La restauración del molino de Ainielle

Obras de restauración del molino de Ainielle. Noviembre de 2015. Fotografía: Carlos Tarazona

A comienzos del mes de noviembre de 2015 han sido llevados a cabo unos trabajos de restauración en el molino de Ainielle, reiteradamente solicitados por entidades y asociaciones de la zona.
Esta joya hidráulica ha llegado intacta a nuestros días gracias a la conjunción de una ubicación alejada, que ha evitado el expolio, con una preocupación constante por su conservación, a cargo de instituciones y personas particulares. Durante treinta años, desde el éxodo definitivo de la población hasta 1991, el molino estuvo abandonado a su suerte y no se efectuó en él mejora alguna.

Fue en 1991 cuando la Asociación Amigos de Serrablo, animada por el fenómeno cultural y las visitas que recibía Ainielle por el éxito de la novela La lluvia amarilla, solicitó a COMENA ­ya que el pueblo dependía de este organismo medioambiental­ la restauración de la antigua escuela, como refugio, y la del molino, petición que fue muy bien valorada y ejecutada con rapidez.

Para realizar el informe que acompañaba a la solicitud de Amigos de Serrablo, Julio Gavín había levantado hacía unos años una detallada planimetría.

Las obras de COMENA, respetuosas con la arquitectura popular, han cumplido un gran papel pero, a comienzos de siglo, antiguos habitantes de Ainielle y miembros de las asociaciones O Zoque y Erata se vieron obligados a efectuar pequeñas mejoras en la cubierta. Situación transitoria que exigía una actuación sólida e integral.

Para ello el Ayuntamiento de Biescas tomó la iniciativa y coordinó la llegada de una ayuda del grupo Leader ADECUARA, que ha subvencionado con 18.332 euros procedentes de la Diputación Provincial de Huesca, dentro del programa de mejora y valoración del patrimonio arquitectónico y medioambiental, al tiempo que dicho ayuntamiento aportaba el 32,5% del presupuesto total.

La obra ha sido ejecutada por la empresa Jesús García, con apoyo de helicóptero para llevar los materiales, andamios, hormigonera, grupo electrógeno, etc.

La actuación ha sido integral y muy respetuosa. El trabajo fundamental se ha desarrollado en la cubierta y, salvo el madero del vértice, o viscalera, ha sido cambiado todo el entramado de vigas, sobre el que se ha colocado una cubierta de tablas, una capa geotextil y otra de butilo que, a su vez, han servido de soporte a las losas tradicionales montadas sobre arcilla.

Además, se ha trabajado con andamios en todos los muros, se han protegido las maderas del interior, mejorado el sistema de cierre de la puerta, colocado un panel de información básica, y limpiado de maleza los alrededores del edificio.

Solo queda para una pequeña actuación la restauración del canal que baja desde una pequeña balsa, a través de una rampa, hasta el rodete de álabes de madera, instalado en el cárcavo de bóveda de cañón.

No cabe la menor duda de que no faltarán voluntarios y entidades en la zona dispuestas a rematar la faena.

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EL MOLINO DE AINIELLE, UNA JOYA qUE DEBEMOS CONSERVAR

Hasta el final de los señoríos, en 1837, Ainielle pertenecía, junto a diez aldeas más, a la baronía de Gavín. Ainielle fue vendido al Patrimonio Forestal del Estado en el año 1958. Sin embargo, algunos habitantes permanecieron hasta el año 1961 en que, definitivamente, marcharon hacia los nuevos pueblos de colonización o los núcleos fabriles de Monzón o Sabiñánigo. Por azares de la vida, la aldea se ha hecho célebre gracias al escritor leonés Julio Llamazares y a su novela La lluvia amarilla, obra en la que uno de sus capítulos se desarrolla precisamente aquí, en este molino. Fuera de la ficción literaria, Enrique Satué Oliván escribió en el año 2003 un detallado y entrañable ensayo titulado Ainielle. La memoria amarilla.

Eduardo de la Cruz y Julio Llamazares en la realización del documental sobre la memoria amarilla. 16 de noviembre de 2012.

Durante décadas la huella humana se ha ido diluyendo alrededor de Ainielle hasta quedar en pie solo su viejo molino. Ello hace que aún podamos disfrutar de un monumento hidráulico-tecnológico de primer orden, cuya mecánica reproduce un modelo mantenido desde el Medievo. Como señala la toponimia y la tradición oral, hasta el siglo xviii el molino estaba situado en la orilla derecha del barranco del Puerto, aguas arriba, superada la aldea (Güerto molino).

Tal como reza el dintel de la puerta, sería en el año 1763 cuando los aires ilustrados y renovadores del señor de Ainielle ­entonces el conde de Aranda­ promoverían el cambio de emplazamiento y el levantamiento de la fábrica que ha llegado hasta nuestros días. El dintel del pequeño edificio y las fechas y símbolos de sus jambas (1823 y "+") nos hablan de la esperanza de unos humildes vasallos que hicieron mejoras en el molino con la ilusión de lograr una emancipación que tardaba en llegar.

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El molino trabajaba según el ritmo estacional de las lluvias, en otoño e invierno pero, sobre todo, cuando se juntaban el deshielo y la pluviosidad, a comienzos de la primavera. Para aprovechar los momentos óptimos, las diez familias de Ainielle practicaban un turno rotatorio que denominaban "moler a redolín".
El molino utilizaba agua de los barrancos del Puerto y del Cuello de Ainielle, derivándola con piedras a través de dos acequias de escaso recorrido que convergían en una balsita situada encima del edificio. Este diminuto embalse proyectaba el agua, al levantar una tajadera, sobre el rodete con álabes de haya (fau) que, a través del árbol de roble (caxico), movía las muelas.
Afortunadamente, también se ha conservado el guardapolvo, la tolva y el alivio de madera que regulaba el rozamiento de dichas muelas.
Además podemos contemplar en el suelo dos viejas muelas de caliza sustituidas por otra metamórfica, traída con un balluarte, arrastro, desde la lejana partida del Avechanar de Rimalo, posiblemente en 1823. En las primeras observamos figuras geométricas grabadas para jugar con piedrecitas mientras duraba la molienda (alquerques o juegos de molino). En este sentido, también el molino de Ainielle es único en la zona.

Juego de molino, o alquerque, grabado en Ainielle en el suelo, en una vieja rueda.

Por otra parte, todavía permanece en una esquina la huella del fuego que tenían que realizar los antiguos habitantes mientras duraba la faena. Para que no ardiese la techumbre se colocó una losa en la esquina y, para salida del humo, se abrió un huequecito en el muro. Solo queda recordar el testimonio romántico y ecológico de una querida persona que había dado muchas gavillas de trigo por las empinadas fajetas de Ainielle. Cuando hablábamos del molino, ella siempre me decía que más valía una tajada de aquel pan y un trozo de tocino que todos los manjares del mundo.

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Ojalá, poco a poco, los medios y la sensibilidad vayan de la mano para recuperar el patrimonio más valioso de la zona. Lo deseo y celebro a través de este discreto poema que en su día escribí apoyado en las piedras del molino:


O MOLINO D'AINIELLE
Cuan a la fin d’o ibierno
se’n iban os nebascos
y caeba bel batilazo d’agua,
cuan o barranco d’o puerto
y as cuatro glarimas de la otro
s’achuntaban y gramaban,
antonces curaba ra reuma
a piedra d’o molino d’Ainielle.

A chen moleba a redolín,
d’una begata ta otra,
n’a oscureldá,
fendo fuego con luzeras,
n’una esquina,
aguardando beyer salir a farina
de tanto sudor y glarimas.

Cuando n’o sieclo dezigüeito
se’n puyó a piedra,
dende o solano Bergusa,
caleba pagar a ro siñor;
malempleau sudor y molienda.

A piedra yera de granito,
coziu con o diaplo,
n’o fondo d’a tierra,
ta que se las sapese todas
y de cada grano salise
una glarima guallarda
de farina.

Si o trigo y a piedra yeran d’a tierra,
por qué o siñor les sacaba asta ras entretelas...
Porque lo dize la otro Siñor,
qu’esta en o zielo,
deziban os aprobechaus y trapaceros.

Pobrons os d’Ainielle,
y a chen d’a Baronía;
as güeltas que daba o trigo,
pa malmeter-se n’o granero d’o siñor. 

Interior del molino de Ainielle antes de la restauración.