El Serrablo (prólogo de la "Guía monumental de Serrablo")

1. - El Serrablo constituye un supuesto sorprendente y ejemplar de continuidad histórica. Y ello, no sólo por lo que tal continuidad representa en sí mismo; también y de modo muy especial porque con las obligadas y profundas mutaciones impuestas por el paso de los siglos, sigue conservando actualmente su identidad, y esperanzada y afanosamente afronta además el reto de los tiempos nuevos.

Las tierras del Serrablo son, en sus orígenes, tierras de marca, de frontera. Más propiamente, tierras intermedias. Intermedias entre Aragón y Sobrarbe, entre moros y cristianos; entre uno y otro Obispado. De ahí que históricamente sufran luchas y deban soportar repartos de jurisdicciones y de competencias de todo tipo.

El Serrablo, como entidad geográficamente diferenciada aparece ya en 1054, como demostrara precisamente A. Durán Gudiol. Y así, como realidad definida se reitera también sucesivamente en ese oscuro alumbrar de la Edad Media aragonesa: 1093, 1136. Y como tierras intermedias que son, sus límites -en ocasiones, incluso, su propia permanencia- están en constante proceso de alteración por los repartos, por las segregaciones que sufren. Federico Balaguer (Serrablo: un topónimo en expansión, en "Argensola", Rev. del Instituto de Estudios Oscenses, núms. 65-70), con su proverbial rigor, ha analizado la incidencia en estas tierras del Serrablo de las sucesivas divisiones territoriales, desde las habidas en la época medieval hasta las administrativas del XIX. Delimitación de lo que históricamente comprendía esta zona que será la que, por ejemplo, recogerá todavía Madoz, excelente conocedor de nuestras tierras, y que en su versión actual es, en síntesis, la extensa comarca comprendida entre el Gállego medio, el Aurín, el Guarga y la Val'ancha y cuyo centro vital es Sabiñánigo.

Serrablo. Historia y realidad actual se afirman coincidentemente con muy escasas diferencias, postulando una identidad, precisa y concreta, rabiosamente apegada a la tierra, con abundantes contrastes, cargados con frecuencia de las lógicas e inevitables aristas que impone la dureza del medio en el que se vive, y que comienza por imponer la propia lucha por la existencia.

2. - Iglesias del Serrablo. Nadie, nadie, puede imaginarse que estén allí. Son iglesias pequeñas; iglesias pobres, como las casas, como los hombres y las tierras en las que están. Iglesias hondamente apegadas al entorno en el que se encuentran. Iglesias, también distintas. Iglesias que, además, han sido prácticamente desconocidas. Sólo en 1924 R. Sánchez Ventura da noticias de ellas. Desde entonces -y precisamente por su singularidad, objeto siempre de polémica abundante han merecido la reiterada atención de los estudiosos (Iñiguez, Gaya Nuño, Gómez Moreno, Crozet, Canellas, etc.). No obstante, constatada su existencia, sólo en los muy últimos años -dígase con absoluta claridad- y ello, como consecuencia de las investigaciones de Durán Gudiol y de la obra de los "Amigos del Serrablo", han comenzado a ser ampliamente conocidas siendo unánime el pasmo y sorpresa que su contemplación produce.

3. - El Serrablo, sin embargo, no son sólo sus iglesias. Es también, además, el entorno que las enmarca, con la brutal dureza de esas tierras que se convierte en remanso gozoso junto a un regato de agua, junto a un campo cultivado o, simplemente, junto a unos árboles. Y el Serrablo fue también, una forma de vida, con sus casas, sus muebles, su artesanía, sus objetos que de forma tan sorprendente nos permite contemplar su actual Museo. Fue, digo, una forma de vida. Muchos de sus pueblos han desaparecido totalmente; otros, están abandonados. Forma de vida forzada a la autosuficiencia, al aislamiento, a la soledad... "No fue por estos campos el bíblico Jardín..." Una forma de vida, pasada, frente a la que no cabe la añoranza, ni tampoco idílicas evocaciones que nunca fueron ciertas.

Porque el Serrablo es también hoy una realidad. De ahí que hablara de su sorprendente continuidad. Una realidad, sí, con sus iglesias, con su paisaje, con sus casas. Pero, sobre todo, una realidad social viva --casi me atrevería a decir más viva que nunca--. Porque hoy el Serrablo ya no son tierras "intermedias", tierras de reparto. Los serrableses, desde la industriosa Sabiñánigo y desde su entorno, definen y afirman su identidad, sus características. Y esbozan también, y se esfuerzan, sin romanticismos ni añoranzas, por nuevas formas de vida para sus tierras. Y los caminos, un día abandonado, los serrableses de hoy han hecho que se recorran como jamás se transitaron en toda la Historia...

Esta es la peculiaridad del Serrablo. Su redescubrimiento, en el más hondo significado del término. El hecho sociológico que unas "viejas" Iglesias han alumbrado. Una realidad que, a buen seguro, no captará quien pase por estas tierras con la frialdad de un turista que simplemente viaja por ellas, pero que será fácilmente perceptible por quien, mínimamente, entre en contacto con sus hombres. Y son vecinos que reconstruyen sus iglesias; y pueblos que abandonan ancestrales divisiones y rencillas en torno a la obra común, que es del pueblo, que debe ser de todos. Una realidad que busca sus raíces del pasado, para así poder proyectarse mañana en base a lo que se ha sido y a lo que se es.

Todo hecho social, sin embargo, tiene sus protagonistas personales. No sé concebir la Historia sin ellos. También los hay aquí: Porque en este redescubrimiento de toda esta extensa comarca de la provincia de Huesca --y en la creación de una auténtica conciencia social-- obligado es traer un nombre, hacia el que el Altoaragón tiene todavía una impagable deuda de gratitud por el esfuerzo y el tesón que ha puesto en enseñarnos mucho de lo nuestro. Me refiero, casi no hace falta decirlo, al Canónigo oscense D. Antonio Durán Gudiol. Y junto a él, unos hombres: los ejemplares "Amigos del Serrablo" -Julio Gavín, Laguarta, Domingo Buesa y tantos y tantos otros, que a través de esa Asociación auténticamente modélica, ha" sabido hacer que su tierra fuera conocida y querida, comenzando para ello con su esfuerzo y con su trabajo personal, a restaurar buen número de sus iglesias, abriendo así caminos que si un día se cerraron y dejaron de andarse, ellos, sólo ellos, han hecho que en el futuro todos podamos y debamos recorrer.