En torno a Santiago Ramón y Cajal

I.

Comparable a él, solamente Galileo, Newton, Darwin y pocos más

Cuando los soldados de Aragón llegan a Villamasargia (Cerdeña) y la conquistan, destronan al patrono San Raniero, pisano y entronizan a la Virgen del Pilar. Bajo su advocación quedan el altar mayor, la parroquia y la plaza mayor de la población. Se depone a San Raniero y honra a la Pilarica. Soldados de tercios diferentes pero con el mismo espíritu y leales a la misma adscripción -la Corona de Aragón-, al tomar la bella población costera de Castelgenovese cambian el topónimo -que duraría hasta Garibaldi- por el de Castelaragonese.

Santiago Ramón y CajalFrancisco de Goya, en carta autógrafa, escribe aquel expresivo párrafo: «Sólo ansío una una mesa, cinco sillas... y una imagen de la Virgen del Pilar». Miguel Fleta, el eximio tenor de Albalate de Cinca, cuando es convocado por el rey Alfonso XIII para recibir el llamado Premio Alfonso XII, se presenta en palacio ante el monarca, vestido de la misma manera en que iba mientras residió en Cogullada: de baturro. El gran Miguelón era aragonés hasta la médula. En situación preagónica, en plena crisis disneica, el escultor Pablo Gargallo apremiaba a su hija para que le trasladase urgente porque... «en cuanto llegue a Maella me sentiré bien». Ramón J. Sender -que enseñaba español en Estados Unidos- se hizo anglófono con atávico acento aragonés. Jorge Puyó, culto pastor de Ansó, bien parecido y de buen léxico, mientras vivió sus gozosos 93 años vistió el calzón corto y se tocó con cachirulo y sombrero ansotano fabricado en Jaca.

Son diferentes maneras de manifestar aragonesismo.

II.

Si los ejemplos precedentes son muestras de amor a la tierra, no menos intenso fue el afecto profesado por don Santiago Ramón y Cajal. Claro lo dejó escrito en múltiples ocasiones. Suya es la frase «Ayerbe es mi pueblo y Zaragoza mi ciudad», y esta otra: «Era mi padre aragonés de pura cepa», así como la divulgadísima «Cuando un aragonés se decide a tener paciencia, que le echen alemanes». Cabalmente no podía ser de otra manera, pues desde su segundo año cumplido en Larrés (Huesca), hasta su preparación de la tesis doctoral, que realiza en Madrid, toda su singladura vital es por tierras aragonesas, a excepción de su breve estancia en la provincia de Lérida y su traslación, durante 14 meses, a la isla de Cuba. Inexorablemente, el periplo Larrés, Luna, Valpalmas, Gurrea, Ayerbe, Jaca, Huesca y Zaragoza tuvo que dejar huella indeleble. Tenía razón una de sus biógrafas -Josefina Carabias- al escribir que en sus clases anatómicas en Valencia don Santiago explicaba con un cierto aire de jotero. Aunque quizá interese decir que el eminente anatómico -dotado como pocos para la investigación, el estudio, la docencia, el dibujo, la escritura, el ajedrez y la gimnasia- no lo fue para la música, pese a llegar a pespuntear algunos compases de la jota en su época de barbero en casa del oscense señor Acisclo.

Toda la ascendencia es altoaragonesa. En casa de Miguel Pardo, de Isín, nace el abuelo paterno. En el cementerio de esta aldea -que en 1920 tenía 55 habitantes y desde mediados de 1960 está despoblada- pueden todavía verse lápidas con los apellidos Cajal y Ramón. El abuelo de Santiago contrajo matrimonio en Larrés con hacendosa montañesa de Lárrede. De la progenie de ambos destaca, entre cuatro hijos, Justo Ramón Casasús, titánico ejemplar, analfabeto hasta los veinte años, que llegaría a ser profesor auxiliar de anatomía en la Facultad cesaraugustana y que tanta impronta dejaría entre sus hijos Santiago y Pedro, éste muy bien estudiado por Fernando Solsona en época reciente: llegó a ser también catedrático y fue de por vida un leal y tenacisimo admirador y colaborador del primogénito. La madre de ambos y esposa de don Justo, Antonia Cajal Puente, era asimismo larresana, nació en casa Mancebo. También Pedro vino al mundo en Larrés, mientras las hermanas Jorja y Pabla nacerían en Valpalmas.

III.

Jerónimo Zurita, en los «Anales de la Corona de Aragón», habla de un Cajal al que don Santiago nunca dio notoriedad. Hubo un don Cajal emparentado con don Pedro de Atarés (señor de Borja), que tuvo dos sobrinos:

Lope Cajal (muerto en la batalla de Fraga y a quien había dado Nájera) y Garci Cajal, hijo de Fortún Garcés Cajal, quien perdió la vida en Mequinenza luchando bajo la bandera de Alonso, primogénito de la reina Petronila.

En el municipio de Sariñena, no lejos de los hallazgos arqueológicos de las Valletas de Sena, existe una partida de monte, con exiguo caserío, llamada monte Cajal. El apellido Ramón, por otro lado, parece proveniente de Aragón, aunque algunos tratadistas lo etiquetan de francés. Este linaje, en el siglo XIII, se extiende por varios territorios de la corona.

IV.

Dice Laín Entralgo que de la primera infancia del histólogo, sus cuatro años de vida en Valpalmas son los de más profunda significación. Realmente, en ese cuatrienio suceden los fenómenos naturales de la caída del rayo en la torre de la iglesia y el eclipse de sol. El rayo, dejando inerte al sacerdote sobre el campanario y provocando humareda y ruido infernales en la escuela anexa, debió constituir espectáculo gestado en los más hondos abismos del mismísimo Horco. Algo horrendo en un niño de cinco años. El eclipse de sol significó una reflexión acerca de las capacidades humanas para conocer, y prevenir, la desbocada acción de la naturaleza.

Antes, en Luna, al fustigar a un caballo que permanecía atado a la espera de su dueño, recibió tal coz del cuadrúpedo que estuvo varias horas inconsciente mientras sus padres, inermes, temían por su existencia. Este suceso, acaecido a la vera de la iglesia románica de San Gil, hizo que de por vida quedase en su rostro disimulada cicatriz. Realmente, el escarmiento duró poco, pues, años más tarde, en Ayerbe, Jaca y Huesca dio innúmeras muestras de atrevimiento e insolencia no siempre ejemplares.

V.

En 1880, avecindado en la calle Hospital, de Zaragoza, a sus 28 años, siendo director del Museo Anatómico, publica su primer trabajo de laboratorio con figuras litográficas hechas por él mismo. En la utilización de la fotografía en el grabado, como en otras muchas cosas, fue un adelantado. Conviene decir que al publicarse una hoja informativa, con dibujos del pintor Francisco Pradilla, con motivo de la concesión del ferrocarril de Canfranc, el mismo Cajal hijo reproducciones fotolitográficas de dichos dibujos del maestro de Villanueva y de otros artistas zaragozanos. No hay antecedentes españoles de semejante proceder. Práctica ésta -de su invención- que luego repetiría a lo largo de más de un decenio y que él ensayó por primera vez en su trabajo «Investigaciones experimentales sobre la inflamación en el mesenterio, la córnea y el cartílago». A éste seguiría un segundo trabajo aparecido de nuevo a orillas del Ebro. Es el titulado «Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en los músculos voluntarios». Artículo del que don Santiago se sintió siempre muy orgulloso, no sólo por las dos láminas litografiadas con que enriquece el contenido, sino porque en él se recomienda reforzar con cloruro de oro el método del clásico nitrato de plata. Binomio fundamental el de estas dos sales y cuya paternidad, irónicamente, ignoraron sus más experimentados cultores: Bielschowsky, Rio-Hortega y Achúcarro. No parece exagerado aseverar que la genialidad de Cajal aflora ya a partir de este su segundo folleto científico. Y en ambos se vislumbran claramente las características de su personalidad: paciencia infinita sobre el microscopio, sagacidad, intuición, tenacidad y ser dueño de singular habilidad manual. Imborrable perduró la ímpresión, en quienes le vieron trabajar en el laboratorio, de la maña y pericia con que laboraba don Santiago, incluso en sus años de senectud. Si a todo ello se añade una poderosa inteligencia, el resultado no puede ser otro que el de un hombre portentoso.

VI.

La faceta artística de Cajal se manifiesta de manera fehaciente en el dibujo. El arte de Apeles lo cultivó mucho y bien. En su obra magna, en dos tomos, «Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados», realiza un número rayano al millar de grabados, todos ellos exclusívamente suyos. Desde niño estuvo especialmente dotado para el cultivo del arte del dibujo. Fue ésta la única asignatura del bachillerato, cursado en Jaca y Huesca, en la que obtuvo la calificación de sobresaliente. Y prueba palpable de su peripecia es la colección de láminas anatómicas, veintisiete, que procedentes del Departamento de Anatomía Humana de la Facultad de Medicina de Zaragoza se han expuesto recientemente en el castillo de Larrés. En esta exposición, juntamente con los profesores Victor Smith Agreda y su hermano José María -de la escuela anatómica del prestigioso zaragozano Escolar Garcia-, se ha podido observar obra de Alcorlo, Beulas y Marcaida, entre otros. Certamen éste de Larrés que, por cierto, añade un jalón más al muy apretado y excepcional «curriculum» del férreo serrablés Julio Gavín. A él se debe -entre infinidad de méritos- la reciente adquisición, para el castillo-museo, de un autorretrato [688] a carboncillo del histólogo, de enorme valor afectivo.

Evidentemente, si don Santiago ha pasado, con todos los honores, a la historia de la medicina -«comparable a Cajal, solamente Galileo, Newton, Darwin y pocos más», escribe Severo Ochoa-, débese a la creación de la Escuela Española de Hístología y a la teoría de la neurona que la propició. Por el instituto madrileño que dirigía el excepcional neuroanatómico pasó una pléyade de investigadores sin par: Río-Hortega, Achúcarro, Ramón Fañanás, Fernando de Castro, Carmen Serra, Villaverde, Sánchez y Sánchez, Ortiz Picón, Rodríguez Lafora, etcétera, además de los aragoneses Pedro Ramón (ya quedó escrito), Jorge F. Tello. Lorente de No, J. Sanz Ibáñez, Martínez Pérez y Galo Leoz. Difícil mejorar el elenco, máxime si se tiene en cuenta el número y prestigio de los visitantes que a menudo eran becados o pasaban largas temporadas aprendiendo nuevas técnicas neuroanatómicas o mejorando las suyas. Tal es el caso de Clemente Estable, Sherrington o Penfield. Estos dos últimos, inglés y canadiense, respectivamente, aprenden español y participan activamente en la investigación del Instituto Cajal, ubicado entonces en el número 13 de la madrileña calle de Atocha.

La teoría neuronal, reiterativa y machaconamente defendida por todos ellos, con su jefe a la cabeza, explícitamente expuesta en «Neuronismo o reticularismo», se impone y alcanza proyección universal, siendo aceptada «urbi et orbe» en los estamentos de la neurociencia. Con encomiable rasmia, con titánico ímpetu, se dedicó el maestro a satisfacer su más cara y obsesiva pasión: la de dar gloria científica a España. Y lo consiguió.

(Sariñena, octubre de 1992).