Un dibujo como pretexto

Muchos, muchos años hace que empezamos a recorrer estas zonas del pre y pirineo, mochila, lápiz y bloc en ristre registrando gráficamente todo cuanto perceptivamente tenía, según nuestro acerbo cultural, el suficiente interés arquitectónico, tanto rural como urbano, de conjunto como de detalle. Igual podía ser un elemento doméstico como un detalle constructivo, análogamente un paisaje del sobremonte como un conjunto de una plaza de un pueblo semiabandonada del llano y bañada por un brillante sol o una plateada luna.

Juntos ella y yo recorrimos, gran paciencia la de ella, cabezonería la mía, caminos y veredas, asistimos y participamos en procesiones y romerías y casi siempre imperó el apunte rápido, el signo gráfico que plasmó más lo vivido que lo percibido y, en cualquier caso, en lo grafiado quedó siempre presente el gusto por lo que de amor había en la mutua comunicación.

Pero hubo momentos en que lo percibido se transformó en reflexión, lo visto en sugerencia cultural, y ya no fué suficiente el apunte instantáneo; el dibujo se transformaba, ya no en ese lenguaje mediador con el que se traduce la impresion inmediata, sino en la expresión gráfico-cultural del pensamiento que filtra la percepción sostenida y que procesa el sistema relacional que transcribe, tanto en lo que a la configuración formal representada se refiere como a la función exploratoria e interpretativa que el dibujo lleva inherente, condensando recuerdos y sentimientos históricos. Se necesitaba, asi pues, expresar gráficamente lo tal vez monumental relevante junto a lo objetivamente sugerido obteniendo, en lo posible, una interpretación psicológica que estableciese una correspondencia entre lo percibido y lo sugerente con profundidad y amplitud de las vivencias personales.

En este caso concreto estábamos ante unas ruinas de un castillo del siglo XI. Era agosto de 1983.

Quizás su expresión gráfica se había de aproximar a la técnica del grabado, lápiz duro, limpio de línea y ninguna concesión a la textura. El volumen y la forma espacial eran claras y contundentes y, conscientes de ello, así resultó el dibujo que, para mí un honor, entrego a nuestro Museo de Dibujo.

Comparando este dibujo hecho percibiendo unas ruinas en 1.983 y comprendiendo a través de él lo que debió ser esta edificación en pleno siglo XI, no nos queda más opción que plantearnos lo que es hoy, ya finales del XX. Sin duda no fué una restauración, tampoco una rehabilitación en el sentido lato que tal frase podía indicarnos. Es algo más, mucho más a mi entender. Hay hechos culturales que no pueden ser medidos únicamente en coordenadas de realidad, si no también ilusorias, que hacen elevar al hombre a niveles de gran poética. Ni fueron unas ruinas como las que desgraciadamente tan acostumbrados estamos a observar por estas zonas, ni las obras que supusieron ser lo que hoy es el edificio, fueron hechos sin sentido. Rigor y respeto, investigación y bien hacer, llamaría yo a los logros que hoy nos es dado contemplar.

Sin duda alguna no todos los edificios antiguos sirven para cualquier aprovechamiento por muy bien reconstruídos y adaptados que su rehabilitación repare, pero el caso del Castillo de Larrés sobra cualquier parangón en que su utilización pudiese verse implicado.

Fiel reflejo de lo que debió ser este castillo en tiempos de Garcés, Sancho o Gil de Larrés, nos aparece en el día de hoy como museo cuyo contenido y continente se revaloran y dignifican mutuamente. Nada importan las visicitudes y transformaciones que esta fortaleza-castillo haya pasado a lo largo de los siglos de su existencia, el hecho concreto es que gracias a una asocíación -“Amigos de Serrablo”- y a un hombre -Julio- (ambos con mayúsculas) hoy nos es posible contemplar y vivir un gran edificio y disfrutar de una más que importante colección de dibujos que, de una forma conjunta, hacen que sea, porque no decirlo, de los mejores Museos de Dibujo de Europa. Grupos de personas y, a veces personas solas, con la tenacidad de un Quijote cervantino han sabido revivir culturalmente ciudades enquilosadas, combatiendo con tenacidad al destino que las había condenado al ostracismo.

Es el caso de Sabiñánigo y su área de Serrablo.

La que me acompañaba en estos quehaceres dibujísticos ya no esta aquí, nos dejó, y solo quedó el dibujo que ella debía haber transcrito con la técnica del grabado.

Los dos habíamos entendido que en el dibujo se había de destacar, a la vez que su posible carácter alegórico, la cualidad de la representación, vinculada a la intencionalidad del contenido del propio dibujo.

Así la calidad de un dibujo no debía residir tanto en lo que representaba o significaba, como en el modo de representar y significar.

De ahí su interés en interpretarlo en un grabado sobre cobre con cuya técnica obtenía magníficos resultados.

Visto lo que antecede parece que el dibujo que ha motivado la presente reflexión, ha pasado a ser pura anécdota.