTAS:

  1. Se entenderá la diferencia del vocablo "casa" cuando se cita como casa=construcción y casa=institución familiar tradicional.
  2. P.ej.: Fernando Biarge y Ana Biarge (Casa por casa. Detalles de arquitectura rural pirenaica).
  3. En Venezuela "sacar la piedra" significa: irritar, enojar, sacar de quicio; en el Caribe: climax femenino.
  4. La UNESCO declaró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad de España, en 2008: El Misterio de Elche, El Silbo Gomero y La Patum de Berga; en 2009: El Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia y el Tribunal de las Aguas de la Huerta de Valencia; en 2010: El Flamenco, Los Castells y El Canto de la Sibila.
  5. Las fotos de aficionado son del autor de este artículo.
  6. Serrablo nº 101-Septiembre-1996. Serrablo nº 143-Marzo-2007.