Club alpino francés (1880): Montañas del Alto Aragón

Traducción de Merche López y José Manuel Ara.

VALLE DE YOSA - COLLADA DE MUNCHAYO - CERRO DE OTAL.

El 12 de julio, dejé Sarvisé a las 6 h. de la mañana, -Barom. 688,7; termo. 16º, altit. 871 met.- y siguiendo por el pequeño valle del Yosa, afluente a la izquierda del Río Ara, hice la ascensión de la Collada de Munchayo (1.920 met.), que se abre entre los valles de Yosa y de Sobrepuerto.

La collada de Munchayo se abre entre la punta de este nombre (1.992 met.) al Sur y la de Polopín (2.020 met.) al Norte. Hace comunicar el valle de Sobrepuerto y el pequeño valle de Otal con el valle de Broto. La cima cubierta de césped de Munchayo no es más que una de las ramificaciones de la larga estribación que se destaca hacia el Sur desde las murallas meridionales de Tendeñera, y une las Sierras a los Pirineos. Después de rebajarse mucho en el puerto de Cotefablo, esta estribación se eleva de nuevo en el Cerro de Otal, en el que se subdivide en varias crestas.

El Cerro de Otal es pues un punto central que no podía descuidar en el estudio de esta región. Lo vemos, al Noroeste, a una pequeña distancia -alrededor de 1 Km y 1/2- y un poco mas elevado que la collada. Algunos minutos de paseo nos habrían bastado para llegar. Pero almorzamos primero al abrigo del viento y, después de nuestra comida, en 20 minutos de subida al Norte, por una vertiente fácil y cubierta de césped, alcanzamos el Cerro, poco más o menos en su centro. Es una meseta casi unida del Este al Oeste, entre Polopin y Pouy de Buey, y regularmente redondeada del Norte al Sur. Es siempre la misma naturaleza de terreno: grava pizarrosa amarillenta, alternando con bandas de arenisca que afloran en medio de las placas de una hierba larga y punzante.

Desde lo alto del Cerro, la mirada abarca un panorama de un inmenso desarrollo. Los detalles de los primeros planos son sobre todo muy interesantes, pues no hay lugar mejor elegido para ver al completo los valles de Linás, de Yésero y de Sobrepuerto con sus pueblos.

Por el lado del Norte, toda la estribación de Tendeñera es esplendida. Sus murallas calcáreas, de un amarillo-naranja vivo, muestran todos sus recortes, sus bastiones, sus chimeneas, desde la Peña de Hoz hasta el Pico de Otal llamado también Arañonera.

Al Nordeste, las bellas crestas de Cebollar se destacan con una notable nitidez, desde su origen en el Pico de Otal hasta su última estribación por encima de Torla.

En el lado Este y Sudeste, todas las montañas de Broto y de Fanlo se extienden desde las murallas de Ordesa hasta la punta de Comiello. En la lejanía, en este mismo lado, hay un bosque de cimas, entre las que distingo sobre todo el Cotiella y la Peña Montañesa.

Al Sur, se extiende todo el valle de Sobrepuerto. Al fondo, las sierras de Cáncias y de San Julián.

En el lado Oeste, el Pouy de Buey (1.998 met.), un poco mas alto que el Cerro, oculta una parte del lejano horizonte; pero, a su derecha se ve, en el eje del valle de Yésero y mas allá de Biescas, las montañas de Asún y del Plan de Sabas que se unen a las crestas de la Partagua en la que domina Peña Telera.

A las 3h., dejamos el Cerro de Otal. Podemos elegir entre varias vías a seguir para bajar al valle de Yésero. La más fácil sería la del puerto de Cotefablo, pero es muy larga, y ¡nos amenaza una tormenta!. Tomamos la más corta, es decir la que debe hacernos salir al origen del Barranco Fabarnoso, una de las ramas del Río Sía. Esta bajada recta al Nordeste es en algunos lugares muy mala, y hay que franquear algunos desniveles calcáreos desagradables antes de llegar al bosque de pinos; pero, una vez allí, se encuentran senderos de explotación que salen al camino de Yésero, bien trazado a la orilla izquierda del Sía -el sendero del puerto de Cotefablo pasa por la orilla derecha. Sólo nos había costado 45 min. llegar a los primeros graneros, mientras que hubiéramos necesitado cerca de 2h. por Cotefablo para alcanzar, en frente, la parte de abajo de las curvas de la orilla derecha.

Ahora estamos en un buen camino trazado al pie de los bosques con los que se cubre toda esta vertiente. El paseo hubiera sido encantador si el estruendo lejano de la tormenta no se hubiera escuchado. Hay que caminar lo más rápidamente posible, pues las nubes se espesan cada vez más por encima de nuestras cabezas. Media hora después de los graneros, cruzamos el Barranco de Furco, en el que encontramos a dos pastores que se afanan en recoger sus corderos y nos animan a protegernos con ellos, o a acelerar el paso. Elegimos esta última opción, y nos ponemos a andar muy deprisa, casi a correr, hacia Yésero, que no esta lejos. Los relámpagos del rayo nos resultan espantosos. ¿Tendremos tiempo de llegar? Algunas gotas grandes empiezan a caer. Bien se vale que cruzamos entonces el Barranco de Erata más allá del cual se encuentra Yésero sobre una alta terraza.

Unos minutos más tarde, alcanzamos, gadeantes y empapados en sudor, las primeras casas del pueblo, en el mismo momento en que se desencadena el huracán con una fuerza inusitada. En un instante, todas las montañas se blanquean de granizo. Asistimos a este cataclismo en la casa de Manuel Gil, a la que nos ha conducido Antonio Castillo. Por fin cesa la tormenta, pero ya es tarde para alcanzar Biescas. Por otra parte, el Sr. Manuel nos indica que quizás, río abajo de Gavín, nos sería imposible atravesar el río Sía, enormemente crecido. Entonces aceptamos por una noche la hospitalidad de la casa.

Al día siguiente, 13, marchamos temprano hacia Biescas, donde encontramos todo lo necesario para un buen desayuno, y por la noche llegamos a cenar a los Baños de Panticosa. Allí tuve que separarme, aunque a disgusto, de Antonio Castillo del cual había quedado encantado por todos los conceptos; pero para las exploraciones que quería llevar a cabo en los alrededores de los Baños, un hombre de la localidad me era indispensable. El tiempo había mejorado considerablemente, y encargó a Pujo que busque un Español para acompañarnos, el día siguiente, hacia el lado de los Batanes, los cuales tenía previsto estudiar de cerca desde hacía mucho tiempo.

Precisamente, mientras Pujo se informa, es abordado por uno de nuestros antiguos conocidos en Panticosa, Ramón Bello, el cual, a ratos tiene un pequeño comercio de baratijas en la explanada de los Embajadores. Tras los cumplidos de rigor, Bello, informado de mi intención se pone a nuestra disposición para la excursión proyectada. Acepto encantado sus servicios, pues conozco su energía desde hace tiempo. Por la noche, mientras tomamos todos el café, los Batanes son el tema de nuestra conversación. Cuando consigo hacerle entender a Bello donde quiero ir, me confiesa francamente que no conoce la cresta de la cual se trata escalar, aunque muchas veces haya cazado el sarrio en los alrededores; pero se compromete a guiarnos hasta el pie; una vez allí, ya veremos.