Don Ángel y el pueblo redimido (II)

El proceso de bajada del núcleo de Escuer desde la ladera al fondo del valle, desde la Edad Media al progreso, no fue corto, comenzó alrededor de 1915 para, en 1924 haberse desplazado las dos terceras partes de las casas, y finalizar en 1946, año en que bajó la última, diez años después de la trágica desaparición del buen maestro.

El maestro Don Ángel se sirvió del buen hacer del ingeniero Pedro Ayerbe, de la Sexta División Hidrológico–Forestal, quien en 1902 redactó un proyecto sobre la corrección hidrográfica de la cabecera del río Gállego. Un magnífico estudio de Carlos Tarazona, sobre este trabajo, se puede consultar en su blog Esmemoriaus.
En él comprobamos como los efectos desastrosos del cono de deyección del barranco de Escuer se sumaban a los del de Arás, al cortar, periódicamente, las comunicaciones hacia el Valle de Tena, al tiempo que la erosión en las cabeceras de ambos, donde estaban los núcleos urbanos, era espectacular.

Así, dicho ingeniero, en la revista Montes de 1923, respecto a la situación que existía en la cabecera del barranco de Escuer, llega a decir:

“Es uno de los torrentes que muestra de manera más patente los desastrosos efectos que produce la denudación en los terrenos margosos. Únicamente la lucha por la existencia, la satisfacción de la primera necesidad y la ignorancia, por no llamarla egoísmo, del presente, pudo inducir a los vecinos del citado pueblo a roturar casi totalmente la cuenca de recepción del torrente (…).
Resultado de tal proceso de destrucción: desaparición de casi la totalidad del arbolado del monte y de los cultivos, que han tenido que ser abandonados; aterramiento de la mayor parte de la vega, y amenazado tan seriamente el poblado, que, en evitación de una catástrofe, se dispone el vecindario en masa a abandonarlo y a emplazarlo de nuevo en una parte del lecho de deyección, garantizado de todo peligro por los trabajos de corrección a realizar… De no existir el servicio hidrológico–forestal, que bien merece el calificativo de providencial, el pueblo de Escuer desaparecería y sus moradores tendrían que buscar en la emigración su necesario sustento”

El caso es que, según el ingeniero forestal Pedro Ayerbe, como flecha de lanza del proyecto de corrección hidrográfica–forestal, en 1910, se proyectaría un vivero junto a la carretera y se dotaría de un guarda que sería el encargado de supervisar los trabajos en la cuenca del barranco. Tras la guerra civil, el edificio sería reconstruido por Regiones Devastadas.

Por otra parte, Ayerbe indica en 1923 cómo, de modo obligado, algunas casas ya habían tenido que abandonar el núcleo viejo para trasladarse al nuevo, junto a la carretera, mientras otras estaban agrietadas y desmoronándose. Paralelamente, la Sexta División Hidrológico–Forestal ya había levantado los primeros diques, de los diez con que finalizarían el proyecto el Patrimonio Forestal del Estado y, más tarde, ICONA.

Dique de cierre original construido hacia 1920.. Foto: Archivo cartagra

Además, el ingeniero explica cómo se llegó a un acuerdo entre la Sexta y los vecinos para beneficiarse mutuamente: la piedra de las casas de Escuer viejo iría destinada a la construcción de los diques de la cabecera de la cuenca, mientras que las casas del nuevo emplazamiento se construirían con piedra del cono de deyección, nutrida por el vigoroso flysch.
El proceso no era fácil y suponía un salto al vacío vertiginoso que hacía que las familias indecisas –en la montaña: casas– tildasen despectivamente a los que se habían atrevido a bajar de pierdecasas.

La decisión dependía de un cruce de vectores complejo, entre los que cabe señalar el estatus que la casa tenía en el viejo núcleo y el carácter emprendedor de los dueños. Así, por ejemplo, una de las primeras casas en bajar aprovecharía la acequia del molino para crear una serrería de madera. Dicho de otro modo, mientras algunos vecinos participaron en el proceso de modo entusiasta, otros, lo harían con recelo.

En este complejo proceso de traslación del núcleo, la ubicación de la escuela jugó un papel determinante y el papel dinámico del maestro, un peso fundamental. De él los informantes dicen que era todo un señor y que se presentaba en Huesca, en Zaragoza, en Madrid, o donde hiciera falta –se refieren a la soltura con que se movía ante la administración y las autoridades–.

En el Archivo Histórico Provincial de Huesca no he hallado rastros documentales del proceso migratorio y tampoco en el del ayuntamiento de Biescas, a quien hoy pertenece el núcleo de Escuer desde mediados de los años sesenta. El hecho es que si hoy recorremos el cono de deyección del barranco de Escuer, que muere junto a la carretera, observaremos el trazado ortogonal de las calles del nuevo núcleo, mientras que del antiguo molino sólo veremos sus muelas en un jardincillo porque, en el viejo solar, se ha levantado un bloque de apartamentos.

Según la tradición oral, el trazado del núcleo lo levantó “un forestal” y, por estar en terreno comunal, las parcelas para las casas se idearon de la misma medida; las familias que pagaron 30 pesetas pudieron escoger y las que no lo hicieron entraron en sorteo. El resultado: un núcleo atípico, racionalista, con edificios rectangulares, sencillos y de planteamientos higienistas a través de la regularidad y amplitud de sus vanos. En el cruce del “cardo” y del “decumano” vemos la escuela y en el extremo norte del primero, en lugar prominente, la iglesia. Finalmente, no lejos, hacia el norte, en lugar saneado, el nuevo cementerio.

Proyecto de la Sexta División Hidrográfico-Forestal para el nuevo núcleo de Escuer y el vivero, en el cono de deyección del barranco.. Foto: Archivo cartagra

Como las familias vivieron mucho tiempo entre un núcleo y otro no hubo problema en integrar en las nuevas viviendas los enseres y el utillaje preciso. Así, en alguna fachada podemos ver los viejos escudos heráldicos bajados de la vieja aldea y, junto a la nueva iglesia, una pila de bautismo, medieval, esculpida en granito, también, bajada desde el viejo templo.

Por cierto, aunque la guerra se llevó por delante las campanas bajadas desde la aldea, aún se recuerda que fueron arrastradas por la pendiente senda de Mundarrey, tiradas por mulos, y en una narria (esturrazo). Se recuerda el hecho y, jocosamente, las dificultades que encerró la hazaña: María me llamo./ Cien arrobas peso./ El que no lo quiera creer,/ que me levante a peso.

El hecho es que la nueva escuela sería inaugurada en 1930, mientras que la iglesia lo sería el 24 de agosto del año siguiente, el día de San Bartolomé, patrón del núcleo viejo y del nuevo.

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Él nos mandó hacer la escuela/ y a cuidarla con esmero/ y nos enseñó a plantar/ los árboles que hay en el pueblo.
A las tardes nos mandaba a regar con ilusión/ y al volver siempre nos daba/ una gratificación./ Unas veces caramelos/ otras naranjas o manzanas/ y todos muy obedientes/ íbamos de buena gana. Muchas veces comentaban/ y llevaban la razón/ que Don Ángel era uno de los mejores/ de la región de Aragón. A los más necesitados/ también nos dio algún dinero/ y nos daba de comer/ en los tres meses de invierno./ Primero a los de Escuer Alto/ después, de abajo también/ y qué feliz se sentía. Yo nunca quiero olvidar/ aquel cocido tan bueno/ lo preparaba muy bien/ Francisca del Herrero./ Nos daban un panecillo/ que nos hacía ilusión./ Nos lo comíamos todo/ aunque era buena ración. Al terminar el invierno/ nos preparaba un banquete/ que a todos nos parecía que estaba de rechupete./ Solamente uno entre todos/ el que comía poquico/ que si lo quieren saber/ era Gregorio de Perico.

El edificio escolar se construyó en el cruce de los dos ejes principales del nuevo núcleo. Se levantó por medio de un proyecto oficial, con parámetros higienistas y pedagógicos. Posee un amplio recreo rectangular, rodeado de un regular muro de piedra en cuyo perímetro se plantaron almendros, nogales y castaños de indias. El bello edificio, de amplio porche, está bien orientado al sur a través de grandes ventanales y, por tratarse de una escuela mixta, posee una clase única.

Durante medio siglo la escuela permaneció abierta y el legado de Don Ángel acallado. Clausuró la escuela, en 1976, la despoblación pirenaica. Y, a partir de entonces, el edificio cumple las funciones de centro social. En cambio, la oscura y pequeña escuela del núcleo primitivo de Escuer sucumbió en medio de la ruina general y, en el lugar que ocupaba hoy se ha construido un pequeño refugio.

Cuando en 1930 se inauguró la escuela, el matrimonio formado por Don Ángel y Doña Eusebia se trasladó de Escuer viejo al nuevo núcleo para ser acogido, provisionalmente, en Casa La Coja. Poco tiempo duraría la situación porque, con una hija y el destino obtenido por Doña Eusebia en Biescas, cambiarían la residencia a esta localidad, siendo él quien se desplazaría, todos los días, a pie o por medio del coche de línea –el célebre Ford–.

La matrícula escolar giraba alrededor de una veintena de alumnos y, a pesar de los esfuerzos de Don Ángel, el absentismo escolar era notorio. Así, Agustín Bescós aún recuerda la voz familiar que le decía aquello de monín, hoy no podrás ir t´a escuela porque nos tocan as cabras. Al tiempo que otro informante señala que las circunstancias obligaban a trabajar de modo prematuro a las criaturas y a ganarse la crosta de pan donde podían.

Como se ha dicho, la ubicación de la escuela sería decisiva. Así, durante algunos años, los retoños de las casas que ya habían bajado a la carretera tuvieron que subir, todos los días, por el camino de Mundarrey –cerca de una hora– hasta la vieja escuela y, por el contrario, a partir de 1930, las familias rezagadas en bajar tendrían que mandar sus hijos a la nueva. Esta razón constituiría el origen de la cantina escolar.

Escuela de Escuer bajo, clausurada en 1976, hoy centro social.

Las cantinas escolares fueron reglamentadas por la II República, dotadas de una finalidad tanto higiénica como moral y fraternal, y contaban con una comisión protectora en la que estaban representados el alcalde –que era presidente– el médico y dos madres de dos hijos beneficiados.

La cantina de Escuer fue promovida por Don Ángel, en un comienzo, para evitar el absentismo durante los duros meses de invierno de los niños que tenían que bajar, cada día, desde la antigua aldea. Si en un comienzo sólo se pensó en ellos, la excelente alimentación hizo que, pronto, quisieran quedarse todos. La demanda era tal que, cuando faltaba uno, era sustituido de modo rotatorio por otro que residiese en el nuevo Escuer.

Los comestibles eran adquiridos por Don Ángel en Biescas y los cocinaba la señora Francisca del Herrero en su propia casa. Este edificio acogía también el comedor.

Cuando acababa el invierno, siguiendo la estela tradicional de las fiestas infantiles, Don Ángel organizaba para todo el alumnado un sonado banquete. Por otra parte, de modo autónomo, la infancia seguía la inercia cultural de las hogueras de San Sebastián y las cuestaciones de alimentos para celebrar la merienda de Santa Águeda.

Además, Don Ángel fundiría la cultura regeneracionista de la Fiesta del Árbol con la necesidad que exigía el urbanismo del nuevo núcleo. De este modo, los informantes recuerdan cómo todos los sábados, maestro y alumnos, se distribuían por las nuevas calles, con garrafas, para regar los árboles que aún podemos ver (nogales, tilos, castaños de indias, almendros, etc.) La actividad es muy recordada porque, además, el buen maestro les premiaba con caramelos y naranjas. Y, como consta en el Archivo Histórico Provincial de Huesca, en acción conjunta y reglada, la Escuela, el Ayuntamiento, junto al Distrito Forestal de la provincia, plantaban chopos en la partida denominada La Pera (18 de diciembre de 1925).

Por otra parte, la escuela de Escuer poseyó una de las 115 bibliotecas escolares que la II República creó. Por un decreto de 1931, el carismático ministro Marcelino Domingo, reglamentó el programa, al tiempo que encomendaba al Patronato de Misiones Pedagógicas su puesta en marcha.

Se daba prioridad al mundo rural y, por ello, no ha de extrañar que la provincia de Huesca fuese, en 1934, una de las siete provincias mejor dotadas. Para acceder a ellas tenía mucho peso el informe del inspector de la zona.

Dicho esto, es lógico que Escuer obtuviese una de dichas bibliotecas pues, además de los evidentes méritos de Don Ángel, la relación con su inspector, Ildelfonso Beltrán, era extraordinaria. Este fue inspector jefe desde 1933, se ocupaba de buena parte de las escuelas de la Jacetania y, como Don Ángel, militaba en Izquierda Republicana. La labor inspectora la abandonaría cuando en las elecciones de febrero de 1936 obtuvo un puesto de diputado nacional.

El interés del inspector en que el programa de las bibliotecas escolares anidase en las escuelas de su zona se hace evidente si repasamos la lista. En ella podemos ver las escuelas de Anzánigo, Caldearenas, Biescas, Escarrilla, Larrés, Piedrafita, Navasa, Larrés u Osán, por citar sólo las más próximas a Escuer.

Cada biblioteca estaba dotada con cien títulos de temática variada, no sólo destinados a los escolares sino a toda la comunidad educativa. Su encuadernación era excelente, cada libro llevaba un marca hojas y, además, el conjunto iba acompañado de los instrumentos que hacían posible una adecuada gestión bibliotecaria: papel para forrar, libro de registro, talonario de préstamo y estadística de lectura.

Al contrario de lo vivido en otras escuelas, en una breve visita hecha en 2015 a lo que ahora es centro social de Escuer, no localicé libro alguno de dicha biblioteca ni restos de ningún tipo de material escolar.

Otra iniciativa social y escolar que tuvo Don Ángel fue la creación de un ropero. Hecho del que sólo se puede aportar una vaga información oral entorno a que Don Ángel facilitaba dinero, que obtenía del Estado, para que los vecinos necesitados compraran ropa a los pequeños.