Puentes romanos y medievales

Soy un enamorado de los puentes, que unen siempre dos puntos próximos y a veces muy lejanos. De ahí el conocido eslogan de “tender puentes”, muy usado sobre todo en sociología y en política, donde las posturas a menudo están distantes, aunque permanezcan casi codo con codo.

Y tengo predilección por los puentes antiguos, en cuya construcción intervenían reyes, técnicos, artesanos y esclavos. Los principales se construyeron de piedra, por considerar que eran más duraderos que los de madera; el cemento para amasar hormigón aún tardaría siglos en inventarse y el hierro se utilizaba para hacer espadas, herraduras, las propias herramientas de los canteros y pocas cosas más. Quizá el primer puente de piedra que se construyó en el mundo fuera en Babilonia, sobre el río Éufrates, tomando ejemplo de su famosa puerta de Ishtar, de mediados del siglo VI a. de C., en la que se iniciaron en piedra los arcos de medio punto con dovelas aparejadas radialmente. De allí pasaron a las arcadas de los puentes romanos, esparcidos por las calzadas extendidas a lo largo y a lo ancho de su vasto imperio.

Con frecuencia se barajan ahora equivocadamente las denominaciones de puentes romanos y medievales, pues la erudición y la ignorancia marchan demasiadas veces cogidas de la mano. Esto me lleva hoy a reparar una vez más en dos puentes de nuestro entorno: el de Anzánigo y el de La Gorgocha, ambos sobre el curso medio del río Gállego.

Puente de Anzánigo. SIPCA

Al primero se le califica con frecuencia de medieval. Incluso en la carretera, cerca de él, se ha colocado un cartel con esa denominación. Un cartel que muy pocos miran. Y es indudable que es de origen romano, ya que perteneció a la calzada del Béarn francés a Caesaraugusta (Zaragoza), que pasaba precisamente por Anzánigo, como se puede comprobar en los restos de la misma que quedan antes y después de este pueblo. Es más que probable que en Anzánigo estuviera ubicada la mansión romana de Ebellino, situada por los especialistas a mitad de camino entre la de Forum Gallorum por el sur, entre Ayerbe y Loarre, y Iacea (Jaca) por el norte. La distancia entre dos mansiones rondaba las veinte millas romanas (unos treinta kilómetros). Y esa es la distancia que separa a Anzánigo, o Ebellino, tanto de Jaca como del posible emplazamiento de Forum Gallorum.

No se debe olvidar que las calzadas romanas se construyeron en principio obedeciendo a una estrategia puramente militar. Y los puentes debían permanecer en lugares despejados y poco vulnerables. El puente de Anzánigo, y todo su entorno, son visibles desde la Peña Oroel por el norte y las sierras de Santa Marina y San Román por el sur. Lugares idóneos para ojear y explorar el terreno, que seguramente fue lo primero que hicieron los ingenieros militares romanos, que no creo que fueran tontos. Y no lejos de Anzánigo tengo “ojeada” una piedra que bien pudo ser uno de los miliarios que jalonaban las calzadas.

Centrándonos de nuevo en el puente de Anzánigo, sus piedras hablan con más elocuencia que puedan hacerlo las palabras. Ellas nos dicen que en su origen constaba del arco central existente todavía, de 17,90 metros de luz y 12 aproximadamente de altura, y de dos arcos más reducidos a cada lado. Todos de medio punto. Con el transcurso de los siglos, el primer arco de la margen derecha desapareció, bien por los desmanes del río o por algún acontecimiento bélico, como pudieron ser las incursiones bárbaras del siglo V. Fue macizado y sustituido por un arco rebajado en el lado izquierdo, tal como aparece ahora. Ya entrado el siglo XX, durante una reparación se recrecieron los estribos para nivelar algo la superficie longitudinal. Y en el invierno de 1925 a 1926, una noche muy gélida se hundió el arco central, siendo reparado por mi padre, albañil y cantero muy experimentado, que contaba entonces 38 años y trabajaba para la Diputación Provincial. Todo lo que antecede se puede comprobar en las propias piedras del puente con una nitidez maravillosa.

Puente de La Gorgocha, sumergido casi permanentemente.

El otro puente, el de La Gorgocha, está situado en lo que fue el desfiladero del mismo nombre, aguas arriba de la presa grande del pantano de La Peña y muy próximo a ella, de modo que el embalse lo mantiene sumergido de modo casi permanente. También recibía la denominación de puente de Cacabiello, o Cacaviello, tomando este nombre de un castillo medieval que por allí hubo. Es todo de piedra y consta de un arco principal y tres más pequeños, dos en el lado derecho y uno en el izquierdo. Se le califica con frecuencia de puente romano, cosa que no es cierta, pues ningún camino romano llegó a convergir allí. Y ya se sabe que los puentes son el alma de los caminos.

Hay datos, en cambio, que lo atestiguan como puente medieval. El rey de Aragón Ramiro I en el primero de sus dos testamentos, el otorgado el 29 de agosto de 1059, cuando el rey enfermó en Anzánigo, dejó la tercera parte de sus bienes para hacer dos puentes, uno en Cacabiello y otro en el río Aragón. Dado que este rey murió en el sitio de Graus el 8 de marzo de 1063, es evidente que no tuvo tiempo ni de colocar la primera piedra. Sería su hijo y sucesor, Sancho Ramírez, el encargado de llevar adelante la realización. Lo haría con los artífices dedicados a la ampliación del castillo de Loarre, pues ambas construcciones tienen detalles comunes.

Yo tuve la oportunidad, hace medio siglo, de estudiar este puente piedra por piedra a las órdenes directas del ilustre ingeniero de Caminos Andrés Biescas Pacheco. Pasamos andando por encima de sus arcos centenarios y en barca por debajo del mayor, pudiendo comprobar que la luz de este excede un poco de los veinte metros.

Todo esto durante un minucioso estudio para un posible recrecimiento del pantano. Sobre la marcha, en la mente de mi jefe y en la mía surgió la idea de que, si la ampliación se llevaba a cabo, el puente sería sacado de allí y montado fuera. La muerte repentina e inesperada de Andrés Biescas, el 13 de octubre de 1963, dejó todo en el aire primero y camino del olvido después. Él contaba 42 años de edad y yo 34. Poco después los militares americanos de la base de Zaragoza hicieron la curiosa oferta de limpiar todo el barro acumulado ya en el pantano a cambio de sacar el puente y llevárselo a Estados Unidos. Los responsables del asunto hicieron bien en darles una negativa. Tal vez lo que pretendían hacer los yanquis deberíamos hacerlo nosotros. Pero pedirles esto a los políticos de tercera división que tenemos en Aragón y en España sería pedirle peras al olmo.

Seamos, pues, consecuentes y llamemos a las cosas por su nombre. Romano a lo romano y medieval a lo medieval. En uno de mis libros tengo expuesto todo lo que antecede con más amplitud y muchos más datos.