Papeles de la Falsa, LOS BAÑOS DE TIERMAS

En la actualidad el pueblo de Tiermas se debate entre la vida y la muerte: sus ruinas resisten los embates del tiempo en un altozano, a modo de telón de fondo de la Canal de Berdún, pregonando que ha sido víctima de la regulación de las aguas del río Aragón en el pantano de Yesa, con la finalidad de regar la comarca de las Cinco Villas y la zona de Bárdenas, a pesar de estar en la ruta del Camino de Santiago. Los reconocimientos oficiales (Bien de Interés Cultural por la Unión Europea en 1987 y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993) saben a cenizas flotando sobre las aguas, para las 1500 personas que debieron abandonar su tierra, sumando los vecinos de Escó, Ruesta y Tiermas. Y los restos de los baños termales, abajo en el valle, emergen como fantasmas cuando desciende el nivel del embalse, generalmente en el mes de septiembre, entre los vapores de las cálidas aguas sulfurosas, a las que acuden muchas gentes en esas ocasiones, resucitando por unos días el viejo espíritu de la toma de aguas que se realizó en tiempos pasados.

Pero Tiermas tuvo un pasado de esplendor, por su ubicación en un itinerario de peregrinación secular, por la fertilidad de sus tierras y, sobre todo, por sus famosos baños termales. Es de origen romano -la antigua Thermae del Convento Jurídico Caesaraugustano-, como delata su topónimo, claramente relacionado con sus aguas termales, conocidas y utilizadas desde la antigüedad. Sobre la piscina circular y otros restos construidos por los romanos, se levantaron grandes edificios en el primer cuarto del siglo XIX al convertirse en propiedad particular. A principios del XX, el balneario fue dotado de unas magníficas instalaciones, capaces de albergar a unas 100 personas de forma simultánea, contando con salones de música, sala de juegos de mesa, biblioteca, comedor, garaje y capilla. También había una fonda con 67 habitaciones, que aumentaba la capacidad del servicio. Fue la época más dorada del balneario, que recibía gran afluencia de personas en la época estival y en el otoño, procedentes de Aragón y comunidades limítrofes.

Autos de línea Tiermas

Entre la documentación consultada destacamos el libro de Manuel Rodrigo "Libro de los prodigiosos baños de Thyermas", de Manuel Rodrigo. Pamplona, 1713. Juan Joseph Ezquerro, impressor del Reyno., de 1713, donde deja constancia de las numerosas personas que acudían en busca de alivio para sus dolencias. Tomás Lletget "Memoria sobre los baños minerales de Tiermas", de Tomás Lletget. Madrid, 1857. Imprenta Nacional., en otra publicación de 1857, hace una completa descripción de la ubicación, características, topografía e historia de la villa de Tiermas y de sus baños. Habla de los vientos dominantes, la climatología de la zona, las formas tradicionales de vida, la alimentación, características de los edificios y, sobre todo, de las propiedades físicas y químicas de sus aguas termales, de los efectos beneficiosos que producen en el organismo, de la utilidad terapéutica para algunas enfermedades, ya sean utilizadas como baño o tomadas como bebida, y de los casos en que su uso es considerado perjudicial o infructuoso. Deja constancia también de las principales enfermedades que aquejaban por entonces a las gentes de la comarca, como fiebres, asma, afecciones de corazón, etc. Respecto a los beneficios de sus aguas, asegura que alivian las enfermedades de las vías respiratorias, de las circulatorias, de las digestivas, de los órganos genito-urinarios, del sistema nervioso, del aparato locomotor y hasta de los órganos de los sentidos. Especialmente indicadas para afecciones reumáticas de todo tipo, ya que el tratamiento con dichas aguas produce felices resultados. Sin embargo puntualiza que las aguas termales son perjudiciales para las personas que tienen enfermedades agudas, empobrecimiento orgánico, epilepsias, atrofias de miembros, abscesos internos, tumores, etc.. Especifica con claridad que son necesarias unas elementales normas higiénicas de uso, como la prohibición tomar los baños en caso de flujo hemorroidal o menstrual. "Los que siguen los preceptos saludables de la higiene, si no consiguen desterrar sus males al completo, encuentran al menos algún alivio y hallan confirmadas en sí mismos aquellas notables palabras de Patissier -las aguas minerales curan algunas veces, alivian a menudo y consuelan siempre-", comenta en los últimos párrafos de su libro.

El eco de los famosos Baños de Tiermas resonaba con fuerza por todo el Alto Aragón, hasta los confines de Sobrepuerto, donde había muchas personas mayores, de ambos sexos, aquejadas de dolencias reumáticas, a consecuencia del clima, húmedo y frío en la mayor parte del año y las actividades tradicionales, siempre a la intemperie. Por medio de los arrieros, de los tratantes y artesanos itinerantes, o en las ferias de la redolada, como Biescas y Jaca, se enteraban de los beneficios que habían experimentado las personas que habían ido "a tomar los baños", en expresión de la época. Procuraban ir en los períodos de menor trabajo, como el otoño, una vez realizada la siembra. Eran conscientes del gasto que suponía, pero si los dolores acuciaban, había que hacer un esfuerzo. Hasta Tiermas llegaban en los coches de línea que iban de Jaca a Pamplona, con parada en el propio balneario.

factura del 20 de octubre de 1952

Rebuscando entre los papeles de la falsa, encontramos una curiosa factura del 20 de octubre de 1952, a nombre de nuestro abuelo Mariano (de casa o Royo de Otal), que afectado con frecuencia de dolores reumáticos en las articulaciones, fue uno de los numerosos montañeses que acudieron a dichos baños en los últimos años de existencia, antes de quedar sumergidos, con el afán de aliviarse en lo posible. "Como ya tiengo o calandario en as garras, me fan muito mal as gorruneras" Como ya soy muy mayor, me duelen mucho las articulaciones., repetía a menudo. Repasando la cuenta deducimos que debía haber diferentes categorías de habitaciones y de servicio de comidas (quizá de 1ª, 2ª y 3ª, como en el viejo canfranero), que se recargaba con un timbre móvil de 25 cts., más un 12% de servicio (los impuestos de entonces) y algún gasto extraordinario. El cómputo total de la estancia de 8 días completos y 9 noches, nada barato para los tiempos que corrían. Pero, como hemos dicho antes, si los dolores no cesaban, había que rasgarse los bolsillos para intentar mitigarlos como fuese. Y así dejamos constancia una vez más de uno de los recursos benéficos que existieron en nuestra tierra, que ya son historia.