Arrieros en Serrablo: Antonio Bellosta, de Casa Banastón de Naval (I).

1. 29 de abril de 2011: fin de una época

"El Señor D. Antonio Bellosta Pardina, viudo de Dña. María Lanau Palacio falleció en Naval el día 29 de abril de 2011, a los 97 años de edad, habiendo recibido los S.S, y la B.A.". Aparentemente, una esquela cualquiera pero nada más lejos de la realidad. El 29 de abril de 2011 es una fecha histórica para el Alto Aragón a pesar de que no la recogerán los libros de Historia. Ese día fallecía el último arriero de Naval, villa arriera por excelencia del Alto Argón. Punto y final a siglos y siglos de hombres surcando los caminos con sus caballerías, complementando economías que, de otra manera, difícilmente hubieran sido viables.

2. De casta le viene al galgo

Don Antonio Jesús Bellosta Pardina nació el 18 de enero de 1914. Era hijo de Antonio Bellosta Murillo y de Luisa Pardina Portella, ambos naturales y vecinos de Naval. Bien podría no haberse llamado Antonio si su hermano mayor (Antonio Lorenzo Bellosta Pardina; 9 de agosto de 1908- 4 de marzo de 1909) no hubiera fallecido, un hecho frecuente en una época en la que la tasa de mortalidad infantil era muy elevada.

La familia tenía una larga tradición de arrieros a sus espaldas, como su bisabuelo, Manuel Murillo (natural de Samitier) o su abuelo, otro Antonio Bellosta en la lista (natural de Coscojuela de Sobrabre). Ambos antepasados fueron a casarse a Naval debido a los lazos que se establecían entre arrieros de diversas localidades. Y, ¡cómo no!, su padre: el célebre arriero Mamón. Su apodo, por el que era conocido en gran parte del Pirineo oscense, no tenía nada de peyorativo. Los mamones o mamadores eran niños, con una succión vigorosa, que aliviaban las ingurgitaciones o retenciones de leche en mujeres lactantes que, o bien habían perdido a su hijo, o bien sufrían mastitis. Por muy extraño que nos pueda parecer hoy en día, los mamadores siguen presentes en el recuerdo de las personas más mayores. Incluso existían mamones adultos de ambos sexos que, en algunos casos, tenían que recibir la conformidad de sus párrocos para ejercer esta actividad y que, como es lógico, estaban obligados a desempeñar su trabajo con cierta clandestinidad. Todavía en los años treinta recorrían los pueblos anunciándose con un rotundo "se chupan pechos". No obstante, su actuación tenía un carácter subsidiario y únicamente se acudía a ellos cuando no se contaba con personas de la familia o niños del vecindario que pudieran llevar a cabo la tarea. Parece ser que Antonio "padre" era el niño del vecindario de Naval que más destacaba por su habilidad para resolver ese tipo problemas.

Partida de nacimiento de Antonio Bellosta

A Antonio "hijo" se le conocía por el nombre de su casa: "Banastón". Así fue como la casa fue rebautizada cuando su bisabuela Antonia Lamuga vino a casarse procedente de Casa Santa Tecla de Banastón. Los hijos mayores de los arrieros acompañaban ya a sus padres antes de cumplir los diez años, para que fueran aprendiendo el oficio y conociendo a su futura clientela. Vamos, lo que hoy conocemos pomposamente como fidelización. Por lo tanto, con muchos viajes ya a su espalda, se casó con María Lanau Palacio, con la que tuvo dos hijos y una hija.

3. Y el tiempo se detuvo...

Antonio no se acordaba (no quería acordarse) del día exacto, allá por los años 50, emprendió su último viaje hacia "La Montaña", con sus caballerías cargadas de diversas mercancías. Pero, desde entonces, el tiempo se detuvo en el Pirineo y, especialmente, en el posteriormente deshabitado Sobrepuerto. Y allí, en un lugar particularmente querido de su prodigiosa memoria, permaneció intacto hasta el final: el humo salía, como todos los días, por las chamineras de las casas, los campos estaban cultivados, de las fuentes manaba agua, todas las paredes seguían en pie, las personas se afanaban en sus tareas y, a cada paso, se encontraba con conocidos por los caminos. Para él, la vida en Sobrepuerto siempre siguió siendo la misma que tan bien conoció, y disfrutó, a fuerza de recorrer cíclicamente sus pueblos durante las cuatro estaciones de muchos años. No llegó a ver ninguno deshabitado, pero sí fue testigo del inicio de la diáspora final.

De hecho, la emigración, que le iba arrebatando rápidamente a sus clientes, fue una de las causas que le obligaron a abandonar su oficio de siempre. También la irresistible irrupción de neveras y nuevos materiales para el procesado y conservación de alimentos. La construcción o mejora de las vías de comunicación y, por ende, la generalización de nuevos sistemas de distribución de mercancías, como furgonetas y camiones, con los que era imposible competir, hizo el resto. En otras palabras, lo que hemos dado en llamar "el progreso". Por eso, y a su pesar, a la vuelta de uno de sus viajes decidió solicitar trabajo en las obras del embalse del Grado. El fin de los arrieros, antiguo cordón umbilical Montaña-Somontano, unido a la frenética construcción de embalses: toda una siniestra premonición para tantos pueblos del Pirineo aragonés. Ya camino del siglo, Antonio nos describía, con todo lujo de detalles, caminos, campos, casas, rostros, voces...

4. Una vida de ida y vuelta

De vuelta a Fiscal, seguía con su carro y se dirigía por Sarvisé (desde donde hacía incursiones al valle de Vió) y Broto hasta Linás, localidad que hasta 1935 constituyó un fondo de saco para Antonio. Hasta entonces, el paso por el puerto de Cotefablo, cabecera de dos grandes barrancos (el del Sía, afluente del río Gállego, y el de Sorrosal, afluente del Ara), únicamente se podía realizar por un camino de herradura no apto para carros. En consecuencia, para llegar a Biescas y Yésero tenía que ir desde Boltaña a Sabiñánigo, atravesando la Guarguera, vendiendo en todos los pueblos por los que pasaba, desde el Mesón de Fuebla y el de Barranco Fondo al Hostal de Ipiés, pasando por Laguarta o Secorún. El calado del túnel de Cotefablo (altitud: 1.423 m¸ longitud: 683 m) en el citado año fue una buena noticia para Antonio. No obstante, tuvo que esperar hasta después de la Guerra para atravesarlo por primera vez. A partir de ese momento, de Linás pasaba directamente a Yésero. En Gavín, hacía una nueva "parada de carro" para ir con una caballería a Espierre, Barbenuta, Orós Alto y Orós Bajo. A "los Oroses" accedía, en otras ocasiones, desde Biescas. Como se ha comentado anteriormente, en Orós Alto tenía otra de sus grandes bases de operaciones, Casa Jacinto, donde se quedaba su hijo mayor cuando se lo llevaba con él durante las vacaciones escolares. Desde allí también podía acceder a Oliván, Susín, Casbas y Berbusa. Para ello, le dejaban un buen macho mientras se quedaban sus caballerías descansando. Los amos le conminaban a aceptar el macho con un contundente "Antonio, no seas bárbaro, no mates a tus caballerías. Usa una de las nuestras, que están sin hacer nada, igual que el criado". Paralelamente, le decían al criado de turno que tratará a los burros de Antonio como si fueran los machos de la casa. Según Antonio, en aquella casa cuidaban muy bien a los criados y "no se les iba ninguno hasta que se iban a la mili o se casaban". En tiempos del estraperlo, Antonio dejaba parte del aceite que llevaba en una pila de Casa Jacinto, adónde bajaban de Biescas y del valle de Tena a comprar. En Oliván o en Orós Alto le llamaba la atención la gran cantidad de mulas lechales traídas de Francia para su recría en la ribera del Gállego. En Orós Alto también había una buena cantidad de vacas frisonas ("lecheras"), cuya leche se vendía en Biescas.

Nuevamente a dos ruedas, seguía la ruta Biescas-Escuer-Senegüe. En este último pueblo, cruzaba el puente para acceder a los pueblos del otro lado del Gállego, desde Sardás a Lárrede. Por fin, llegaba a Sabiñánigo, otro punto importante de su periplo y base para sus operaciones entre Larrés y Acumuer. En total, el recorrido de Fiscal a Sabiñánigo le solía llevar 3 ó 4 días. En la actual capital del Alto Gállego, Antonio reponía las mercancías que había ido agotando. Y es que, antes de partir, las había facturado en la estación de Barbastro con destino a la de Sabiñánigo, donde la guardaban en el almacén de la RENFE hasta que pasaba a por ella. No estamos hablando del Sabiñánigo que conocemos actualmente sino del Sabiñánigo que en palabras de Antonio "era una sola calle, con una sola tienda (Casa Tomás, donde comía) allá al final, al final". Una vez vendida toda la mercancía, la vuelta a Naval la hacía de un tirón, bien por Cotefablo o por la Guarguera deteniéndose únicamente para comer o pernoctar.

Finalmente, también hacia viajes por la zona comprendida entre Suelves y Las Bellostas. Como su suegra era de Paúles de Sarsa (Casa Palacio), cuando vendía en localidades próximas (Sarsa de Surta, Almazorre, Eripol, Arcusa, Hospitaled...), las consignas eran tan diáfanas como irrefutables: "mientras vendes por aquí, a dormir a casa". De Sarsa de Surta iba a Las Bellostas "a hombro", almorzando en el mesón de Gallinero. Con el hambre que solía traer, cuando Doña Maximina le preguntaba que le apetecía, la respuesta era siempre la misma: "un par de huevos, un trozo de longaniza y todo lo que se ponga por delante".

5. Mercancías "de subida"

El catálogo de productos que Antonio llevó a Sobrarbe y Serrablo es bastante amplio pero, entre ellos, dos destacaban por su importancia: el aceite y la cacharrería (cazuelas, pucheros y demás). El primero iba en boticos, generalmente suspendidos de la parte baja del carro (la bolsa), de tal manera que se aprovechase al máximo la capacidad de carga del vehículo. En cada viaje solía llevar entre 400 y 500 kg de aceite, procedente de diversos tornos, como los de Hoz de Barbastro, Coscojuela de Fantova o Colungo. El transporte de aceite se complicó durante algunos años después de la guerra ya que pasó a ser un artículo racionado y su comercio fuera del cauce de las cartillas de racionamiento era considerado como estraperlo... incluso en aquellas zonas donde no llegaban las raciones. Para evitar problemas, Antonio y los responsables de los tornos llegaron a un acuerdo: los aceiteros dejaban el preciado líquido en una zona convenida de la almazara, Antonio pasaba cuando no había nadie, lo cogía y dejaba el dinero estipulado.

Mapa de las zonas de influencia de Casa Banastón

De esa manera, nadie era "físicamente" responsable de haberle proporcionado aceite y tampoco había testigos de la compra-venta. Las propias palabras de Antonio resumen bien el trato, sellado con el correspondiente sellado con un apretón de manos: "yo lo dejo ahí, tú lo cojes y ni yo te lo he vendido ni tú me lo has comprado".

Por su parte, las piezas de los alfares navaleses se transportaban en cestos de mimbres (banastos) debidamente mezcladas con paja y broza para evitar que se rompieran antes de que llegasen a su destino. Los banastos iban dentro del carro, en la caja o cajón. Algunas personas le compraban cestos enteros confiando en una buena rebaja en el precio ("¿en cuánto me lo dejas?"). Esto fue especialmente frecuente tras la guerra, que tantos estragos hizo en el menaje de las casas altoaragonesas. En general, cada arriero de Naval tenía su propio alfarero "de cabecera". En el caso de Antonio, su suministrador habitual era Paco Buetas, uno de los últimos alfareros navaleses, fallecido en agosto 2001.

En los trayectos en los que no podía emplear el carro, el transporte lo efectuaba "a carga", directamente sobre las caballerías. En estos casos, Antonio era todo un artista en colocar boticos, cestos y demás fardos en el sitio correcto, con la presión adecuada, de tal manera que se cumplieran tres objetivos: que las mercancías llegaran en buen estado (evitando la perforación de boticos o la rotura de piezas...), que el animal pudiera deambular cómodamente y...que lo pudiera hacer con la máxima carga posible (unos 100 kg por caballería).

Otros de los productos importantes de Antonio eran el vinagre (20-30 Dl por viaje), el vino, el aguardiente, las alfombras, los higos secos y los orejones, el jabón, el sebo o las velas. Estas últimas podían ser muy importantes en ciertas fechas, como el día de Todos los Santos o la Semana Santa. Tal es así que en la Ribera del Ara le conocían como "el velero". En esos días, solía llevar dos cargas de velas, colocadas en cajones según las medidas. Como se vendían como rosquillas, llevaba los cajones bien a mano de tal manera que las podía coger simplemente abriendo la portalada, sin necesidad de descargar (como era habitual para otros artículos). Antonio siempre llevaba consigo un juego de medidas, tanto para líquidos como para sólidos. Curiosamente, lo que no solía llevar prácticamente nunca era sal ya que una cantidad relativamente pequeña ocupaba un volumen importante en el carro y, además, era un artículo que dejaba un margen muy pequeño de ganancias si no se vendía en grandes cantidades.

Aparte de los productos que transportaba habitualmente, le hacían muchos encargos específicos ("acuérdese de traerme tal o cual cosa en el próximo viaje"): desde especias y conservas a medicamentos humanos o veterinarios pasando por telas y artículos de mercería, papelería o ferretería, que él religiosamente adquiría en Barbastro o en cualquier otro lugar. También le pedían que llevara tal o cual cosa o paquete de un pueblo a otro, como se ha comentado anteriormente con relación al batán de Lacort o al tejedor de Javierre de Ara. Finalmente, recibía muchos encargos intangibles: llevar recados de un sitio a otro, desde noticias sobre el estado de salud de familiares hasta contactar con músicos para que subieran para las fiestas o con jornaleros para la siega. En este apartado se pueden incluir sus labores como casamentero. Como la búsqueda de un novio montañés para una chica de Estadilla, ya que, según la tía que solicitaba el novio para su sobrina, los mocetones montañeses eran "canela en rama". En sentido contrario, recuerda a un pastor de Bagüeste que lo que quería era una buena moza.

A pesar de su inagotable memoria, Antonio anotaba todo cuidadosamente en su libreta: lo que cargaba, lo que vendía, lo que gastaba, lo que le debían y lo que le encargaban. Obviamente, acumuló muchas libretas en su vida, que serían una excelente fuente de información socio-económica si no las hubiera ido tirando cada cierto tiempo. No es ningún reproche ya que es lo seguramente hubiéramos hecho la inmensa mayoría de nosotros. No nos damos cuenta de la importancia de los hechos y usos aparentemente cotidianos y "normales" hasta que más dejan se serlo.

CONTINUARÁ