Serrablo imaginado

Imagen de Amigos de Serrablo

Termina aquí nuestro relato encadenado sobre Mikele, aquel joven autoestopista italiano que llegó a tierras de Serrablo. Gracias a todos los autores por haber hecho posible esta aventura en estos dos últimos años: Cristina Pérez, Paco Grasa, Lidia Ferrer, Miguel Ángel Mainer, Iris Fañanás, Merche López y Tania Osanz.

MIKELE (y VII): En Orós Bajo

Texto e ilustración: Tania Osanz.

Suena el timbre. Mikele abre los ojos. “Qué rabia –pensó-, qué bonito sueño, parecía real…”.

-Nonno Mikele, ¿está preparado para su cita?

-Hola Marco. Sí, lo estoy… No sé cómo me dejé convencer –protestó. Estaba teniendo un sueño… ¡y parecía tan real!

-¿Qué soñaba, abuelo?

-No quiero aburrirte con mis viejas historias.

-Abuelo, ya sabe que me encantan sus historias, ¡su vida ha sido fascinante! Cuénteme, que luego lo escribiré en mi libreta.

-De acuerdo, aunque ésta ya te la sabes de memoria…

Se montan en el coche de Marco. Le había preparado a su abuelo una cita a ciegas. Desde que su mujer murió, Mikele estaba muy solo.

-Era verano… –comienza a contar Mikele-… mi último verano en España. Había un puesto como médico en Italia esperándome. Como ya sabes, anduve detrás de las historias de mi padre, pero sin querer, creé las mías propias… Tras varios veranos recorriendo las fiestas de los pueblos de la comarca, mi última noche fuimos a acabar en un pueblo llamado Orós Bajo: el último de agosto celebraban la fiesta. Era un pueblo muy pequeño, la orquesta estaba encima de un remolque en la pequeña plaza y el agua de la fuente iba y venía. El bar, donde la juventud del pueblo servía la bebida, estaba en la vieja escuela.

Siempre íbamos cinco en el viejo Opel de mi amigo Iván. Nos echábamos a suertes quién iba a por la bebida, y esa noche tuve la “suerte” de ser yo. Mirando por la ventana de la vieja escuela, estaba ella, con sus ojos brillantes y grandes. Se giró hacia mí y me sonrió.

Estuvimos hablando toda la noche… de arte, de música, de la vida… Fue una manera especial de despedir una etapa de mi vida, aunque nunca pude olvidarla… Le pedí su dirección para enviarle cartas, entonces no tenia móvil con internet, siempre he sido muy bohemio…

En nuestras cartas hablábamos de todo, fue maravilloso. Intercambiábamos dibujos, poemas, historias, fotografías…

Antes de regresar a Italia, escribí un poema para ella y lo escondí entre las piedras de Orós Bajo con la pequeña esperanza de que ella algún día lo encontraría… y ella me encontraría a mi…

-Quizá le esté buscando, Nonno Mikele, nunca es tarde… -dijo su nieto.

-Quiza. Yo sigo encontrándome con ella en sueños… Igual me parecen tan reales porque ella se encuentra conmigo en los suyos.

-Ya hemos llegado, abuelo. Ella es…

-Lo sé. No era un sueño.

Ella le sonrió como lo hizo aquella noche. No hicieron falta palabras. Entre sus manos tenia un papel amarillento, escrito con pluma. Era el poema que Mikele escribió para ella años atrás.

FIN