“Del trabajo a la academia”

Una vida con ese larga, y en pocas líneas

Francisco Solano Sarasa Torrente, durante la entrevista en Gavín, a finales de agosto de 2017. El día 24 de agosto de 2017 –San Bartolomé, patrono de Gavín– tuve la suerte de conocer a Francisco Solano Sarasa Torrente y su hija María Isabel. Ocurrió en el acto de reparto de la caridad (torta y vino) con el que concluye todos los años la romería que dista tres kilómetros del núcleo urbano.

Ni que decir tiene que, nada más ser presentados, vi una magnífica oportunidad para penetrar en una historia de vida singular, todo un lujo por la edad de la persona y por las experiencias vividas en Gavín, en España, y en la tierra de acogida –Argentina–. Visto el interés, la entrevista no se demoró y se mantuvo a lo largo de tres días de finales del mes.

Lo que aquí se narra es una síntesis, pues a pesar de que Francisco naciese en 1920, posee una memoria fotográfica. Como ejemplo, indicar que el segundo día de la entrevista, estaba empeñado en localizar y mostrarme una piedra en la que grabó su nombre durante los días de la guerra para que, si moría, “me quedara allí de alguna manera”. Al final, Francisco, lo consiguió y me mostró la huella. Francisco Solano emigró a Argentina en 1950 y regresó a su pueblo, por primera vez, en 1970. Fecha desde la que, en la medida que puede, retorna para sentir y vivir los recuerdos durante una temporada.

Francisco nació en el seno de la familia que formaba Casa Catalán. Tuvo cuatro hermanos que murieron al poco tiempo de nacer por una extraña enfermedad. Finalmente nacieron Cristina, la hermana mayor, Eugenia y, en último lugar, él.
La mala experiencia de los padres respecto a la salud de los hijos les llevó –como era costumbre– a sacarlo por la ventana, dentro de un capazo, para llevarlo a bautizar.

INFANCIA Y ESCUELA

De la escuela posee bastantes recuerdos aunque a él lo que le gustaba era cuidar ovejas. De aquel tiempo guarda la imagen del edificio escolar, situado en la plaza, compartiendo espacio con el local municipal. Los primeros recuerdos provienen de don Mauricio Acín, un maestro mayor, que se hacía auxiliar de un hijo. Este fue quien le llevaba la mano para asentar una letra que todavía muestra Francisco con orgullo.
Luego llegó la II República, época en la que los maestros duraban poco tiempo, hasta que llegó uno al que apodaban el Bacibero –alusión al pastor que guarda el rebaño de segunda categoría– y que supuso un desastre. Más tarde llegó Balbino Val, todo un artesano, con el que los niños disfrutaban pero con el que, al parecer de los padres, no se aprendía nada. Cúmulo de circunstancias que llevaron a la familia a escolarizarlo en Oliván, con el afamado maestro don Liborio Sarasa y, más tarde, en los Escolapios de Jaca, con residencia en casa de su tío Luis, con el que tendría la oportunidad de presenciar mítines y actos políticos.

Escuela de Gavín sobre 1931. Francisco, en la fila superior, el quinto por la izquierda, con pañuelo blanco al cuello.

CORDERERO

Francisco asegura que sus mejores juguetes fueron los corderos. Recuerda toda la toponimia del monte y el puerto. Los elevados campos cultivados en Los Sarratos y Los Escarrones. Las majadas o mallatas del puerto de Gavín (Bachesango, El Cubilar, Loba) y aquellas que estaban en la parte del puerto que se alquilaba o logaba a rebaños de fuera (Cohetón, La Sayeta y Matala).
En total, antes de la guerra, la cabaña de Gavín ascendía a dos mil ovejas, de las que 700 pertenecían a su casa (Casa Catalán).

De aquel tiempo en el que ejerció labores de apoyo al pastoreo, guarda las historias de osos y lobos que contaban los mayores. Así, el oso se llegó a ver en los alrededores del propio San Bartolomé y, el lobo, en el propio pueblo, a donde las hambrunas lo hacían bajar para llevarse algún cerdo e, incluso, si se ponía por medio, para aniquilar algún perro mastín. Este último caso recuerda haberlo oído con pelos y señales de este modo: Era de noche y otilaba –aullaba– un lobo enfrente del pueblo, en San Pelay. Entonces, el perro mastín que tenían en Casa Casaus bajó hacia el barranco para llegar al lugar donde se oía el lobo, pero le esperaba, sigilosa, la manada, que le tendió una trampa. Esto se comprobó al día siguiente, en que la gente del pueblo solo encontró la lana de la piel del perro.

Sin embargo, los recuerdos más intensos que guarda Francisco provienen de la bajada que hizo a Tierra Baja con la cabaña de Gavín, cuando tenía 10 años. Lo hizo para un mes, justo en el tiempo de la parizón (los días en que las ovejas parían, alrededor de la Purísima). Recuerda el paso por los mesones hasta llegar a Velilla de Ebro y, en especial, aquella anécdota en que los pastores mayores se divirtieron a su costa, cuando le sacaron en el mesón de Yéqueda un porrón de cinco litros con el que, sin que nadie lo esperara, se empleó a fondo, al subirse a una mesa, para colocarse de rodillas y chupar de él.

De izquierda a derecha: Cristina, hermana mayor de Francisco; Pascual, abuelo paterno; Eugenia, hermana menor; Antonia, abuela; el propio Francisco con traje de marinero, y su padre, Mariano Sarasa .

De aquellos años de infancia retiene un especial recuerdo hacia su abuelo materno, Pascual Torrente Portaspuña, que había nacido en el Pirineo de Lérida y que, desde la más tierna infancia, tuvo que ganarse la vida en la calle, hasta que recaló en Gavín para crear un comercio en el que vendía, sobre todo, vino. El negocio lo llevaba adelante a través de su amistad con Casimiro Lobera, un mayorista de vinos, zaragozano, que le mandaba hasta Sabiñánigo el caldo de Cariñena, que luego había que subir a Gavín en un camión. De aquella actividad recuerda también las reatas de mulos que llegaban del valle de Broto para llevarse el vino en botos de piel (tres por caballería). Otra actividad célebre de su abuelo era el marchar a Francia a comprar lechales o mulos jóvenes que recriaba en casa para, más tarde, una vez crecidos, vender en la feria de Huesca.

LA GUERRA

A final de mayo de 1936 volvió a Gavín, una vez terminados los estudios en los Escolapios de Jaca, al tiempo que regresaba el ganado del pueblo desde Tierra Baja. Una vez llegada la cabaña, cada casa subiría su ganado a los bajantes del puerto, hasta que las reses se volviesen a juntar en un rebaño único. Aquel año Casa Catalán encomendaría el cuidado del hato particular al pequeño Francisco, su único hijo varón.

Todo transcurría normal hasta que, a finales de julio del 36, este divisó algunos hombres por el puerto de Yésero y un número importante por el collado de Cotefablo, sobre el túnel.

Aquella inquietante situación y la falta de alimentos le hicieron bajar al pueblo, para no regresar, pues ya se sabía que la guerra había estallado y que los milicianos se habían llevado las ovejas de la casa y todas las del pueblo para sacrificarlas, al ritmo de una veintena diaria, para las tropas republicanas asentadas en Cotefablo.

Dichas tropas, junto a algunos civiles huidos de Gavín, cercaron el pueblo a los pocos días para asediar a los falangistas y voluntarios del valle de Tena que se habían parapetado en los edificios.

Francisco cierra los ojos y ochenta y un años después ve, escucha y siente todo aquel horror que envolvió al pueblo. No quiere acordarse pero tampoco lo puede evitar.

Su abuelo paterno, Pascual Sarasa, que había estado en las guerras carlistas, una tarde, al ver los movimientos de tropas republicanas que se veían por los cerros, ya anunció que al día siguiente habría “lío”. Y así fue. De aquellos meses de horror recuerda, sobre todo, las últimas palabras del alférez falangista –un chico joven de Teruel– (Blasco Vilatela) que se empeñaba en resistir el ataque desde la torre, los cuarenta y cinco falangistas y voluntarios muertos que fueron amontonados en la plaza del pueblo; y, en la retirada republicana, el lugar en que fue abatido uno de sus mandos: el alcalde republicano de Jaca (Julián Mur).

Tras dicha retirada, la población civil fue evacuada en camiones hasta la Canal de Berdún y a él, siendo un adolescente, le ordenaron quedarse para guiar a las tropas.
Finalmente, se juntó con sus padres y hermanas en Biescas, hasta que en septiembre del 37 los republicanos tomaron la villa. Momento en que se evadieron, por el Gállego, hasta Santa Elena, a donde se habían replegado las tropas franquistas. Lugar este en el que, ya seguros, atravesaron el valle de Tena para, por la Canal Roya, llegar a Jaca y ser acogidos por sus familiares.

Detalle de la piedra en la que Francisco estampó su firma durante la Guerra Civil, en su pueblo. En 2017, Francisco la ha localizado e incorporado como adorno, junto a una maceta, a una ventana de su casa.

Más tarde, en el 38, como integrante de la Quinta del 41, conocida popularmente como del biberón, sería movilizado para recibir dos meses de instrucción en Zaragoza. Un tiempo en el que los heridos que volvían del Ebro hablaban de un espantoso infierno, que a él ya no le tocó vivir, pues la guerra se había decantado hacia el bando franquista, por lo que sería destinado frente a Sagunto, a una compañía de ametralladoras, apostada en las sierras de Espadán y Barracas, desde donde se asediaba Valencia.

Terminada la guerra, le aguardaba la custodia de presos en distintos lugares de Levante y, por fin, la licencia en 1945, tras nueve años de guerra y servicio militar.
Una vez terminada la guerra obtuvo una buena noticia: su familia, de las 700 ovejas perdidas en julio del 36, había recuperado 150, gracias al corte secular que Casa Catalán practicaba en las orejas de las reses: izquierda, ofendida; derecha, espuntada y osqueta para atrás.

Solo sirvieron los cortes, pues la marca de pez en el lomo –una ese– había desaparecido al esquilarlas. Las reses habían sobrevivido ya que algunos montañeses, allegados a los republicanos, las habían cambiado por ovejas más viejas”.

LA RECUPERACIÓN DEL PUEBLO

De regreso a Gavín, a Francisco le sucedió lo que ocurre universalmente a muchos soldados que retornan de la guerra, que la familia se había visto obligada a echar cuentas sin él.
Así, aunque la tradición, como único varón, le había deparado ser heredero de Casa Catalán, su hermana mayor ya se había casado y había tenido dos criaturas. Situación que Francisco asimiló del siguiente modo: “Les ayudaré a levantar la hacienda y, después, no quiero ser un obstáculo para nadie, ni ser un don nadie”. Y así lo hizo, en el año 50 quiso cumplir el sueño que había oído de niño a otros pastores, marchar a Argentina y, en particular, a la Patagonia.

También recuerda de la posguerra cómo rehicieron los vecinos el pueblo con el apoyo de Regiones Devastadas y, de modo especial, gracias a un ingeniero forestal que facilitó a su padre, que era alcalde, talas de árboles para reconstruir primero los pajares que, durante un tiempo, servirían también de vivienda.

De aquellos años proviene esta simbólica fotografía, depositada en la Fototeca Provincial de Huesca, en la que Diego Quiroga y Losada (Marqués de Santa María de Villar) retrató a su hermana Eugenia con la huella de la guerra claveteada en la fachada de Casa Catalán, mientras posa, en asombrosa antítesis, con un corderito blanco. El retrato es fantástico y el fotógrafo, que acompañaba a las tropas de Franco, en su avance por el Alto Aragón, hizo dos retratos de la hermana de Francisco: En uno anotó: Una mujer y un cordero en la puerta de su casa, volada por los republicanos. Gavín. Y en otro: Único habitante que quedó en Gavín, con lo que deduzco que los miembros de Casa Catalán serían los primeros en llegar a Gavín, una vez abandonado el pueblo por los republicanos, camino de la Bolsa de Bielsa. Las otras dos imágenes que posee la Fototeca, tomadas en Gavín por Diego Quiroga, giran alrededor de las ruinas de la torre del pueblo. Francisco Sarasa me cuenta que su hermana Eugenia falleció en 2007. ¡Cuánto me hubiera gustado hablar con ella delante de la imagen!.

Eugenia Quiroga y Losada fotografiada por Diego Quiroga y Losada (Marqués de Santa María de Villar) en Casa Catalán. Fototeca Provincial de Huesca

ARGENTINA

En 1950 hizo el viaje a Argentina gracias a la ayuda que recibió de unos familiares del valle de Tena. El pasaje costaba 1.099 pesetas y contaba con la referencia de dos familiares de Linás que habían recalado con éxito en Buenos Aires hacía años. Eran miembros de Casa Clemente de aquel pueblo vecino del valle de Broto; los hermanos Mariano y Antonio Buerba, que habían levantado una floreciente empresa textil en la avenida 9 de Julio, con el apoyo del comercial López Viñuales, otro montañés, “echado pa´alante”, oriundo de Fragen. Ellos fueron quienes le quitaron la idea de marchar como pastor –según ellos– al infierno de la Patagonia.

Con los Buerba aprendería a coser, pero su pundonor no lo haría conformista y le llevaría a aprender corte y confección, de modo profesional, en una academia célebre que había en el Palacio Arolo, en la avenida de Mayo, donde se daba cita alumnado de toda Iberoamérica; de allí la expresión que Francisco repite todavía muchas veces porque ha dado sentido a su vida: Del trabajo a la academia y de la academia al trabajo.

En 1955 contraería matrimonio con María García, fallecida en 2006, una compañera de trabajo, hija de emigrantes de Huercalovera (Huelva). De dicha unión nacerían tres hijos: Silvia, María Isabel –que le ha acompañado en este viaje– y Mariano.

Al éxito en su trabajo, levantado con mucho esfuerzo, hay que sumar su compromiso con el Círculo Aragonés en Buenos Aires y su junta directiva. El círculo, tras varios emplazamientos, se ubica en un edificio de tres plantas, en la calle Santa María del Oro , en el barrio Palermo Viejo, lugar donde finalmente recaló gracias al empeño del presidente Emelecio García Arcos, nacido en Tauste, para servir de referencia, lugar de encuentro y asueto, a más de dos mil bonaerenses nacidos en Aragón y emigrados a consecuencia de la guerra y la posguerra.

De la visita que hicieron, a comienzos de los noventa, Hipólito Gómez de las Roces, Emilio Eiroa y Emilio Gastón, recuerda cómo nació la biblioteca del Círculo, de la que se siente en buena medida promotor.

Esta es una atropellada crónica de una vida ejemplar, la de Francisco, que sirve de botón de muestra a la que llevaron muchos españoles que, en el siglo pasado, por guerra, por espíritu aventurero, o por necesidad, se vieron obligados a cruzar el charco.